Una noticia inesperada
Camila regresaba del colegio como cada tarde, caminaba por las calles de Mendoza con su impecable uniforme, su mochila colgada de un solo hombro y el cabello castaño recogido en una coleta alta. El sol comenzaba a ocultarse detrás de la cordillera de los Andes, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Era una tarde fresca de otoño, y las hojas secas crujían bajo sus zapatillas con cada paso.
Camila tenía diecisiete años, Mendoza siempre había sido su hogar. Amaba su ciudad, su gente, las montañas que parecían vigilarla desde la distancia. No podía imaginarse en otro lugar que no fuera aquel.
Iba caminando como todos los días junto a sus amigas, Aldana y Ema, las tres se conocían desde el jardín de niños, su amistad había crecido y se había ido fortaleciendo con los años hasta hacerse inseparables. Las tres muchachas de diecisiete años tenían planes y sueños que querían realizar juntas, el más cercano... Su fiesta de graduación, apenas faltaban unos meses para que dejarán el Colegio secundario y pasarán a ser jóvenes universitarias y eso les causaba mucha emoción.
— Entonces, Cami —preguntó Aldana a su amiga — ¿Ya tenés tu vestido elegido?
— Nop —respondió ella— Mamá dice que cuando falte un mes vamos a ir a comprarlo, no quiere que nadie más tenga un vestido como el mío.
— ¡Esa si que es una buena idea! —dijo Ema— le voy a decir a mamá que nosotras vamos a esperar también para comprarlo.
Y así las tres jóvenes caminaban rumbo a su casa, siendo Camila la primera en despedirse.
Cuando entró a la casa, la encontró extrañamente silenciosa. Sus padres solían estar en la cocina o viendo la televisión en la sala, pero esta vez los encontró sentados en el sofá, con expresiones serias. Su madre, Elena, tenía las manos entrelazadas sobre su regazo, mientras que su padre, Andrés, la miró apenas cruzó la puerta.
—¿Pasó algo? —preguntó Camila, dejando su mochila colgada en el perchero de la entrada.
Su madre sonrió con tristeza y le señaló el sillón frente a ellos.
— Siéntate, hija. Tenemos que hablar.
Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No le gustaba la seriedad con la que se lo dijo. Se sentó lentamente, cruzando los brazos y tomando una larga respiración.
— ¿Qué pasa?
Su padre suspiró antes de hablar.
—Hija, sabes que trabajo en Argensa Tech, ¿verdad?
Camila asintió. Su padre era ingeniero en software y ocupaba un alto cargo en esa empresa multinacional de tecnología. Desde pequeña lo había visto dedicar largas horas a su trabajo, aunque siempre encontraba tiempo para ella y su madre.
— Bueno, pues resulta que la empresa ha decidido trasladar la sede de Mendoza a Estados Unidos. Han abierto una nueva sucursal en San Francisco, California, y me han ofrecido un puesto allá.
Camila frunció el ceño.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Su madre le tomó las manos con suavidad.
—Significa que debemos mudarnos, Cami.
El estómago de la joven se hundió.
—No… —susurró, sacudiendo la cabeza— No pueden estar hablando en serio.
—Lo estamos, hija. —Su padre se inclinó hacia adelante—. Sé que va a ser un cambio demasiado grande, pero no tengo alternativa.
—Pero... Eso se puede solucionar, papá. Te buscas otro empleo y listo— dijo ella con calma.
—No es tan fácil, nena— replicó su padre— A mis cuarenta y cinco años, encontrar un empleo similar aquí sería casi imposible. Y este traslado no solo significa estabilidad para nosotros, sino que también me permitirá seguir creciendo profesionalmente.
Camila se puso de pie de golpe.
—¡Pero mi vida está aquí! ¡Mi colegio, mis amigos! ¿Esperan que de la noche a la mañana deje todo atrás y me vaya a un país del que ni siquiera sé hablar bien su idioma?
—Sabemos que es difícil, Cami —intervino su madre con voz calmada— Pero ya hemos pensado en eso. Vamos a inscribirte en una escuela donde puedas reforzar tu inglés y adaptarte mejor.
—No me importa la escuela —soltó con frustración— ¡No quiero irme!
El silencio llenó la sala. Camila respiró hondo, sintiendo su corazón latir con fuerza. Su padre bajó la mirada, comprensivo pero firme.
—Lo sé, hija. Pero a veces, en la vida, hay decisiones que debemos tomar aunque no nos gusten.
Camila sintió un nudo en la garganta. Sin decir más, giró sobre sus talones y subió las escaleras hacia su habitación.
Ya en su cuarto, cerró la puerta con fuerza y se dejó caer sobre la cama, cubriéndose el rostro con las manos.
Era injusto. No entendía por qué tenía que dejarlo todo. Mendoza era su hogar. San Francisco era solo un nombre en un mapa, un lugar del que había escuchado en películas, pero que no significaba nada para ella.
Se incorporó y miró alrededor de su habitación. Las paredes estaban decoradas con fotos de sus amigos, carteles de bandas que le gustaban y una serie de luces LED que había colocado con sus mejores amigas, el verano anterior. Cada rincón tenía un recuerdo, una historia.
Miró su teléfono. Quería escribirle a las chicas y contarles, pero temía romper en llanto en cuanto lo hiciera.
En ese momento, su madre tocó la puerta.
—¿Puedo pasar?
Camila no respondió, pero Elena entró de todos modos y se sentó en la cama junto a ella.
—Sé que esto es difícil para ti, hija.
—No quiero irme, mamá —susurró, sin mirarla.
Su madre le acarició el cabello con ternura.
—Lo sé, amor. Pero piénsalo así… es una oportunidad para conocer otro lugar, vivir nuevas experiencias. Quizás ahora te parece horrible, pero podría ser algo bueno.
Camila soltó una risa sarcástica.
—No hay nada bueno en esto.
Elena suspiró y se puso de pie.
—Voy a darte tiempo para que lo proceses. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre vamos a estar juntos. Y eso es lo que realmente importa.
Cuando su madre salió, Camila tomó su almohada y la apretó contra su pecho.
Sabía que su madre tenía razón en parte. Pero no podía evitar sentir que todo lo que amaba estaba a punto de desaparecer, a punto de perderse para siempre.
Y lo peor de todo era que no tenía opción.