No hubo ninguna advertencia. Nada que permitiera predecir lo que ocurriría. Nada en absoluto. Se bajó del coche. Le dolía la espalda. Más tarde recordaría haber pensado entonces que el seguro de desempleo era una buena cosa, a pesar de que uno tiene que hacer lo que ellos quieran, y tendría que trabajar como secretaria. No le importaba hacerlo, pero le resultaba divertido. No sabía muy bien por qué encontraba cómica la situación. Sintió un pinchazo de dolor al cerrar la puerta del coche.
Tenía que cruzar la calle para llegar a casa. No valía la pena estacionar el pesado Buick al otro lado de la acera al volver de la escuela viniendo del extremo norte de Kentner Street. El garaje era dominio de Billy. Lo necesitaba para guardar sus máquinas, coches y sepa Dios qué otras cosas más. De modo que atravesó la calle con su dolor de espalda. Se la había dañado el año anterior al ayudar a un chico a llevar un cubo con platos sucios. Había sido una estúpida.
El viento era seco. Arrastraba las crujientes hojas secas, haciéndolas rodar por la acera. Las hojas nunca parecían desaparecer en la zona oeste de Los Angeles. Daban la impresión de estar rodando todo el año, pequeños objetos inanimados pero dotados de vida propia. Se podía sentir la sequedad en la garganta. Esa desoladora sequedad que provenía del desierto y la deprimía mortalmente.
Carlotta miró el final de la calle mientras la cruzaba. La estación se servicio Shell se divisaba en la distancia, cubierta de brillantes luces, como si se la estuviera observando con un telescopio puesto del revés. Qué lejana parecía toda actividad humana. Las casas estaban a oscuras, silenciosas. Eran construcciones regulares, con diminutos jardines y cercas para protegerlas de los perros. Pero hasta los perros parecían dormir en ese momento. Reinaba un gran silencio, interrumpido por el ruido lejano de la autopista, que producía un sonido distante, parecido al de un remoto río, en medio de las sombras del vecindario.
Kentner Street era una calle sin salida, cerrada en uno de sus extremos por el bordillo, que servía para hacer girar los coches. Y allí estaba ella en ese momento, al final de la calle.
Al entrar en casa escuchó a su hijo Billy en el garaje. La radio emitía un murmullo distante. Echó el cerrojo de la puerta. Siempre lo hacía. Billy disponía de una entrada lateral para entrar desde el garaje. Se quitó la chaqueta beige y suspiró cansada. Recorrió el living con la mirada. No había nada fuera de sitio. Sus cigarrillos estaban en la mesa junto al sofá, sus zapatos en el suelo, su ropa y revistas en el lugar de costumbre, lo mismo que la taza para el café y el viejo calentador, que sonaba cada vez que el termostato indicaba un cambio de temperatura. Era como ponerse un par de zapatillas viejas. Confortable. Allí dentro, Carlotta se relajaba. En ese sitio no penetraba el mundo exterior, que se detenía en la puerta de entrada. El seguro de desempleo pagaba el alquiler, pero era el hogar de Carlotta. Una casa idéntica a otras mil construidas en la ciudad, apenas un poco más grande que una caja de galletas, pero era de ella, el lugar en el que podía estar junto a sus hijos, en familia.
Fue a la cocina y encendió la luz. La bombilla sin pantalla hacía que las paredes se vieran muy blancas. No había cerveza en la nevera; le habría gustado beberse una, pero ya no quedaba ninguna. Se sentó un momento en la blanca y lúgubre cocina antes de decidirse a recalentar un poco de café.
Eran las diez y algunos minutos, no muchos, ya que tardaba alrededor de veinte minutos en llegar a casa desde la escuela. Todavía no eran las 10:30, hora en la que Billy dejaba el garaje y entraba para irse a la cama. Ésa era una norma que se cumplía exactamente, un acuerdo entre ellos. Para que Billy pudiera utilizar el garaje tenía que estar en casa a las 10.30, a más tardar. Y Billy siempre lo hacía, de modo que tenían que ser entre las 10:00 y las 10:30. Era miércoles, 13 de octubre. Al día siguiente tendría que volver a la escuela para secretarias, y sería un día igual a todos los otros. Estudiaba mecanografía de 9 a 1 y taquigrafía dos veces por semana.
