5
—Esperamos. ¿Eso es todo? ¿Es eso todo lo que puedes decir? —Agnes lanzó sus manos al aire con desesperación.
Era más tarde ese mismo día y tanto ella como Alan estaban caminando hacia el comedor en el hotel. Anteriormente, mientras disfrutaban de unos tragos en el bar, conversaron sobre los eventos del día, terminando con Alan repitiendo lo que había dicho en la tarde.
—Entonces, ¿esperamos hasta que sepamos algo del patólogo? ¿Seguramente hay algo que nosotros podamos hacer, mientras él hace el examen?
—¿Algo que ‘nosotros’ podamos hacer? —preguntó Alan. —¿Quién es ese ‘nosotros’?
—¡Nosotros! ¡Tú! ¡Yo! ¡La policía! Por todos los Cielos, Alan, no puedes sacarme de la investigación. Yo encontré el cuerpo. Fui yo quien llamó para reportarlo. Ese pobre hombre podría estar todavía allí tendido si no fuera por mí…
—Está bien, está bien. Te entiendo, —la interrumpió Alan.
De repente dejó de caminar y llevó a Agnes hacia un lado.
—Quieres estar involucrada en la solución de este caso de homicidio. ¿Todavía no has comprendido lo cerca que estuviste de ser asesinada, la última vez que metiste tu nariz en una investigación de homicidio?
—Alan, sé muy bien que casi perdí la vida hace unos meses. —Agnes lo tomó del brazo y reiniciaron su camino por el pasillo. —Pero sobreviví. Mírame. Todavía estoy aquí, sana y salva, y lista para involucrarme en este caso. Si el cuerpo lo hubiera encontrado otra persona, entonces tal vez yo me quedaría a un lado. Tal vez, —repitió, agitando un dedo hacia él. —Pero no fue así. Lo encontré yo. Y ahora quiero participar hasta el final.
Dejó de caminar y se volteó para confrontarlo. —Alan, por favor, yo necesito ser parte de esto hasta el final.
Estaba claro que estaba determinada a involucrarse en este caso y nada de lo que él dijera la haría cambiar de opinión. Sin embargo, a pesar de su bravuconería de esa tarde, había notado que estaba muy impresionada por haber encontrado un cuerpo mutilado. También se había dado cuenta del hecho de que ella sentía cómo el frío atravesaba su abrigo a medida que se ponía el sol. Sin embargo, sabía que ella nunca lo admitiría.
—Sí, lo sé, —dijo él, suavemente.
También sabía que no podía ganar. Si se negaba, ella trataría de resolver el caso por su cuenta y solo Dios sabía a dónde la llevaría eso. Al menos si participaba de la investigación, hasta cierto punto, él sabría dónde estaba y qué estaba haciendo. Lo mejor que podía hacer era asegurarse de que ella no se metiera en problemas… aunque, con una mujer como Agnes, era más fácil decirlo que hacerlo.
—Sin embargo, —dijo, —como dije, de momento no tenemos nada con qué trabajar. Hasta que sepamos la identidad de la víctima o tengamos las huellas dactilares del asesino, estamos estancados.
—¿Qué tal las huellas dactilares de la víctima? —preguntó Agnes. —Si ya estuviera en el sistema por alguna cosa, seguramente descubrirías quién era.
—Sí, Agnes, así es. No obstante, parece que no te diste cuenta que las puntas de los dedos de la víctima habían sido quemadas, dejando muy pocas o nada de huellas, —explicó Alan, con paciencia. —A menos, desde luego, que el Doctor Nichols logre encontrar una pequeña área que se le hubiera escapado al asesino. Pero entonces, incluso si ese es el caso, podría no ser suficiente para establecer la identidad de la víctima. De momento, nuestra mejor apuesta es por los periódicos. Con suerte, una vez que la noticia sobre el cuerpo encontrado en el parque sea publicada, alguien lo reportará como desaparecido.
Justo en ese momento, llegaron al comedor.
