Prólogo
Encantadora.
Y delicada. No era la mujer más guapa que había visto, ni su cuerpo era curvilíneo.
No, ella era singularmente peculiar. Una forma peligrosa de seducción. Y su adicción.
Su piel clara irradiaba un brillo radiante. Su cabello castaño, ondulado y salvaje, se mecía desde sus delgados hombros hasta su pequeña cintura y sus pechos voluptuosos, con los que soñaba cada noche. Menuda, apenas medía un metro sesenta, pero era un sueño febril del que no podía escapar. Desde donde estaba sentado, contemplando a su pequeña muñeca, tenía una vista perfecta.
Su sucio secreto era sonreír y reírse nerviosamente de los halagos que había recibido toda la noche de hombres asquerosamente ricos que la miraban con deseo. Le hirvió la sangre. Solo unos minutos más. Sus manos se movieron mientras explicaba el cuadro que ella misma había pintado en la pared.
Sabía que ella podía sentir su mirada, y eso le satisfacía. Sabía que era una mujer ansiosa, que fingía estar tranquila. Sabía que nadie notaba el leve temblor de sus dedos ni la gota de sudor que brillaba ocasionalmente en la nuca. Esbelta y delgada. Quería rodearla con la mano y comprobar si su agarre la asfixiaría. La noche anterior no había sido suficiente, y su bestia interior corría desbocada, gruñendo para reclamar a la zorra.
Tenía talento, mucho talento.
Vendió tres de sus obras maestras por más de cincuenta mil en su primera subasta. ¿Se daría cuenta de que sus tres cuadros fueron comprados por la misma persona?
Se preguntó si ella apreciaría el regalo especial que le había preparado para esa noche.
Con un gesto de la mano, el hombre que estaba justo detrás de él le entregó un cheque en blanco y un bolígrafo.
Firmó el cheque, pero dejó el importe en blanco. Observó cómo el asistente le entregaba el cheque a la mujer que estaba en el centro de la multitud. Ese sería uno de sus regalos para su pequeña zorra.
Después de esta noche, ni él ni ella volverían aquí.
Después de esta noche, ella estaría muerta para el mundo, dependiendo únicamente de él. Solo de él. Sintió que se le ponía dura y tomó un sorbo de champán.
Pronto. En un par de horas, estaría bajo su dominio, en su oscuridad, en su mansión. Enjaulada y protegida, como un secreto.
Su pequeño y sucio secreto.