Carlotta se levantó de la silla. No pensaba en nada especial. Apagó la luz y caminó por el estrecho pasillo hacia su dormitorio, deteniéndose un momento para mirar a las niñas.
Julie y Kim dormían profundamente. La luz de la lámpara, un animal peludo con una bombilla dentro, iluminaba tenuemente sus caras. Parecían mellizas, a pesar de que una de ellas tenía dos años más que la otra. No eran hijas del padre de Billy. Hermosas como ángeles. Algún día, si Dios quiere, pensó Carlotta, ya no dependeré del seguro de desempleo. Y saldremos de aquí. Iremos a un sitio mejor. Cerró la puerta de la habitación de las niñas y se dirigió a su propio dormitorio.
La cama estaba sin hacer. Un lecho enorme, absurdo, que el último arrendatario no había podido sacar porque habría tenido antes que derribar todas las puertas de la casa. Poseía cuatro columnas y zarcillos y ángeles esculpidos en la cabecera. Era imposible moverlo, todas las partes estaban encoladas. Había sido construido con amor, en esa misma habitación. Quien lo construyó tuvo que haber sido un hábil artesano, un artista, un poeta. Debió sufrir mucho al no poder llevárselo con él. Carlotta amaba esa cama. Era única, y constituía su posibilidad de escapar de la vulgaridad de su vida. Jerry también amaba esa cama. Jerry. El confuso, nervioso Jerry, siempre preocupado por no saber muy bien en qué se estaba metiendo al mantener esa relación con ella. Pobre Jerry, se dijo Carlotta y se perdió en una serie de pensamientos confusos.
Se quitó la ropa, se puso una bata roja y fue a la ventana. Después, cerró las dos ventanas del baño y comprobó que estaban puestos los cerrojos de las persianas. Era una precaución necesaria debido al viento; si no se aseguraban bien, daban golpes toda la noche.
Sacó algunas horquillas y el pelo n***o cayó hasta los hombros. Carlotta se miró al espejo. Sabía que era hermosa. Cabello oscuro, tez blanca, suave y delicada. Su rasgo más bello eran los ojos, muy negros y expresivos. Jerry solía decir que sus ojos brillaban de puro negros que eran. Se peinó. La luz le llegaba por detrás de la cabeza, y parecía tener un halo que iluminaba hasta los hombros, destacando las solapas oscuras de su bata roja.
Estaba desnuda bajo la bata. Tenía un cuerpo frágil y suave, de huesos pequeños. Poseía una delicadeza innata para caminar y gesticular. Los hombres nunca la trataban con rudeza. No había nada en ella que un hombre quisiera dominar, controlar. Apreciaban su vulnerabilidad, sus formas y flexibilidad. Miró sus pequeños senos, las caderas estrechas, contemplándose como sabía que lo hacían los hombres. Le faltaba un mes para cumplir treinta y dos años, pero las únicas arrugas estaban alrededor de los ojos, y parecían el producto de la risa más que de los años. Se sentía satisfecha de su apariencia.
No había cerrado la puerta del armario. Dentro podían verse los zapatos, perfectamente ordenados. Mientras buscaba las zapatillas decidió ducharse. Era imposible que alguien pudiera meterse dentro del armario, una especie de caja construida en la pared.
La casa estaba silenciosa, parecía que el mundo entero dormía. Pero esto no se le ocurrió pensarlo hasta después que sucedió todo.
Se cepillaba el pelo, y al minuto siguiente se encontraba en la cama, viendo luces de todos colores. El golpe, dado con la fuerza de una embestida, la arrojó sobre el lecho, en el otro extremo de la habitación. Aturdida, se dio cuenta de que le cubrían la cabeza con los almohadones, presionándolos contra su cara.
Aterrada, intentó respirar. La presión de los almohadones era cada vez mayor, y parte del relleno de algodón se le había metido en la boca. No le llegaba el aire. La presión era terrible, la obligaba a hundir la cabeza en el colchón. En la oscuridad, Carlotta pensó que estaba a punto de morir.
