Él apoyó una mano sobre su cabeza, hundiendo los dedos en su cabello, como si cada hebra le perteneciera. La guiaba, sin violencia, pero con dominio. Ella se entregaba. Se dejaba guiar. Era suya. Voluntaria. Hambrienta. Y esa imagen… esa entrega absoluta… me incendió. Mis pensamientos eran caóticos. Desordenados. Quería estar ahí. Quería sentir ese peso en mi lengua, esa presión en mi garganta, esa intensidad que va más allá del cuerpo, que lo trasciende todo. La escena tenía algo más allá del sexo. Era un pacto. Una entrega sagrada. Ella era su templo, y él, su fe ciega. Yo respiraba tan fuerte que me daba miedo hacer ruido. Tragué saliva. Mi garganta estaba seca. Pero mis pensamientos eran líquidos. Calientes. Mi centro palpitaba de necesidad. No había otra palabra: necesidad. Vi có

