El despertar de la Diosa

1339 Palabras
— Iniciare la próxima semana... Esta será la última semana que te acompañe a casa, Penny. Lo siento. Las palabras de Emris sacaron a Penélope de su aturdimiento. Lo observó y sintió que su corazón se detenía por un instante. Aquella sonrisa pequeña y un tanto triste que él le dedicaba era algo que ella había olvidado valorar en su vida pasada. Un nudo se formó en su garganta. Lo había olvidado por completo: en la línea de tiempo original, Emris se marchaba al ejército a la mañana siguiente para un entrenamiento de élite de cuatro años. En aquel entonces, debido a las intrigas de sus "esposos", ella interpretó su partida como un abandono. Cuando se descubrió que ellos eran compañeros destinados dos años después, ella ya estaba tan resentida y manipulada que lo trató como a una basura. Emris era un Rango S: Serpiente de Devoración, un espécimen tan raro y poderoso que el ejército lo reclamó antes que a nadie. Pero ella, cegada por el odio que los otros cuatro sembraron en su corazón, lo despreció hasta el final, incluso cuando él dio su vida para intentar salvarla de la guillotina. Sin poder contenerse, las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Penélope. No era un llanto silencioso; era el sollozo de un alma que cargaba con décadas de arrepentimiento. Emris se detuvo en seco, asustado. En este mundo, hacer llorar a una hembra era casi un crimen social. Los transeúntes, hombres con rasgos de lobo y oso, comenzaron a detenerse y a lanzar miradas fulminantes al joven de cabello blanco. — ¿Qué le pasa a ese chico serpiente? ¿Acaso no respeta la jerarquía? —susurró un hombre mayor. — ¿Deberíamos llamar a la guardia? Está haciendo llorar a una pequeña hembra en plena calle —dijo otro, apretando los puños. Emris, pálido y sin saber qué hacer, empezó a entrar en pánico. — Penny... por favor, debes calmarte. Si los guardias vienen, creerán que te he hecho daño... ¿Sabes cuál es el castigo por herir a una hembra? Penélope lo sabía mejor que nadie. En su vida pasada, ella misma había exigido castigos crueles para otros. Pero ahora, lo único que hizo fue lanzarse a sus brazos y abrazarlo con una fuerza que dejó a Emris sin aliento. El corazón del joven comenzó a latir como un tambor desbocado; sus orejas, de un blanco pálido, se tiñeron de un rojo intenso. — Perdóname, Emris... —sollozó ella contra su pecho—. Esta vez haré las cosas bien. Esta vez te voy a cuidar como es debido. Lo juro por mi vida. Emris no entendía de qué hablaba, pero el calor del cuerpo de Penélope y la sinceridad de sus palabras lo dejaron paralizado. Ella sabía que él se iría mañana. La idea de estar separada de él por cuatro años le quemaba el pecho, pero esta vez, la distancia no sería una brecha, sino su armadura. Penélope se limpió las lágrimas con rudeza. Emris, con una delicadeza que le aceleró el pulso, tomó su rostro y terminó de secar sus mejillas con sus pulgares. Su tacto era cálido, tan diferente al toque gélido y calculador de los hombres que la habían llevado a la muerte. — Vamos, Penny. No llores más —dijo él con dulzura—. Me estás asustando. No tengo nada que perdonarte. Penélope asintió, forzando una sonrisa. Tomó la mano de Emris —notando cómo él se ponía aún más nervioso, con sus orejas de serpiente colapsando por la vergüenza— y lo guio con paso firme hacia el Laboratorio Central. Sin embargo, al llegar a las puertas blindadas del edificio, el ambiente cambió. Frente a ellos, cinco personas bloqueaban el paso. Penélope sintió que la sangre se le congelaba antes de hervir de pura furia. Allí estaba Lunive, su hermana, rodeada por los cuatro hombres que Penélope una vez llamó esposos. Lunive la miró con una arrogancia insoportable, moviendo su cabello n***o con un gesto