Prólogo
Sangre.
Aquél líquido carmesí vital que recorría mis venas era lo que él deseaba y yo, estaba dispuesta a dárselo. ¿La respuesta? Simple, era suya y él se había convertido en mi deseo, en mi pecado y si me condenaran a pasar el resto de la eternidad en el infierno con gusto lo haría, pero que no me condenen a estar en un mundo sin él.
—Te deseo —susurró mientras besaba mi cuello con pasión —quiero tenerte solo para mí, el resto de la eternidad —fijé mis ojos en aquellas orbes azules que podían compararse con el océano, ese océano en el que estaba dispuesta a hundirme —di que eres mía para el resto de eternidad.
—Soy tuya.
—¿Cómo sé que no huirás de mí otra vez? —Sus frías manos acunaron mi rostro —no quiero que me temas. Tú no.
—El cielo es mi testigo Sebastian. Te juro que siempre estaré a tu lado —susurré —ahora hazme tuya, Sebastian —esas palabras bastaron para perforar mi cuello y sumirme en el placer de su mordida.
Me abrazo a él como si mi vida dependiera de ello y dejo que sacie su sed con mi sangre mientras que yo dejo que él sacie mi lujuria. Por él estoy dispuesta a todo, después de todo soy la doncella del vampiro.