Sorpresa

2454 Palabras
Nicolas Media hora besándola y la mandíbula se me caerá. La cuestión es que estoy dispuesto a pagar el precio. Más allá de la excitación que su pequeño cuerpo le provoca a mi hombría, es el saber que al fin pude. "AL FIN PUDE" y me siento maravilloso. No sé en qué momento me senté para terminar con ellas a cuestas, pero así estamos. Tampoco sé cómo hice para quitarme el abrigo y colocarlo en su cintura. Pero también pasó y es tan raro e inusual en mí que me asombra. Ella es gentil en dejarme llevar las riendas de la situación, a penas se hace presente ladeando la cabeza de un lado a otro y dejando salir su lengua suavemente para que sea yo quien la tome. Lo hago, milagrosamente lo hago y me siento un idiota. Estuve meses sin dejar siquiera que una mujer me hablara de manera coqueta. Me perdí de esto por estar sufriendo por alguien que no me quiso y recién ahora me doy cuenta de que eso me había quitado la seguridad con el sexo opuesto. No era que no pudiera, más bien era que no me creía suficiente y esta chica de la cual no sé ni el nombre me acaba de mostrar que no perdí nada. Aún puedo ser deseado y mis besos todavía son capaces de robar gemidos. Y qué lindos gemidos... —¿te gusta esto?— no interrumpo el beso para preguntar, pero ella sí. Se aleja a duras penas y me mira con tanta intensidad que me siento tonto en preguntar. —me gustas tú— susurra y aunque no la oí, sus labios hinchados fueron fáciles de leer. Y si, mi ego que pensé perdido se elevó. Tres cuartos de hora y ya se me hace imposible mantener la cordura. Mi instinto me dice que me deje ir, que ella es receptiva a mí y que no se opondrá si quisiera llevarla conmigo a un lugar en donde no haya testigos. Pero mi lado racional, ese que es extremadamente chapado a la antigua, me dice que no merece que le falte el respeto de esa manera. Si bien el alcohol se disipó de mi sistema, ella estaba peor que yo y no sé en qué condiciones estará ahora. En otro momento de mi vida, quizás de no haber conocido a Juli, la hubiese invitado a pasar la noche sin importar si volvería verla. Pero obviamente, quiero volver a verla. **** Emma. Bien... Esto ya es demasiado perturbador. El chico no me toca, ni siquiera bajó la mirada al centro de mis piernas para ver el color de mis bragas y eso que estoy sentada sobre él casi abrazándolo con los muslos. Evidentemente, no es de este planeta. Otro en su lugar ya habría aprovechado no solo para mirarme, sino también para tocarme aprovechando que tengo el trasero cubierto con su abrigo. ¡Encima eso! Cuando lo obligué a sentarse en una de las sillas que tenían de adorno con su amigo y me senté sobre él, no dudó en quitarse la chaqueta de cuero para que nadie viera mi trasero. Pensé que lo hacía con doble intención, para no tener testigos de sus manos sobre mí y no voy a mentir, me sentí ansiosa esperando que lo hiciera, pero hace una hora que nos estamos besando y sus manos no salen de mi espalda y nuca. No estoy acostumbrada al trato respetuoso en estas circunstancias. Los hombres suelen serlo antes de besarme, como una sutileza para llegar a su cometido y una vez que lo logran, se olvidan de la caballerosidad y se convierten en pulpos. Pero él parece que solo quiere hacerse desear y decido que ya lo he dejado llevar las riendas por demasiado tiempo. Ahí viene lo perturbador. Nicolas sigue apareciendo frente a mí en una versión más juvenil. No lleva el traje que utiliza en la oficina. Este viste jeans ajustados que resaltan los músculos de sus piernas, rasgados dándole un toque rebelde y un polo que marca perfectamente las líneas de sus brazos. Si el Nico sombrío que viste siempre de etiqueta me hace alucinar, no se imaginan lo que este espécimen sudoroso, risueño y con aretes me provoca. Cada vez que abro los ojos, es a él a quien beso y no sé si este chico es un experto besador o si me gusta tanto porque mi cerebro cree que en verdad es el hijo de mi jefe. Pero es estúpido ese pensamiento. El idiota no aparenta de los que son tan respetuosos. Me he imaginado muchas veces con el estómago sobre su escritorio, el culo al aire y él detrás de mí dándome azotes. Es malo juzgar, pero su actitud hace que uno imagine cosas. Y a mí me encanta imaginar. Entonces, empujo la pelvis en su dirección y me gusta lo que encuentro. Está durísimo bajo sus jeans. —lo siento— dice asombrado. La más asombrada soy yo. ¿Me pide perdón por excitarse? Lo más extraño de todo es que está caliente, literalmente podría traspasar la tela de su ropa solo con la dureza de su polla, hasta podría apostar que le duele y no intenta hacer nada con eso. Cómo si no le interesara. —está bien— le aclaro para así evitar que se aleje. Y es que se ve tan inocente que pienso que saldrá corriendo en algún momento. Lo beso un poco más, solamente para comprobar que todavía estamos en sincronía. Mi lengua ya no es perezosa como antes, se hunde dentro de su boca y masajea la suya con voracidad. Él corresponde satisfactoriamente metiendo presión en mi nuca. Para este momento yo también estoy más que caliente y necesito un poco de estimulación extra. La cuestión es que no sé cómo hablarle y opto por dejar que mi lado calenturiento se haga cargo. Arrastro la pelvis nuevamente a la suya, él gime y está vez no se disculpa. —puedo ayudarte con eso— le susurro y no me gusta su reacción. Su cuerpo se tensa y corta el beso para mirar a los lados. Parece que busca una excusa para huir de mí y me siento terriblemente ofendida. —¿A qué se debe tanta resistencia? ¿No me deseas?