Era una noche tibia y despejada y llené mis pulmones de ese aire salado. Cerré los ojos y comencé a bailar al ritmo de la música. Me dejé llevar y perdí la noción del tiempo, hasta que al voltearme, lo vi apoyado en la puerta de vidrio, con los brazos cruzados en el pecho y una sonrisa divertida en el rostro. - ¡Oh, qué vergüenza! - - Continúa, no te detengas por mí - - No, no - Se acercó y tomó uno de los audífonos. - ¿Qué escuchas? - me rodeó con su brazo y comenzó a bailar lentamente. - Esto no se baila así - balbuceé. Tomó el teléfono y buscó algo. De inmediato Pablo Alborán comenzó a sonar. Rodeé su cuello con mis brazos mientras nos balanceábamos suavemente. - ¿Todo bien en el trabajo? - - Sí, descuida. Eran unos contratos de última hora que tenía que revisar -