Un gesto instintivo la hizo aferrar el almohadón, intentar alzarlo y mover la cabeza de un lado para otro. Ese segundo de lucha le pareció una eternidad. Demasiado breve para alcanzar a darle tiempo de pensar, tuvo, sin embargo, la sensación de que hacía un siglo que se estaba defendiendo. Peleaba por su vida. Vio desfilar luces amarillas detrás de los párpados. El almohadón le cubría todo el rostro, los ojos, la boca y la nariz, y sus desfallecientes brazos no lograban quitárselo de encima. Su pecho estaba a punto de estallar.
Debió haber estado debatiéndose con el cuerpo, porque se lo sujetaron con fuerza.
Carlotta estaba a punto de asfixiarse cuando sintió las inmensas manos sobre las rodillas, recorriendo sus piernas, los muslos, que fueron separados, obligados a abrirse cada vez más. Entonces comprendió en un instante lo que le estaba ocurriendo, y desde las brumas de su inconsciencia surgió una nueva energía. Se llenó de una fuerza salvaje retorciéndose y pateando. Agitó los brazos y cuando se retorció de nuevo para volver a patear, dispuesta a matar si era necesario, un horrible pinchazo le recorrió la columna vertebral, dejándola impotente. Separaron sus piernas, que quedaron abiertas sobre la cama, y el mástil, el duro y áspero poste la penetró, abriéndose camino, distendiéndola, forzándola hasta que no hubo ya más que una llamarada de dolor. Carlotta sintió que la destrozaban por dentro. Cada arremetida parecía quebrarla entera. La cosa que tenía dentro era la más cruel de las herramientas de tortura, y le provocaba una agónica repulsión. La penetraba más y más. Tenía todo el cuerpo hundido en el colchón, sepultada por el peso de un espolón que la estaba desollando. Carlotta movió la cabeza y su nariz recibió un poco de oxígeno, respiró por un costado del almohadón.
Se escuchó un grito. Era Carlotta que gritaba. Y el almohadón volvió a hundirse contra su cara. Podía sentir la mano que lo presionaba, una mano inmensa con dedos que apretaban sobre sus ojos, nariz y boca.
Carlotta se hundió en la oscuridad. No había alcanzado a ver nada, apenas a vislumbrar el vago color de la pared por entre el chisporroteo de luces que danzaban ante sus ojos, antes de que el almohadón volviera a cubrirle la cabeza. Desfalleció. Carlotta se sentía morir. Pronto estaría muerta. La oscuridad se hacía más densa, el dolor la atenazaba inexorable. ¿Aún estaba viva?
Vio luz. Era la lámpara del techo. Billy estaba de pie en la puerta. Tenía los ojos desorbitados. Carlotta se enderezó de un salto, bañada en sudor, y miró a Billy con ojos vidriosos.
—Mamá…
Carlotta tomó la sábana para cubrir con ella su cuerpo maltrecho. Gemía, se quejaba, sin saber muy bien quién era Billy. Sentía un fortísimo dolor en el pecho y ante sus ojos parecían bailar círculos y estrellas.
—Mamá…
Era la voz de Billy. El conmovedor tono asustado de su voz la hizo recuperar instintivamente las fuerzas. Necesitaba controlar la situación, actuar.
—¡Billy!
El chico corrió hacia ella. Se abrazaron. Carlotta lloraba, estremecida de asco. Tuvo conciencia del dolor en su sexo, que subía por los muslos y llegaba, incluso, hasta el abdomen. Parecía estar destrozada por dentro. Una ira sorda creció en su interior, y nada parecía capaz de detenerla.
—Billy, Billy, Billy…
—¿Qué pasa, mamá? ¿Qué pasa?
Carlotta miró a su alrededor. Aterrada, se dio cuenta entonces de lo peor de todo: no había nadie más en la habitación.
Se dio la vuelta en todas las direcciones. Las ventanas tenían puestos los cerrojos. Llena de pánico contempló el armario. Sólo había ropa y zapatos.
—¿Hay alguien aquí?
—No hay nadie, mamá.
—¿Está cerrada la puerta de la calle?
—Sí.
—¡Tiene que estar en la casa!
—No hay nadie, ¡nadie!
