Claudine pasó rápidamente una mano por el brazo del presidente, quien al parecer ella no le es indiferente. Los rostros enfurecidos de las Petit fueron suficiente recompensa para esa arriesgada acción. Pero el hombre no pareció incómodo y mucho menos molesto. Simplemente, la comenzó a guiar por los pasillos, dándole explicaciones rápidas sobre alguna parte de la casa para llenar el silencio incómodo hasta salir al jardín. Mientras las víboras miraban con recelo. —Madre —la joven se cruzó de brazos— Me prometiste que ella jamás volvería a Francia. ¿Qué paso? —Esa maldita se las ingenió para librarse de tu tía. Al parecer hija mía, ella logró lo que quiso —dijo la madre con repudio— Hasta dejó en bancarrota a tus tíos. Según dice, ella, es la culpable de que nadie en América quisiera compr