—Ahora, Agnes, —continuó Alan, mientras abría la puerta para ella, —¿podemos cambiar de tema, por favor? —Rió. —¿Al menos mientras cenamos?
Agnes sonrió. —Sí, Alan.
Durante la comida, hablaron sobre el viaje a Australia.
—Mi sargento estaba interesado en saber si habías disfrutado tu visita al otro lado del mundo. Pero no pude responderle. No dijiste mucho sobre eso cuando hablamos más temprano, —dijo Alan. —Aunque estoy seguro de que disfrutaste de ver a tu familia de nuevo.
—Sí, fue grandioso volver a verlos.
Agnes continuó hablando sobre las cosas que habían hecho mientras estuvo allá.
—Fue maravilloso, pero es bueno estar de regreso. —Vaciló. —No me malinterpretes… de verdad disfruté mi visita. Es solo que extrañaba estar aquí… en Tyneside.
—¿Qué dijeron de que estuvieras involucrada en una investigación policial? —Continuó Alan. —Estoy seguro de que se sintieron horrorizados de saber lo cerca de estuviste de recibir un disparo en una de las torres del Puente Tyne.
Agnes desvió la mirada por uno segundos, reviviendo el terrible momento, que había ocurrido hacía solo unos pocos meses. Apenas había logrado escapar cuando David Drummond, un ladrón, y un asesino, apuntó la pistola a su cabeza. En ese instante, toda su vida pasó frente a sus ojos.
Pero, súbitamente, apareció un hombre de la nada y le disparó a Drummond un segundo antes de que él presionara el gatillo. Agnes sabía que le debía la vida a ese hombre, aunque todavía no sabía quién era. Había desaparecido tan rápidamente como había llegado.
Se volteó para mirar a Alan.
—No les dije nada sobre eso. No pude hacerlo. Simplemente les dije que había podido suministrarte información sobre los robos en el hotel.
—¿Entonces ese caso no fue reportado en la prensa Australiana?
—Supongo que no, —respondió Agnes, lentamente. —Sabes algo, nunca pensé en eso. —Se encogió de hombros. —Tal vez sí fue publicado, y los chicos no lo vieron.
—¿O tal vez habían leído sobre eso y estaban esperando que lo mencionaras tú primero?
—Tal vez así fue.
Agnes desvió la mirada y Alan pudo ver que ella no quería continuar hablando sobre ese tema.
—¿Se sintieron decepcionados cuando decidiste recortar tu visita? —preguntó Alan, haciendo avanzar la conversación.
—Sí, así fue. Pero regresaré más adelante este año ya que hay un bebé en camino. Seré abuela de nuevo. —Sonrió. —Jason y su esposa tendrán su segundo hijo.
—Sabes una cosa, creo que es la primera vez que mencionas a uno de tus hijos por su nombre.
—¡Cielos! ¿De verdad?
Alan asintió.
—Supongo que siempre me refiero a ellos como mis chicos porque nunca quiero poner a uno antes del otro, —replicó Agnes. —Jason es el mayor. Tiene treinta y dos y su hermano, William, es dos años menor. Sin embargo, la edad nunca ha importado para nada. Siempre se han llevado tan bien que casi podrían ser gemelos.
Conversaron un poco más antes que Alan mirara su reloj. Se estaba haciendo tarde y, aunque sabía que Agnes nunca lo admitiría, debía sentirse verdaderamente cansada.
—Creo que debería marcharme, —dijo.
A Agnes le hubiera encantado decir que no. Pero estaba comenzando a sentirse agotada. No lo había notado mientras conversaban. No obstante, ahora que la noche casi había terminado, sentía la necesidad de irse a la cama.
—Gracias, Alan. Ha sido una velada maravillosa. —Vaciló. —Te extrañé mientras estuve de viaje. Nos llevamos tan bien juntos.
—Y yo también te extrañé mucho, Agnes.
—¿Aunque te vuelva loco con preguntas sobre los casos en los que estás trabajando? —sonrió ella.
—Sí, Agnes… aunque así sea.