—Billy, quiero que llames a la policía.
—No hay nadie en la casa, mamá.
—Entonces tiene que estar afuera.
La mente de Carlotta era un torbellino. Billy parecía bastante sereno. Sólo se había asustado al verla a ella en ese estado. Con la cara tiznada la escrutaba con una tierna mezcla de miedo infantil y de inquietud de adolescente.
—¿No has visto a nadie? —preguntó Carlotta—. ¿No has escuchado nada?
—Te escuché gritar y vine corriendo del garaje.
Julie y Kim aparecieron en la puerta del dormitorio. Estaban aterradas y miraban a Billy.
—Mamá estaba soñando —les explicó Billy—. Era una pesadilla.
—¿Una pesadilla? —repitió Carlotta.
Billy seguía hablando con las niñas.
—A veces ustedes tienen pesadillas, ¿verdad? Pues ahora le ha sucedido a mamá. Vayan a acostarse.
Las chicas siguieron inmóviles, como incapaces de dar un paso y observaban a Carlotta.
—Miren en el baño —ordenó.
Como autómatas, las niñas se marcharon.
—¿Y bien?
—No hay nadie —respondió la voz de Julie.
La extraña conducta de su madre la tenía al borde de las lágrimas.
—Tranquilízate —dijo Billy—. Es hora de que todos nos vayamos a la cama. Vengan conmigo.
Sin poder convencerse, Carlotta se envolvió mecánicamente en la sábana, sujetándola con las axilas. Intentó controlar sus estremecimientos. Se sentía perpleja, con el cuerpo dolorido como si la hubieran golpeado. Había una gran calma en toda la casa.
—Dios mío…
—Era una pesadilla, mamá. Una pesadilla espantosa.
Carlotta recuperó la lucidez. Parecía salir de un sueño, después de todo. Era un despertar, una escapada del infierno.
—Santo Dios… —murmuró.
Miró la hora. Las 11:30. Un poco menos. Tal vez se había quedado dormida. Pero Billy estaba vestido con los vaqueros y la camiseta. ¿Qué había ocurrido? Intentó sentarse en el borde de la cama. No pudo, pues le dolía todo el cuerpo.
—Haz que las niñas se acuesten, Billy, por favor.
El chico empujó suavemente a sus hermanas para que salieran de la habitación. Carlotta buscó la bata que no era más que un montón rojo y arrugado en el suelo. Ni siquiera estaba cerca de la silla donde siempre solía dejarla.
—Ánimo —se dijo.
Se puso la bata y se sentó en el borde del lecho. Estaba exhausta. Se miró los brazos. Tenía verdugones alrededor de los codos y le dolía el dedo meñique, que se había torcido luchando. ¿Luchando? ¿Contra quién?
Se alzó. Apenas podía caminar. Se sentía desmembrada. Y durante la fracción de un segundo experimentó la extraña sensación de no saber si estaba dormida o despierta. Pasó pronto. Se palpó el sexo, que estaba ligeramente húmedo. No había sangre ni rastros de… no, nada. Envolviéndose en la bata salió del dormitorio. Sintió, por primera vez en su vida, que la cama era algo monstruoso, un instrumento de tortura. Cerró la puerta.
Carlotta no tenía la menor duda de haber sido golpeada y violada. Se sentó en una silla en la cocina. Julie y Kim bebían leche y comían galletas. Billy estaba sentado cerca de la puerta y parecía incómodo. Tal vez pensaba que ya era hora de que las niñas estuvieran acostadas. ¿O acaso ocurría algo malo?
Pensó que daba la impresión de que hubiera muerto alguien de la familia, y que todos sabían que más tarde se consolarían, que la vida recuperaría un ritmo normal, que terminarían por olvidar, pero por el momento no podían evitar vivir con la sensación de estar solos en un pozo oscuro, perdidos y asustados, sin saber cuánto duraría este sentimiento.
—Basta de galletas —dijo Carlotta—. Se enfermarán.
La boca sucia de chocolate de Kim se curvó en una sonrisa. Julie bebía la leche sorbiendo ruidosamente. Se veían tan vulnerables.
—Vamos a ver la televisión —propuso Carlotta.