de superioridad. — Hermana... no sabía que hoy también era tu examen de rango —dijo Lunive, fingiendo una voz dulce que goteaba veneno—. Los instructores han visto mi agilidad superior y han decidido que haga mi prueba hoy mismo. Espero que no te enojes mucho cuando todos vean que eres un simple Rango F y yo posiblemente un A. Una risa colectiva estalló entre los hombres que la rodeaban. Aiden Kellen, el hijo del director del laboratorio y el "favorito" de Penélope en su vida anterior, dio un paso al frente con una mirada de desdén. — Es cierto —se burló Aiden—. Una inútil como tú, ¿qué podría ser? Solo eres una carga. No sirves para más que para limpiar los uniformes de guerreros de verdad. Penélope los observó uno a uno. Ahora lo veía todo claro. Aiden ya había usado la influencia de su padre para manipular los resultados de Lunive. Estaban preparando el escenario para robarle su identidad de Rango S una vez más. — ¿Terminaron? —preguntó Penélope con una voz tan fría que las risas se cortaron en seco. Los machos se tensaron. No esperaban esa reacción. Emris, sintiendo la hostilidad, dio un paso al frente, liberando una pizca de su aura de Rango S. Aunque todavía era joven, su instinto de depredador hizo que los cuatro subordinados de Lunive (que apenas llegaban al Rango B o A) retrocedieran instintivamente. En este mundo, nadie quería problemas con un Rango S de tipo serpiente. — ¿Nos vamos, Emris? —dijo Penélope, ignorando por completo a su hermana. — Sí, Penny. Entraron al laboratorio bajo las miradas de odio de los villanos. Una vez dentro de la cámara de pruebas, Penélope se colocó frente a la piedra de detección. Emris la observaba tras el cristal de seguridad, más nervioso que ella. — Todo saldrá bien, Emris. Ya lo verás —susurró ella, aunque él no podía oírla. Penélope puso su mano sobre la superficie fría de la máquina. Cerró los ojos y, en lugar de intentar contener su poder como hizo la primera vez para no "asustar" a sus pretendientes, liberó cada gota de su esencia. ¡BIP! ¡BIP! ¡BIP! Las alarmas del laboratorio estallaron. Una luz blanca, cegadora y pura, inundó la habitación, atravesando incluso las paredes reforzadas. El brillo era tan intenso que Emris tuvo que cubrirse los ojos. La máquina de medición comenzó a emitir un chirrido metálico hasta que, con un estruendo, la pantalla de cristal se hizo añicos. El científico a cargo cayó de su silla, temblando de emoción. — ¡Dioses! ¡Otro Rango S! ¡Y es una Portadora de la Luz! ¡Estamos bendecidos! La noticia se propagó como la pólvora. Afuera, Lunive y sus hombres palidecieron al ver la luz que emanaba de la sala. El plan de Aiden de registrar a Penélope como Rango F acababa de saltar por los aires frente a docenas de testigos. Penélope salió de la cámara con una calma gélida. Observó al científico, quien ya estaba llamando por radio a los altos mandos. — Señorita Isold... esto es increíble. El Consejo querrá verla de inmediato. Podrá elegir a cualquier esposo, tendrá lujos, sirvientes... Penélope miró a Emris, quien la observaba con un orgullo que le iluminaba el rostro, y luego miró hacia la puerta, donde sus traidores la observaban con una mezcla de codicia y miedo. — No quiero lujos —dijo Penélope con firmeza, su voz resonando en todo el laboratorio—. Quiero unirme al ejército. Y quiero viajar mañana mismo, en el mismo transporte que el recluta Emris, si se me permite. El silencio fue absoluto. Emris abrió la boca, estupefacto. Los villanos se quedaron de piedra. Penélope no iba a esperar cuatro años a que Emris volviera; ella iba a ir al frente de batalla con él, para forjar su propio imperio desde las cenizas. Esta vez, el destino no la alcanzaría. Ella correría más rápido que él.
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