Capítulo XI ―¡Marta, Marta!, ¡ven corriendo!, ¡asómate a la ventana! ―escuché que me decía Jenaro, que se debía de haber despertado, pues cuando yo me había levantado para ir a cuarto de baño, a darme una ducha, estaba dormidito, como se suele decir, “como un angelito”. Me envolví rápidamente una toalla en la cabeza y otra en el cuerpo y salí deprisa, para ver qué era lo urgente que quería que viera. ―¡Qué espectáculo!, ¡qué maravilla!, ¡no podía dar crédito a lo que estaba viendo!, todo estaba blanquito, se parecía a esas estampas navideñas que estamos acostumbrados a ver, pero que en el fondo allí en nuestra Andalucía, nos cuestionamos si de verdad habrá algún paisaje así, pero sí, claro que lo había, este que tenía delante de mis ojos ahora mismo, era precioso, pero de pronto sentí u

