CAPÍTULO II. LAS ABEJAS

678 Palabras
CAPÍTULO II. LAS ABEJAS En otra ocasión, en que tenía diez años, marchó un día al monte, cerca de la casa, y encontró un panal de abejas, y se dijo así mismo “me gustaría comer de este panal, pero en cuanto me acerque me picarán. Lo que tengo que hacer es dejar que le piquen a otro y cuando se hayan cansado, voy y como la miel.” Y estando cavilando de esta manera, pasó por allí un hombre y José le dijo, ―Mira, soy el príncipe, ¿quieres cogerme ese panal? ―Mira, como eres principal pasa tú primero, y así lo coges tú y yo aprendo ―contestó el hombre y se marchó riendo. Viendo el muchacho que la treta no le había dado resultado, pensó “con los hombres no consigo comer la miel, mejor lo haré con los animales.” Y pensando esto vio allí cerca, a un pastor que tenía ovejas, y acercándose a él le dijo, ―¿Me dejas una que ahora te la devuelvo? El pastor viendo que era un niño, pensó que nada podía hacer al animal, y como conocía a José le contestó, ―Llévatela, pero me la tienes que devolver igual que está, y si no fuera así me la tienes que pagar. A lo que José le dio su conformidad. José se llevó al animal y lo puso debajo del panal, y desde lejos tiró piedras hasta conseguir que cayera, y lo hizo al lado de la oveja. Esta, viendo venir hacía ella tal cantidad de abejas, empezó a correr y detrás de ella marcharon todas las que podían volar. El animal corrió en dirección al rebaño y se llevó al enjambre entero detrás de ella. Mientras José, con un palo cogió el panal y lo escondió en un árbol que había caído, de tal manera que no se viera, y habiendo terminado que hacer esto, llegó el pastor corriendo, enojado y con ganas de pegar al muchacho, pero viendo que a este no le pasaba nada, se paró en seco y le preguntó, ―Señor, ¿cómo es que la oveja que os había dejado ha llegado llena de abejas y a todos nos han picado? ―¿Te digo la verdad?, estaba lejos de ella, cuando empezó a correr y detrás iban un montón de abejas, y luego la perdí de vista, y estaba preocupado, pues temía que se hubiera extraviado, pero ya veo que has recobrado lo tuyo, y ahora dime, buen hombre, y cuéntame ¿qué ha pasado? ―preguntó el muchacho. Pero éste que estaba lleno de picaduras le dijo, ―Mejor señor lo dejo para otro día, pues tengo que recoger el ganado que se me ha esparcido ―Y marchó dando grandes gritos por lo que le había pasado. Desde luego si se entera de que el niño tenía la culpa, de una buena zurra no se salva ni por ser príncipe. José, viendo que el pastor se había marchado, se acercó al panal que aún tenía algunas abejas, y se dijo “si lo cojo las pocas que quedan me picarán. Tendré que llevármelo lejos, y con humo sacar la miel”, pues había visto en otras ocasiones cómo se hacía, y cogiendo un palo largo, pinchó el panal por un extremo y por el otro se lo cargó en el hombro, y así estando lejos no le picaron. Llegó a la casa donde vivía, y llamó a su madre y está viendo el panal con abejas, se asustó y preguntó, ―¿Cómo has cogido eso? ―Mira madre, cuando iba a venir a casa, con este palo atravesé el panal, y poniéndomelo al hombro he venido aquí con él, para poder comer la rica miel, y además las abejas que había en él, se marcharon y nada más sé de ellas ―respondió el muchacho. Todos comentaron lo que había sucedido como algo extraordinario, y todo fue bien, hasta que unos días después, apareció por allí reclamando el pastor, y contó lo que había hecho el muchacho, y a todos les causó una gran risa, a todos menos al pastor que quería sacudir al chico por la faena, pues aún tenía picaduras de las abejas en la cara y manos, pero como la madre le protegió nada le pasó a José.
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