Miranda sentía que el mundo se reducía a ese contacto. El enojo que se habían profesado durante la semana se transformaba ahora en una energía eléctrica que los unía por encima del odio. Ella era deliciosa. Levka disfrutó cómo su sabor se le impregnaba en el paladar. Si fuera un hombre religioso, no tendría duda de que Miranda era ese fruto prohibido que venía con una sentencia de muerte grabada en la piel, pero en ese momento, el infierno parecía un precio justo por lo que estaba obteniendo. El orgasmo no tardó en llegar, sacudiendo los cimientos de Miranda con una fuerza que la dejó sin aliento. Se deshizo bajo su lengua, tensando los músculos de las piernas mientras su espalda se arqueaba buscando el alivio final. Levka no la soltó; bebió de cada oleada de su placer, sintiendo cómo

