El vuelo de la Portadora de Luz

1401 Palabras
— No puedes hacerlo. Nosotras somos entrenadas en lugares distintos a los del ejército… —la voz de Lunive resonó en el laboratorio, aguda y cargada de una falsa preocupación que a Penélope le revolvió el estómago. Penélope la observó con detenimiento. Notó sus manos apretadas en puños ocultos tras sus mangas y esa expresión siniestra que cruzaba su rostro antes de ser reemplazada por una máscara de dulzura. Era la clara muestra de que a Lunive no le agradaba en nada que el guion de su vida perfecta estuviera cambiando. — Me temo que es verdad, señorita Isold —añadió el científico jefe, ajustándose las gafas con nerviosismo—. Su hermana tiene razón. Las Pandoras de la Luz suelen ser entrenadas en comunidades civiles. Son las encargadas de esperar a los guardias para purificarlos tras las misiones. El ejército... bueno, allí solo entra "lo mejor de lo mejor" en términos de combate. Penélope ya imaginaba que dirían algo similar. En su vida pasada, cuando creyó ser un simple Rango C, aceptó este destino sin rechistar, creyendo que no era "lo suficientemente buena" para el frente. Le habían hecho creer que su lugar era ser una batería estática, una sirvienta de lujo. Pero esta vez, Penélope miró a Emris. El joven serpiente dio un paso al frente, su aura de Rango S intimidando involuntariamente a los presentes. — No tiene que preocuparse, señorita Isold —dijo uno de los guardias del laboratorio, tratando de sonar galante—. Nosotros la trataremos muy bien aquí. Le buscaremos un lugar cómodo... — Usted no lo entiende —interrumpió Penélope, su voz resonando con una autoridad que dejó a todos mudos—. Al ser un Rango S, estoy en plena disposición de entrar al ejército como un Soldado Especial. Muchas mujeres Rango A que son Pandoras lo hacen; entrenan para purificar el miasma directamente en el campo de batalla, salvando miles de vidas en el proceso. Eso es lo que quiero hacer yo. Al ser Rango S, mi deber no es esconderme tras un muro, sino estar donde la corrupción es más fuerte. — ¡No puedes hacerlo! —el grito no vino del científico, sino de Lunive. Su rostro estaba desencajado por una furia que no podía ocultar—. ¡Es una locura! ¡No estamos de acuerdo! — Es cierto, no lo estamos —secundó Aiden Kellen, cruzándose de brazos con una supuesta autoridad marital que Penélope ya no le reconocía—. Una mujer debe ser protegida, no enviada al matadero. ¿Quién te crees que eres para decidir esto sola? Penélope los observó con un desdén tan profundo que Aiden retrocedió un paso, sintiéndose extrañamente pequeño ante la mirada violeta de la joven. — Señorita Isold —intervino el científico, sudando frío—, entiendo su deseo. Hablaré con el líder del Consejo para saber si puede viajar junto al recluta Emris el día de mañana. Su rango es demasiado alto como para ignorar su petición. La esperanza brilló en los ojos de Penélope, pero Lunive no se rendiría tan fácilmente. — ¡Penny no puede ir! ¿Cómo es eso posible? —chilló Lunive, buscando cualquier excusa—. Penny solo tiene diecisiocho años. ¡Debes tener veinte para tener derecho a enlistarte! Es la ley, es imposible... Penélope sintió un deseo terrible de abofetear a su hermana, pero antes de que pudiera hablar, la voz fría y gélida de Emris cortó el aire como una cuchilla. — Claro que puede ir. Es un Rango S —dijo Emris, mirando a Lunive como si no fuera más que una molesta mancha en el suelo—. Los Rango S iniciamos nuestro servicio antes debido a nuestra tasa de crecimiento. De hecho, yo tengo la misma edad que Penny, ¿lo olvidaste? Hice mi prueba hace dos semanas, en mi cumpleaños, y mañana parto. Al ser ella también un Rango S, la ley de excepción la cubre automáticamente. Debería informarse mejor antes de hablar, señorita Isold. La expresión de Lunive pasó del rojo de la furia a un palidez enfermiza. Ver a Emris, el guerrero más prometedor, defender a Penélope con tanto desprecio hacia ella, le hirió el orgullo. En la vida pasada, Lunive siempre había logrado encantar a todos con su "aura envolvente", pero Emris siempre había sido el único muro que no podía escalar. Rápidamente, Lunive cambió de táctica. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas y tomó la mano de Penélope con una calidez fingida. — Hermana... estoy asustada por ti. Temo que algo malo te suceda en ese lugar horrible. ¡Por favor, no vayas! —Lunive apretó sus manos—. Además, piensa en tu futuro... ¿Y si tus futuros compañeros no quieren a una mujer "ruda" del ejército? Los hombres buscan dulzura, buscan a alguien a quien proteger. No quiero que te rechacen, no quiero que sufras por ser diferente. — Es cierto, Penny —añadió Aiden, inflar el pecho con arrogancia—. Piénsalo bien. Yo, por mi parte, jamás querría a una mujer del ejército. Alguien que vaya al frente y esté en contacto con los Corroídos... qué asco. Esas mujeres pierden su feminidad. Mira a Lunive, ella se quedará aquí, cuidará de los soldados desde la seguridad de la barrera. Ella sabe que el lugar de una verdadera matriarca es el hogar, mientras nosotros nos arriesgamos por ellas. Los otros tres hombres tras Aiden asintieron con fervor, como si estuvieran diciendo una verdad absoluta. Penélope no podía creer el descaro. En su vida pasada, estas palabras la habrían hecho dudar, la habrían hecho sentir sucia y avergonzada. Pero ahora, solo veía a cinco idiotas limitados por su propio ego. ¿Acaso creían que las Portadoras de Luz que morían en el frente para que ellos pudieran respirar eran "poca cosa"? Se zafó del agarre de Lunive con un movimiento brusco, lanzándole una mirada cargada de furia eléctrica. Pero antes de que pudiera soltar su lengua, la voz de Emris volvió a resonar, esta vez con una potencia que hizo vibrar los cristales del laboratorio. — ¿Qué tonterías están diciendo? —los ojos verdes y naranja de Emris brillaban con una intensidad peligrosa—. ¿Acaso no saben que las mujeres del ejército son consideradas las más valiosas de toda la nación? Tienen derecho a elegir hasta diez esposos, todos con fuerzas y títulos impresionantes. Los hombres más poderosos del mundo se pelean por una mujer que sea capaz de luchar a su lado. No hay duda de que solo están hablando desde su propio miedo y ego herido. Emris se giró hacia Penélope, su mirada suavizándose solo para ella. — Penny, si quieres ir al ejército, yo te apoyo. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudarte. Seré tu escudo hasta que despiertes por completo tu poder. Penélope le sonrió a Emris con una ternura genuina. Sin duda, él era su verdadera pareja. No importaba si no encontraba a los otros machos en este momento; con Emris a su lado, tenía todo lo que necesitaba para destruir el mundo que la había ejecutado. Ignorando los gritos de protesta de Aiden y las súplicas hipócritas de Lunive, Penélope firmó el registro militar con una caligrafía firme y elegante. Aquella fue su última noche en el asentamiento que había sido su prisión. A la mañana siguiente, mientras el primer sol de la post-guerra teñía el horizonte de un naranja radioactivo, Penélope se encontraba frente al transporte militar. Lunive corrió hacia ella una última vez, con el cabello desordenado y el rostro manchado de lágrimas reales de frustración. — ¡Hermana, por favor! ¡Piénsalo una vez más! ¡No me dejes aquí sola! ¡Piensa en mí! Penélope subió el primer escalón del transporte y miró a su hermana desde arriba, con la misma mirada gélida que la guillotina le había enseñado. — Lo siento, Luni... es una decisión tomada. Deséame buena suerte —dijo con una sonrisa que no prometía nada bueno—. Porque cuando regrese, nada en este lugar volverá a ser igual. El transporte cerró sus puertas y Penélope se sentó al lado de Emris. Mientras el vehículo se alejaba, ella vio por la ventana cómo el pequeño mundo de su vida pasada se hacía minúsculo. El camino hacia la venganza y hacia sus otros cuatro esposos verdaderos acababa de comenzar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR