La despedida

1306 Palabras
El sol de la tarde iluminaba la plaza con su luz dorada, filtrándose entre las hojas de los árboles que se mecían suavemente con la brisa otoñal. Camila llegó con paso lento, con las manos en los bolsillos de su campera y la mirada baja. A lo lejos, distinguió a sus dos mejores amigas, Ema y Aldana, sentadas en un banco, esperándola. —¡Cami! —exclamó Ema, levantándose de un salto al verla. —Por fin llegaste —añadió Aldana con una sonrisa, pero esta se desvaneció en cuanto vio la expresión de su amiga—. ¿Qué pasó? Camila se dejó caer en el banco con un suspiro y frotó sus manos contra sus rodillas. —Nos vamos en tres semanas—dijo simplemente. Ema frunció el ceño. —¿Cómo que se van? ¿Y la graduación? —No habrá graduación para mi, Ema… Nos mudamos a Estados Unidos en tres semanas— dijo Camila con pesar. El silencio cayó entre ellas como una losa. —No… No puede ser —susurró Aldana, con los ojos muy abiertos. —Dime que es una broma de mal gusto —agregó Ema, con la voz temblorosa. Camila negó con la cabeza y tragó con dificultad el nudo en su garganta. —Ojalá lo fuera. Pero es real. Nos vamos en tres semanas— afirmó nuevamente. Ema dejó escapar un gemido de frustración y se cubrió el rostro con las manos, mientras que Aldana apretaba los puños. —¡No es justo!—dijo Aldana, con su voz cargada de enojo— ¡Ya sé! ¡Dile a tus papás que te quedas! —¿De qué estás hablando? ¿Cómo voy a quedarme? —Puedes vivir conmigo, mis padres no tendrían problema— respondió la muchacha como si esa fuera la solución perfecta. Camila sonrió con tristeza. —No puedo hacer eso, Aldana. Ellos son mi única familia… No puedo dejarlos ir solos. Ema, que había permanecido en silencio, levantó la vista con los ojos cristalinos. —Pero… ¿qué vamos a hacer sin vos? Camila sintió cómo las lágrimas amenazaban con caer, pero respiró hondo para contenerlas. —No vamos a separarnos del todo. Prometamos que nunca perderemos el contacto, sin importar qué pase. Las tres se miraron por un momento y luego unieron sus manos en un pacto silencioso. —Pase lo que pase —susurró Ema. —Siempre juntas —completó Aldana. Esa tarde, cuando Camila regresó a casa, encontró a su madre en su habitación, organizando cajas vacías, las cuales pronto estarían llenas y listas para ser trasladadas adonde fuera necesario. —Cami, amor, ya tenemos que empezar a empacar. Solo lleva tu ropa y lo más importante para vos. Los muebles se quedan, ya que vamos a vender la casa con ellos. Las palabras de su madre fueron como un golpe en el estómago. —¿Vender la casa? —susurró, sintiendo cómo la realidad la golpeaba de lleno. —Sí, mi amor. Ya está en proceso la venta. Camila se quedó en silencio, caminó a su cuarto y una vez dentro se paró en medio, recorriendo su habitación con la mirada. Aquella era la casa donde había crecido, donde tenía todos sus recuerdos. Y ahora, en cuestión de semanas, todo desaparecería. Pero lo que más le dolió fue otro pensamiento: —No tendré fiesta de graduación… Su madre que había subido tras ella, la miró con comprensión y la abrazó. —Lo siento, Cami… Esa noche, cuando el peso de la realidad se volvió insoportable, la muchacha tomó su teléfono y marcó el número de Ema. —Estoy saliendo por la ventana —susurró— Nos vemos en tu casa. Minutos después, Camila se descolgaba con cuidado por la ventana de su habitación y corría por las calles silenciosas hasta llegar a la casa de Ema, donde Aldana ya la esperaba. Las tres se sentaron en el suelo del cuarto de Ema, rodeadas de almohadas y envueltas en mantas. —¿Saben que es lo que más me duele de todo esto? Que no tendré fiesta de graduación —soltó Camila con voz ahogada. Ema la abrazó con fuerza. —¡Esto es una pesadilla! Aldana suspiró y luego sonrió de lado. —¡Vamos, chicas! Mirenle el lado bueno a toda esta mierd… Cami se va a Estados Unidos. Imagínense que se cruza con un millonario sexy estilo Christian Grey… o mejor, un magnate de la ganadería como Sebastián Vanderwood.— luego la muchacha se quedó pensando— O al menos algún chico guapo, sexi, protector como alguno de los protagonistas de las novelas que solemos leer. Camila rió entre lágrimas, mientras Ema resoplaba. —¡Dios, Aldana, solo vos podés decir algo así estando en esta situación! —Lo digo en serio. Capaz terminás en una historia de novela. "La argentina que conquistó al chico codiciado de América". Suena bien, ¿no? Las tres rieron juntas, dejando que la tristeza se disipara por un momento. Las tres semanas pasaron volando y, antes de que Camila y sus amigas pudierán darse cuenta, la mudanza estaba a la vuelta de la esquina. Para su sorpresa, Ema y Aldana habían organizado una fiesta de despedida en una casa quinta que los padres de Aldana tenían en las afueras de la ciudad. La noche de la fiesta, la música retumbaba por los parlantes, las luces de colores parpadeaban en la oscuridad y todos sus compañeros de clase estaban allí. —No llores, Cami —le susurró Ema mientras bailaban— Esta noche es para disfrutar. Camila sonrió y trató de seguir el ritmo de la música, aunque en su corazón sabía que cada minuto la acercaba más a la despedida y eso la hacía poner nostálgica. Las chicas habían llevado a su amiga allí con la supuesta idea de que sería perfecto relajarse antes de partir, pero en realidad tenían todo listo para desearle un buen viaje. Cuando llegó el momento del brindis, Aldana levantó su vaso. —Por Cami, la mejor amiga que podríamos haber pedido. Que aunque esté a miles de kilómetros, siempre será parte de nosotras. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Camila cuando todas chocaron sus vasos. Dos días después, Camila se encontraba en el aeropuerto con sus padres, las maletas ya estaban dispuestas para ser llevadas al avión y la tensión y la tristeza en la muchacha eran más que evidentes. — Vamos, mi amor— le decía su madre— te prometo que esto va a ser mejor de lo que crees. Camila le dio una sonrisa débil y triste. Su padre le pasó un brazo sobre los hombros y le besó la cabeza. — Es cierto, cielo. Todo va a estar bien. — Lo sé, papá. Ema y Aldana también estaban allí, con los ojos rojos de tanto llorar. Cuando escucharon el llamado para abordar el avión, las tres se fundieron en un abrazo lleno de sentimientos, amor, nostalgia, tristeza. —Prometéme que vamos a seguir hablando todos los días —dijo Ema, con la voz quebrada, mientras se iba haciendo más difícil soltarse. —Lo prometo —susurró Camila, abrazándola con máss fuerzas. Aldana se secó las lágrimas y sonrió. —Y no te olvides de buscar a ese millonario sexy, ¿eh? Camila rió entre lágrimas y la abrazó también. —Las amo, chicas. —Nosotras también te amamos —dijeron al unísono. —¡Y no te creas que vas a librarte de nosotras tan fácil!¿Eh?— le gritó Aldana mientras la veían alejarse para abordar el avión. Cuando llamaron para abordar, Camila tomó su maleta con el corazón encogido y caminó lentamente hacia la puerta de embarque. Y con una última mirada hacia sus amigas, supo que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
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