La sangre de la traición

1192 Palabras
Año 3992. El mundo era un cadáver de lo que alguna vez fue. Tras las guerras nucleares y el gran cataclismo, la Tierra se había convertido en un desierto estéril y el aire en un veneno invisible llamado "miasma corrosivo". Para no desaparecer, la humanidad se vio obligada a una metamorfosis forzada: los genes animales se entrelazaron con los humanos, dando origen a los Beastmen. Hombres y mujeres con la fuerza de los depredadores, la agilidad de los felinos o la resistencia de los reptiles. Pero la evolución tuvo un precio amargo. Las mujeres, cuya biología era más sensible a la radiación, comenzaron a escasear hasta convertirse en el recurso más valioso y disputado del planeta. Así nació el sistema de "Parejas Destinadas": una matriarca, debido a su rareza, podía —y debía— tener varios esposos para asegurar la supervivencia de la especie. — ¡Muerte a la bruja! ¡Que su sangre purifique la tierra que contaminó! —los gritos de la multitud golpeaban los oídos de Penélope como martillazos sobre metal. Penélope Isold levantó la cabeza con una agonía que le nublaba la vista. La sangre corría por su frente, espesa y caliente, pegando sus pestañas. Estaba encadenada en una plataforma de madera astillada, rodeada por una turba que la observaba con un odio ciego, un odio alimentado por mentiras que ella misma había ayudado a construir sin saberlo. — ¡Bruja ruin! ¿Cómo te atreves a intentar asesinar a nuestra salvadora? —una piedra impactó en su hombro, dislocándolo con un chasquido seco. Penélope ya no gritaba. Sus cuerdas vocales estaban desgarradas tras días de interrogatorios y torturas. Sus ojos, sin embargo, buscaron entre la multitud a cuatro figuras que conocía mejor que a su propia vida. Sus esposos. Aquellos hombres a quienes entregó su poder, su cuerpo y sus secretos más íntimos. Allí estaban. Luciendo sus uniformes militares impecables, protegidos por el aura de héroes que ella les había otorgado. A su lado, rodeada por sus brazos protectores, estaba Lunive, su hermana menor. Lunive la observaba con una sonrisa que nadie más veía: una expresión cargada de un triunfo maligno, disfrutando de cada gota de sangre que Penélope derramaba. El líder de los guardias, un hombre con rasgos de oso de mirada gélida golpeó el suelo con su lanza. — Hoy ejecutamos a Penélope Isold. Culpable de alta traición, de intentar asesinar a la hembra pura Lunive, y de sabotear las barreras defensivas para permitir la entrada de los Corroídos a nuestro asentamiento. ¡Por su culpa, cientos de guerreros han muerto! — ¡Miente! —quiso gritar Penélope. Su pecho subía y bajaba con violencia. Pero de su boca solo salió un estertor ronco y sangriento. De pronto, el que ella consideraba su "esposo favorito", se acercó a la plataforma. Su rostro mostraba una tristeza tan perfecta que la multitud sollozó con él. — Por favor... permítanos despedirnos de nuestra esposa antes de que pague su deuda —suplicó con voz quebradiza. Los guardias cedieron. Él se arrodilló frente a Penélope, tomándola del mentón con una brusquedad que le hizo crujir la mandíbula. Cuando sus ojos se encontraron, la máscara de tristeza desapareció, dejando ver un abismo de desprecio. — Deberías estar agradecida, Matriarca —susurró al oído de la mujer, su aliento frío como el hielo—. Tu muerte es nuestra escalera al cielo. Al culparte a ti de nuestros errores, nos convertimos en las víctimas nobles. Gracias a tu "sacrificio", mañana seremos ascendidos a generales. Y muy pronto superaremos a los Cinco Grandes del Consejo. Penélope negó con la cabeza, las lágrimas limpiando surcos en la suciedad de su rostro. — ¿Por qué...? —logró articular entre espasmos. — Porque nunca fuiste nuestra verdadera compañera. Todo fue un teatro. Falsificamos el registro de compatibilidad hace años. Nuestra verdadera pareja siempre fue Lunive, pero ella era débil y tú... tú tenías el poder que necesitábamos para escalar. Ahora que ya no nos sirves, es mejor que seas abono para la tierra. El hombre se puso de pie y, con un gesto teatral, le dio la espalda. Penélope fue arrastrada hacia la guillotina. El frío metal del cepo se cerró sobre su cuello. En ese último segundo de conciencia, vio a lo lejos a una figura rompiendo las filas de seguridad. Era Emris. El quinto esposo, aquel al que ella siempre había ignorado y despreciado, influenciada por las intrigas de los otros cuatro. Él estaba cubierto de heridas, luchando como una bestia salvaje contra diez guardias para llegar a ella. Su rostro estaba desencajado por un dolor tan puro que hizo que el alma de Penélope se encogiera. "Perdón... Emris... fui una estúpida..." ¡CLANG! El peso de la cuchilla cayó. Un frío absoluto la envolvió y todo se volvió n***o. — Penny... Penny, despierta. Vamos, no te hagas la dormida ahora. Un calor suave comenzó a extenderse por sus mejillas. Penélope abrió los ojos de golpe, su corazón latiendo a una velocidad frenética, como si todavía estuviera huyendo de la muerte. No había sangre. No había gritos de ejecución. El aire que llenaba sus pulmones no sabía a óxido y muerte, sino a sándalo y flores frescas. Frente a ella, un joven de unos diecisiocho años la miraba con una mezcla de preocupación y ternura. Era Emris. Pero no el Emris curtido por las guerras que vio morir intentando salvarla, sino un joven de ojos brillantes y piel sin cicatrices. — ¿Emris? —su voz salió clara, aguda, juvenil. Se tocó la garganta con manos temblorosas. No había ninguna marca de la guillotina — ¿Quién más sería? —él sonrió, y esa sonrisa fue como un bálsamo para el alma rota de Penélope—. La tía dice que has estado gritando en sueños. Penny, hoy es el examen de rango. No puedes llegar tarde. Estabas tan emocionada... dijiste que hoy el mundo entero sabría quién es Penélope Isold. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Los recuerdos de su vida pasada se desbloquearon como una inundación. "El examen de dones... tenía diecisiocho años..." En su vida anterior, este fue el día que selló su sentencia de muerte. En este examen, ella descubriría que poseía el Poder de la Luz Rango S, la habilidad de purificación más poderosa de la historia. Penélope se levantó de la cama de un salto, ignorando el mareo, y corrió hacia el espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared. La chica que la miraba tenía el cabello largo y sedoso, ojos de un violeta intenso que aún no conocían la traición, y una vitalidad que le robó el aliento. Tenía diecisiete años. Estaba en el punto de partida. "He vuelto al inicio de la pesadilla", pensó, mientras sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos. "Pero esta vez, no habrá registro falso. Esta vez, no habrá hermana protegida". Un fuego gélido y calculador se encendió en sus pupilas. La Penélope que buscaba el amor de hombres mediocres había muerto bajo la cuchilla. La mujer que estaba de pie ahora era una soberana que regresaba del infierno.
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