CAPÍTULO V. CONOCE AL ERMITAÑO Ahora os voy a contar otra historia distinta en todo a la anterior, en esta ocasión JOSÉ tenía dieciocho años. Era ya un hombre alto y bien lucido, pues comía bien y estaba en gracia, todos los días hacía oración al ALTÍSIMO como se le había enseñado, y aunque sus compañeros eran unos juerguistas, él se mantenía sano. Mientras los demás se daban a la comida, la bebida y a derrochar el dinero, él se marchaba al campo y se enteraba de las economías de la hacienda. Y esto, aunque al principio le gustaba a su padre, por otra parte, le asombraba que fuera sí, e incluso en alguna ocasión llegó a hablar de mandarle a algún sitio para que le quitasen de la cabeza esas ideas raras, como el no beber vino y cosas semejantes. Un día estando en su casa, llegó por allí

