Denis salió de la mansión sintiendo el aire gélido de la noche moscovita golpearle el rostro, pero nada era comparable al calor que aún persistía en sus labios. Se dirigió a un bar de mala muerte en las afueras. Pidió una botella de vodka y se sirvió un vaso corto, bebiendo el líquido transparente de un solo trago, dejando que la quemazón en su garganta compitiera con la que sentía en el pecho. Llevaba años observando a Miranda, custodiándola como si fuera la posesión más preciada de Randall Antonov, una joya que nadie tenía derecho a tocar y que él, por un momento de debilidad casi poética, se había atrevido a reclamar. Lo que sentía por ella era una marea difícil de explicar; no era solo el deseo carnal que le recorría el cuerpo al verla pasar, aunque mentiría si dijera que no existía;

