El beat comenzó lento. Una nota oscura. Y ella… se transformó. No caminaba, deslizaba. No movía la cadera… la hipnotizaba. Giraba, bajaba hasta el suelo, y su trasero se apretaba como si cada músculo supiera lo que estaba haciendo. Tocaba su abdomen, su cuello, sus senos, su boca. Se arrastraba por el piso. Se arqueaba. Se abría. Se cerraba. Era puro sexo. Puro arte. —Esto —gritó Lúa mientras se abría de piernas con una fluidez enfermiza—, es tener poder. Que te miren y se quemen. Que te deseen y no se atrevan. Que sientan que no están a tu altura. Nosotras estábamos paralizadas. Y entonces, nos llamó: —¡Vamos! Al frente del espejo. ¡Repliquen lo que acaban de ver! ¡Muéstrenme a sus demonias internas! Apenas sabía cómo respirar. Pero lo hice. Me arrodillé como ella. Me toqué el mus

