1. JUSTICIA DIVINA
Capítulo uno: JUSTICIA DIVINA
Con la postura incómoda de alguien que estuviera disculpándose de antemano por una posible ofensa, el primo de Arturo, Ellian, dejó sobre el elegante escritorio un periódico sensacionalista.
—No seguro de que quisieras verlo... —el joven dudó, pero ya lo había hecho.
Un solo vistazo a la sonriente mujer de cabello blanco que lucía sus curvas orgullosa bajo los estridentes titulares fue suficiente para que Arturo D' Angelo se quedara helado. Era Kiera Steiner, la mujer cuyas mentiras tanto habían contribuido a la destrucción de su matrimonio.
De acuerdo con las noticias de sociedad del día anterior, había llegado aún más bajo, revelando con todo lujo de detalles todo lo que se había atrevido a hacer para conseguir sus cinco minutos de fama. En tan desinhibido relato, la ex modelo de publicaciones para revistas de dudosa reputación confesaba haber inventado la historia de su noche de pasión con el multimillonario italiano Arturo D' Angelo.
—¡Deberías demandarla! —insistió Ellian con la rabia y la poca sofisticación de un recién licenciado en Derecho Penal y Mercantil con ganas de demostrar su potencial.
—Sería un esfuerzo inútil —reflexionó Arturo al mismo tiempo que torcía su amplia y sensual boca en un gesto lleno de sarcasmo. Sabía que no obtendría ningún beneficio arrastrando a los tribunales a aquella zorra descarada y maliciosa. Además, con ella también se iba su propia reputación, arruinada desde hacía ya algún tiempo. No valía la pena, sobre todo porque su divorcio estaba a punto de ser un hecho, puesto que Lucía, su inminente ex esposa, lo había declarado culpable con una rapidez y una falta de confianza que habría dejado perplejo o derrumbado a cualquier marido.
Implacable ante cualquier explicación, Lucía había asumido el papel de víctima y había abandonado el hogar conyugal animada por su amargada y ambiciosa hermana, Kathia. Se había negado a escuchar sus continuas declaraciones de inocencia y había optado por dejarlo, a pesar de estar embarazada del que sería su primer hijo. La misma mujer que lloraba a mares con películas americanas tontas como "Orgullo y Prejuicio" o "Titanic" se había convertido en un fría e impenetrable muro de piedra ante él.
—¿Arturo...? —intentó Ellian recuperar su atención rompiendo un silencio que cualquier otro empleado de Arturo habría reconocido como una señal de aviso.
No sin esfuerzo, Arturo suprimió un gruñido de protesta mientras trataba de recordarse a sí mismo que si un muchacho tan poco cualificado como su primo estaba trabajando para él, era únicamente por caridad. Ellian necesitaba desesperadamente añadir algo de experiencia laboral a su limitadísimo curriculum. Arturo había comprobado que era inteligente, pero poco práctico; audaz, pero con poca inspiración o emprendimiento; y de buenas intenciones, pero sin tacto alguno. Mientras otros levantaban el vuelo, Ellian seguía caminando con lentitud, a veces de un modo frustrante.
—Te debo una disculpa —continuó diciendo el joven, pues se había empeñado en soltar lo que tenía preparado—. Yo no creí que esa Steiner te hubiera tendido una trampa. Todos pensamos que en verdad habías tenido una aventurilla con ella.
Con la confirmación de la poca fe que tenía en él ese sector de la familia, el empresario se tapó los ojos oscuros y tristes.
—Pero nadie te culpó de absolutamente nada —se apresuró a decir su primo—. Lucía simplemente no reunía las condiciones para...
—Te recuerdo que Lucía es la madre de mi hijo —él le detuvo en seco—. No quiero oírte hablar de ella si no es con el respeto que se merece —murmuró con frialdad.
Ellian se sonrojó y se deshizo en disculpas. Consciente de que su primo había acabado con su paciencia con tanta estupidez, Arturo le pidió que lo dejara solo. Se puso en pie y se acercó al imponente ventanal que ofrecía unas espectaculares vistas de Londres, pero su mirada estaba enfocada hacia algo más interno y sus pensamientos eran sin duda más amargos que la actual situación.
Su hijo, Ezzio, estaba creciendo sin él en una modesta casa donde no se hablaba italiano. La ruptura y posterior separación de Lucía había sido de todo excepto civilizada. Arturo había tenido que luchar con uñas y dientes para al menos conseguir ver a su adorado hijo. Todo el mundo lo había culpado de adulterio debido a las sórdidas declaraciones de Kiera Steiner y desde un primer momento, sus abogados le habían dejado bien claro que sería imposible arrebatarle la custodia del niño a una esposa de reputación intachable como Lucía. A Arturo todavía le hervía la sangre al pensar que ella, que había arruinado su matrimonio con su falta de confianza, hubiera obtenido la tutela del pequeño sin esfuerzo alguno.
Era consciente de que en su situación se había convertido para Ezzio en poco más que un visitante ocasional y tenía miedo de que el pequeño se olvidara de él entre visita y visita. ¿Cómo podría un niño tan pequeño recordar a un padre ausente durante un mes? Y desde luego Lucía no estaría dispuesta a hablarle del padre que ella misma le había privado de tener. Ahora al menos se daría cuenta de que no contaba con la autoridad moral que ella misma se había otorgado.
Aquel prometedor cambio le daba fuerzas para continuar y echar a un lado tan inquietantes pensamientos. De pronto sintió una satisfacción poco común en los últimos tiempos, aunque no tardó en considerar la posibilidad de que Lucía no viera la noticia de la confesión de Kiera Steiner. Su esposa era una intelectual que dedicaba poca atención a los asuntos de actualidad y rara vez leía los periódicos.
Sin dudarlo, llamó a su secretaria de manera automática y le dio instrucciones de comprar una nueva copia de la relevante publicación para después mandársela a su todavía esposa, acompañada de una carta ofreciéndole sus respetos.
¿Era cabrón hijo de perra por restregarle la verdad en la cara? No lo creía. Su orgullo herido lo impulsaba a atraer la atención de Lucía sobre la prueba de su inocencia.
Era consciente de que iba a arruinarle el día. Lucía estaba acostumbrada a vivir protegida y una mujer tan ingenua como ella se sentía herida con facilidad. Era de esas personas a las que cualquier problema les quitaba el sueño o la tranquilidad y sin duda, se atormentaría cuando se viera obligada a enfrentarse a la evidencia que demostraba el hecho de que había juzgado mal a su marido.
Quizá la justicia divina estuviera por fin de parte de Arturo, pero nada podría compensarle el sufrimiento.