***Liam*** Salí de rehabilitación con la garganta cerrada, el estómago revuelto y un ramo de flores en la mano. Me sudaban las palmas, y no por la abstinencia —esa la había domado a punta de fuerza, terapia y rabia— sino por algo más jodidamente fuerte: la idea de volver a verla. A mi brujita. Habían pasado semanas desde la última vez que la abracé, desde la última videollamada donde me sonrió con los ojos cansados y me pidió que siguiera fuerte. Me aferré a eso como un náufrago a un puto pedazo de madera. Y ahora, con el alta firmada y una chaqueta limpia que olía a desinfectante, solo tenía un destino en la mente: el restaurante donde trabaja Camila Morales. Ni siquiera avisé. No quise. Quería verla de frente, sin filtros, sin intermediarios. Solo yo y ella. El taxi se detuvo en la