Se sentaron en el sofá. Billy encendió el televisor y unos actores que Carlotta no pudo identificar aparecieron muy estirados en lo que parecía ser un ático muy lujoso en Nueva York. Billy se sentó en la mecedora cerca del ventilador. Todo parecía normal e irreal al mismo tiempo. Como si contemplaran la escena a través de un vidrio que lo distorsionara todo.
Carlotta era una persona muy realista. Su visión del mundo estaba determinada por sus necesidades y la propia experiencia. Tenía pocas ilusiones sobre sí misma y su futuro. Algunas personas viven de ficciones, intentando ser lo que no son, sin saber muy bien en qué consisten sus vidas; pero la pobreza, la mala suerte y las dificultades obligan a saber exactamente dónde se está en el mundo. Por eso, además del dolor físico, lo que más inquietaba a Carlotta era no ser capaz de diferenciar lo que era real de lo que no lo era.
—¡Mirad, ése es Humphrey Bogart! —dijo Billy—. Ya he visto esa película.
Carlotta sonrió.
—Tú ni siquiera habías nacido cuando la filmaron.
Billy la miró a la defensiva.
—Sí que la he visto. En YMCA. Al tipo ése lo matan.
—Siempre lo mataban, en todas sus películas.
Billy se reclinó en la mecedora murmurando.
—Sé todo lo que pasa en esta película.
Miró a sus hijas sentadas en el sofá. Parecían dos muñecas envueltas en una manta que una de ellas había sacado de la cama, y dormían, olvidadas de todo, chupándose un dedo con suma seriedad y concentración.
—Baja un poco el volumen, Billy, por favor.
Al avanzar la noche se durmieron. Carlotta se sobresaltaba de vez en cuando. Tenía los pies apoyados sobre la mesa. Billy había puesto una pierna sobre el brazo de la mecedora. Sólo el parpadeo de la televisión, casi silenciosa, proporcionaba algo de vida a la casa.
Carlotta se estremeció y su cuerpo despertó de inmediato. Echó una ojeada al rectángulo de la pared iluminado por el sol. Billy seguramente había apagado el televisor durante la noche, porque ya no estaba encendido, y el chico se encontraba durmiendo en su propio dormitorio. Las niñas cabeceaban en el sofá, y Julie apoyaba una pierna en el estómago de Kim. Carlotta miró el reloj de la cocina. Eran las 7:35. Dentro de media hora tendría que marcharse a la escuela para secretarias. Pensar en ello la deprimió.
Sentía la cabeza pesada como plomo, nunca antes había dormido tan mal. Pensó en la noche que acababa de terminar. ¿Era posible que sólo hubiera sido la noche pasada? Sintió náuseas al recordar sus sensaciones, el asco que había experimentado. Luchó para ponerse en pie y fue al baño, donde permaneció limpiándose los dientes durante cinco minutos.
En el pasillo que conducía al dormitorio había un canasto con ropa limpia y, aunque aún no estaba planchada, prefirió sacar algo de allí que ponerse antes que tener que abrir el armario de su habitación. Sacó un sujetador, bragas y una falda azul de algodón. Todas las blusas estaban arrugadas. Se puso una que cubrió con un chaleco, y deseó que no hiciera demasiado calor.
Sonó el despertador junto a la cama. Lo escuchó mientras miraba desperezarse a las niñas. Billy, medio dormido, en slip y camiseta, atravesó el pasillo para apagar el timbre del reloj. Sin mirarla, volvió vacilante a su dormitorio y se sentó en la cama, bostezó e hizo un esfuerzo por reunir la fuerza necesaria para vestirse.
—Gracias, Billy —dijo Carlotta.
Le dolía cada músculo del cuerpo. No tenía tiempo para tomar una taza de café. Los del seguro de desempleo se pondrían furiosos si faltaba un solo día a la escuela. Se sentía muy desdichada.
Puso fruta y corn flakes sobre la mesa de la cocina para que los chicos desayunaran. Antes de marcharse despertó a las niñas, pues no quería que dejaran de ir a la escuela. La casa olía a encierro, y le provocaba claustrofobia. Salió a la brillante luz del día, subió al coche y partió hacia la escuela para secretarias.