Cualquiera que se encontrara en esta situación seguramente se habría reído; sin embargo, el rostro de Sebastian no parecía estar mintiendo en absoluto. Antes de que pudiera decir algo una sonrisa adornó su rostro.
—Es una broma.
Sonreí.
Debí admitir que estoy un poco decepcionada; había algo en él que lo hacía ver tal como aquella criatura y por un momento había creído en sus palabras.
—Yo, no sé qué decir —Sebastian se aclaró la garganta.
—Lamento si la he incomodado mi lady —se disculpó —sabe he conocido a muy pocas mujeres como usted. De mente abierta e inteligentes —lo miré sin comprender.
—¿Qué quiere de mí? —Mis ojos de encontraban mirándolo fijamente.
—Me agrada señorita Aldrich —dijo de repente —y admito que no había visto una mujer tan hermosa como usted en bastante tiempo y créame cuando le digo que he visto varias mujeres en los últimos...—él hizo una pausa —en los últimos años. Además, debo confesarle que hay algo en usted que me atrae —me quedé muda ante su confesión ¿qué se supone que debo decir ante eso?
Sebastian me atrajo hacía el aprisionándome nuevamente, mi cuerpo era pequeño al estar sobre su pecho; sus dedos retiraron mi cabello y acarició con dulzura la piel de mi cuello haciéndome estremecer y cuando acercó su boca y depositó el primer beso sobre mi mejilla, una corriente eléctrica sacudió mi cuerpo haciéndome estremecer.
—¿Qué está haciendo? —pregunté alarmada, jamás había estado de esta forma con un hombre.
—Mi bella dama, no ha sido mi intención —dijo mirándome a los ojos, sus palabras eran dichas con tal cariño que el miedo que sentía se esfumó de inmediato —me gustaría que este no fuese nuestro primer y último encuentro.
—¿A qué se refiere? —él se apartó de mí quedando a escasos centímetros de mi rostro.
—Creí haber sido claro bella dama, quiero seguir viéndola —repitió una vez más —claro si usted me lo permite —mi corazón latía con fuerza a tal grado que creí que saldría de mi pecho —quiero que trabajes para mí.
Desilusión.
Aquellas palabras de admiración solo fueron eso, admiración. Fui tan tonta para pensar que alguien como lord Sebastian podría verse atraído por alguien tan simple como yo.
—¿Sabes? Eres la primera persona que le ofrezco esto hace mucho tiempo —aunque no lo pareciera pude notar una pizca de nostalgia en su voz.
—¿Por qué querría a alguien como yo?
—Me temo que desconozco la respuesta, pero si acepta mi oferta podríamos descubrirlo juntos — mordí mi labio inferior.
—¿A qué se refiere?
—Temo que los detalles del trabajo que te ofrezco solo serán revelados si aceptas —me lo imaginé —soy muy reservado con esos asuntos señorita Aldrich. Así que a pesar de que usualmente no desisto cuando hemos encontrado a alguien de mi agrado. Yo te daré una oportunidad —lo miré sorprendida —puedes irte ahora o quedarte, pero una vez que aceptes ya no habrá salida.
—¿Por qué querría aceptar su oferta?
Él solo se limitó a sonreír y de un momento a otro sentí sus labios rozar el lóbulo de mi oreja. Su frío aliento erizaba los vellos de mi nuca.
—Yo puedo darte todo lo que desees —susurró. — ¿Acaso no quiere una vida emocionante? Yo puedo darle eso y mucho más. Dinero, educación, poder. Cualquier cosa que desees, yo puedo dársela.
—¿Lo que sea? —su semblante serio mostró interés.
—Lo que sea —repitió —la única condición que pongo es que vengas a Londres conmigo y entregues tu vida para servirme a mí.
—¿Enserio cree que con dinero, joyas y educación puede compararse a mi preciosa libertad? —Pregunté con desdén —he vivido en este pueblo durante veintidós años y el único deseo que he tenido es salir de aquí y vivir mi vida sin restricciones de la sociedad o de mi familia ¿qué puede ofrecerme para que yo renuncie a ella? —El hijo del conde no respondió —dice que ha visto a varias mujeres en los últimos años, pero dudo que conozca bien los sentimientos de una.
—Entonces no acepta mi oferta —asentí.
—Me temo que debo declinar su oferta lord Sebastian —respondí con firmeza —nada vale más que mi libertad, ni incluso esa aventura que promete o todo el dinero del mundo puede igualarla.
—¿Está segura?
—Absolutamente.
—Es una lástima; sin embargo, mi admiración hacía usted crece cada vez más señorita Aldrich —del interior de su abrigo sacó una tarjeta de presentación —estaré en la posada llamada el Edén, búsqueme si cambia de opinión.
Tomé la tarjeta entre mis manos, en ella estaba escrito con elegante caligrafía su nombre: Sebastian Radclyffe Grey. Negué.
—No creo que vaya a cambiar de opinión —pero cuando alcé la mirada, me encontraba sola en el inmenso jardín. No había rastros de él, era como si hubiese estado sola en todo momento.
[...]
Cuando regresé al enorme salón, logré divisar a mi madre hablando con algunas de sus amistades, pero entre ellas no se encontraba mi hermana Luciane, lo cual me pareció totalmente extraño.
—Violet —habló mi madre llamando mi atención. —¿Dónde te habías metido?
—Solo fui a dar un paseo con lord Sebastian —dije restándole importancia.
—Parece que le gustas al joven Sebastian —dijo mi madre con picardía provocando un nuevo sonrojo de mi parte.
«Si tan solo supieras»
—Por cierto ¿dónde está mi padre? —mi madre miró a ambos lados y pudo verlo hablar con el capitán Waters, un militar retirado, pero sobre todo un viejo amigo.
—¡Violet! —me llamó Luciane —no encontramos a Albert por ninguna parte, Richard lo está buscando —en ese momento todas mis alarmas se disparan.
Para ser el mayor de los Aldrich, nuestro hermano mayor era como un niño ya que él siempre solía estar metido en las tabernas y apostar con gente indeseable y me preocupaba que un día se metiera en un problema del que no pudiera salir. Así que lo mejor sería ir a buscarlo, una nueva melodía comenzó a sonar, sabía que le había prometido a lord Sebastian bailar con él, pero debía encontrar a mi hermano. Busqué entre la multitud sin tener éxito, no lograba encontrar a Albert.
Me temía lo peor.