―Y eso, ¿cómo lo podías saber? ―me preguntó Rocío de forma guasona―. No iban a visarte a ti, ¡vamos creo yo! ―No, pero mira siempre he procurado mirar bien, para ver si veía una aleta, por lo menos de esa forma estaba más tranquila y luego también me bañaba a donde había gente más dentro y pensaba, “si viene uno, primero les muerde a ellos”. ―¡Anda bromista, eso cómo va a ser! ―dijo Rocío soltando una carcajada―. O sea que le decías de esa forma al tiburón, ¡vete a por otro! ―¡No, escucha!, ¡chica, ten paciencia!, no me dejas ni hablar, hay en aquellas playas unos lugares con unas telas metálicas… ―¿Qué dices?, ¿y para qué? ―¡Ves lo que te digo!, si no me dejas, no te lo cuento. ―¡Sí, sigue, sigue, ya me callo! ―dijo Rocío, poniéndose la mano en la boca. ―Sí, mira, son playas acotad

