Alicia se me quedó viendo y soltó un suspiro teatral: —Ay, quiero ser esa mujer. Que me chupen así los senos, ¿no? —Sí, y no solo eso —seguí—. Le daban unos azotes en las nalgas que la hacían gemir como si fuera la única mujer en el mundo, y él... ¡ay, Dios! No paraba. Era como si estuviera poseído. —¿Qué más, qué más? —me insistió, sentándose más cerca, emocionada. —No creas que fue solo eso —dije bajito, haciendo que Alicia me mirara con más atención—. Lo que más me marcó fue la manera en que ella se arrodilló frente a él y empezó a... a... —hice un gesto como si estuviera dando un beso largo y profundo—. Imagínate el ritmo, lento y luego rápido, y él apretando su cabello, con esa mirada que decía “eres mía, y nada más importa”. Alicia soltó un “oooooh” de admiración, y luego se ace

