Capitulo 1: Propiedad de Moretti
—Por favor, no más... no me pegues. Te pagaré, te juro que te pagaré...
El hombre balbuceaba desde el suelo, su voz rota por el terror. Llevaba ropa sucia, gastada; era la viva imagen de la miseria. Sobre su cabeza, el zapato de cuero italiano de Dante Moretti ejercía una presión lenta y calculada, hundiéndolo contra el pavimento frío.
Dante no tenía prisa. Con un movimiento seco, le dio una patada que lo obligó a girar, dejando su rostro expuesto al cielo oscuro y sin estrellas. Moretti se agachó, cerrando sus manos grandes y poderosas alrededor del cuello del hombre. El agarre fue tan preciso que el aire se convirtió en un lujo imposible.
—Me debes diez millones de dólares, Alex Valenti —dijo Dante. Su voz era una calma gélida que erizaba la piel, un susurro que prometía la muerte—. Dime, ¿cómo piensa un muerto pagar sus deudas?
Alex estaba amoratado. Sus ojos bailaban en sus cuencas mientras la falta de oxígeno lo arrastraba al borde de la inconsciencia. Con un hilo de voz, apenas un estertor, logró soltar:
—T-en-g-o... a una h-i-ja... Puede... ser... t-u-ya...
Dante relajó un poco la presión. En el cuello de Alex quedaron grabadas unas marcas rojas profundas, casi negras, como si la sangre se hubiera secado bajo la piel en un segundo.
—¡Ja! ¡JAJAJAJA!
La carcajada de Dante estalló en el callejón, cargada de una soberbia que hacía temblar. Se puso en pie, irguiéndose como una montaña de un metro noventa envuelta en un traje a medida. Miró al despojo humano que se retorcía a sus pies y sonrió.
—¿Tu hija? No seas arrogante, Alex. ¿De verdad crees que una de tus crías vale diez millones de dólares? —Dante le hundió la punta del zapato en el estómago, sacándole el poco aire que le quedaba—. Eres una maldita basura.
Como un depredador que ha encontrado una presa herida, Dante se agachó de nuevo y le enredó los dedos en el cabello, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos. El aura de Moretti era asfixiante; olía a tabaco caro, poder y peligro.
—Dame una respuesta satisfactoria, Valenti, o esta noche dormirás con los peces.
—Yo... yo... —Alex tartamudeó, buscando desesperadamente una salida—. Ella puede ser tuya para siempre. Puedes usarla para satisfacer tus deseos cuando quieras... ¡te lo prometo! Es joven, es hermosa... Tiene un cuerpo seductor, caderas perfectas para darte hijos y es sumisa... por favor... por favor...
El hombre se aferró a la pierna de Dante, llorando como una cucaracha aplastada. Cualquier otra persona habría sentido lástima, pero Dante Moretti no conocía esa palabra. Él recordaba a la esposa de este adefesio, una mujer que le rogaba en el casino que parara, que se detuviera, mientras este infeliz apostaba hasta el último centavo de su familia.
Una idea cruel y deliciosamente oscura empezó a tomar forma en su mente. Una sonrisa siniestra curvó sus labios.
—Bien —sentenció Dante.
Los ojos de Alex se abrieron con una chispa de esperanza asquerosa, a punto de saltar de alegría por haber salvado su propia piel a cambio de la de su hija.
—Pero quiero el paquete completo, Alex. ¿Qué puede ser mejor que una madre y su hija juntas en mi cama? Te aseguro que no valen ni diez mil dólares, pero te las tomo al precio que pides. Es un regalo, Valenti.
Dante soltó una risa ronca, una que prometía un infierno de lujo y pecado.
—Prepáralas. Te aseguro que las cuidaré... muy, muy bien.