CAPÍTULO III. CONOCE A MARÍA

477 Palabras
CAPÍTULO III. CONOCE A MARÍA Ahora voy a contar lo que ocurrió en otra ocasión, tenía entonces la edad de trece años. Estaba un día en el patio de la casa y llegó un carro con una familia, y con ella venía una muchacha, y viéndola José se enamoró locamente de ella, pues la chiquilla era muy hermosa. No sabiendo cómo hablarle José se acercó al carro y preguntó si vendían algo, la muchacha que también había recibido un impacto al ver al joven, se puso colorada y nada dijo, y él viendo esto, se creció delante de ella, y poniéndose muy estirado la dijo: ―¡Mira joven!―. Y ponía ademanes de hombre de gran mundo, y se pavoneaba de tal manera que a la joven se le salían los ojos al ver a un chico tan guapo dirigiéndole la palabra. Y ella queriendo contestar se aturdió más, y él volviéndose a acercar la dijo, ―¡Mira hermosa!―. Y tenía trece años solamente. Y en estos momentos salió de detrás del carro un hombre viejo, que no oía bien y preguntó, ―¿Me dices algo? Y José se llevó tal susto y se quedó tan cortado, que ahora fue la joven la que estaba riendo y José avergonzado se retiró. Desde lejos y a distancia seguía mirando a la joven, y ésta, dándose cuenta, y siendo más decidida que el muchacho se acercó a donde estaba medio escondido y le dijo, ―¿Te gusto? Y él se puso colorado como un tomate, y se echó hacia atrás, y ella rio de buena gana, y la risa de la niña le entusiasmó y la contestó, ―¡Sí, me gustas!, pero dime, ¿qué venís a hacer aquí? ―Mira ―le contestó la niña―. Venimos de paso y traemos cosas del pueblo que nos han encargado que os dejemos, pero mira, ¡que no me como a nadie!, y no quiero que me tengas miedo ―Y le tendió la mano. El muchacho con más vergüenza que otra cosa se la cogió, y cuando sintió la mano de la niña entre las suyas, en su interior sintió un calor tremendo que le invadía el cuerpo, pero pensó “¡Tengo que ser un hombre!” y la dijo, ―¿Quieres que te enseñe la casa mientras esperas a los tuyos? Y a la muchacha le pareció bien. Cogidos de la mano, le enseñó la casa, el patio y los campos cercanos, y ninguno de los dos hacía nada por separar las manos, y la llevó a la cocina y les dieron a los dos de comer, y de repente la llamaron, y se enteró de que se llamaba María, y éste no era un nombre corriente, y la muchacha marchó corriendo. José se quedó pensando en ver la manera de conseguir, dónde y cuándo volvería a verla en otra ocasión, y mirar que tardó mucho tiempo en hacerlo, pero cuando lo hizo, aún tenía la imagen de aquella muchacha, sus ojos y su risa, grabadas en el corazón de niño.
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