— quiero saber. Necesito conocer sus motivos y sentirme menos acosadora. Pega su frente a la mía y suelta el aire como si se estuviera lamentando de su vida. —sí, quiero. Claro que te deseo— confiesa a ojos cerrados. Mi ego sube un poco. —pero hace mucho que no hago esto. Bien... Mi mente máquina miles de posibilidades. Bien podría ser un criminal que estuvo los últimos años encerrado sin goce de visitas higiénicas o un mentiroso espectacular. Pero lo indiscutible es que le creo. Y lo sé, no lo conozco y bien podría haber un adefesio detrás de la visión sexi de Nicolas. Pero nada me importa. Porque ya me tiene comiendo de su mano y aunque parezca tonto, siento que lo conozco de toda la vida. Me gusta su trato, su gentileza, caballerosidad y sus brazos que me hacen sentir un diamante precioso. Eso sin contar con que besa como los mismísimos dioses y no me importaría acostarme con él solo para darle placer, así yo no sienta nada. Nos quedamos en silencio. Puedo notar lo avergonzado que está por lo que cruzo ambos brazos en su cuello y lo abrazo para demostrarle que no me importa. Si bien, me encanta el sexo y esperaba encontrar algo de acción de hoy, no contaba con que encontraría algo mucho más satisfactorio. Su compañía que ahora pretendo conservar. Y me pregunto si no es eso lo que mi cuerpo y mi mente necesitaban para volver a trabajar juntos. —no tienes de qué avergonzarte— susurro en su oído. La mano que él tenía detrás de mí, sube por mi espalda y presiona debajo de mi cuello para pegarme más a él como si aquel abrazo en verdad lo reconfortara. Literalmente siento que lo estoy consolando de algo. —eres adorable— dice besando mi mejilla. Sonrío porque en la vida nadie me ha llamado así. —dame tu teléfono— pido y me gusta cuando me alejo porque lo veo más animado. —te quiero dar mi número. Sonríe y no duda en sacarlo de su bolsillo para entregarlo. "Adorable para ti" escribo como contacto y se lo entrego. Dejando el momento a un lado, lo invito a bailar. Es la primera vez que estamos juntos como para hacer las cosas tan íntimas y es muy irónico, ya que podría tener sexo con un desconocido, pero jamás hacer de pañuelo. Pero con él lo hice y fue... Lindo. Bailamos descoordinados de la canción. Solo nos mecemos a los lados y no faltan los besos. Es él quien se inclina un poco o soy yo quien se para de puntillas. Lo cierto, es que se siente como si ninguno pudiera mantener la boca alejada del otro. Lo sorprendente de todo esto, es que sin darnos cuenta habíamos estado toda la noche juntos. Literalmente desde que me animé a besarlo, se nos hizo imposible separar el cuerpo del otro y quizás sea el destino o mi hada madrina que se acordó que existo. Sea cual fuera la razón, agradezco porque no recuerdo cuando me sentí tan cómoda con alguien. Entonces, cuando me encontraba delirando con un mundo de fantasías en dónde había encontrado a mi príncipe azul. Lia se me acerca para romper la burbuja de dulzura que nos cubría al chico y a mí. —¿Terminaron, tortolitos? Trago duro. Los ojos puestos en mi amiga que trae esa sonrisa estúpida que conozco a la perfección. Luego miro al chico que también la observa con extraña curiosidad. Lo suelto. No quería parecer grosera, pero literalmente lo empujé lejos de mí y encaré a Lia. —¿Qué dijiste?— exijo saber. Me siento burlada. Utilizada para sus fines estúpidos. —bien que te gustó— se burla como si en verdad esto fuera gracioso. Puedo notar que está borracha y el alcohol en mí se disipó hace horas. Entonces la ignoro y encaro al chico, aunque por dentro me siento una estúpida al no haberme dado cuenta. Y es que en verdad, la estaba pasando tan bien que mi mente decidió ignorar la realidad. Este luce confundido. Hasta dolido por mí accionar de segundos atrás. —tú, ¿Cómo te llamas? Frunce el ceño. Mi corazón late como desquiciado esperando su respuesta. —Nicolas, ¿Y tú? Maldita sea... —¿Nicolas paz?— vuelvo a preguntar con tanto miedo que él tiene que acercarse. Quizás con miedo a que me dé algo y caiga de bruces en el suelo. —¿Ya nos conocíamos? Quiero morir. Está dejando en evidencia que no tiene idea de quién soy. ¿A caso le pasó lo mismo que a mí? ¿O será que es tan idiota que no me reconoció solo porque me solté el cabello? Respiró hondo. Quiero llorar y me rehúso a hacerlo frente a él. Mis amigas me han apuñalado en la espalda de una manera tan horrible, que siento que jamás podría perdonarles. —espera, no te vayas así— él me suplica con un tono tan desesperado que siento mi corazón aplastarse. Ni siquiera noté que estoy a mitad de las escaleras y que las chicas también corren en mi dirección manteniendo una distancia prudente del rubio y de mí. —¿Hice algo mal? —eres un idiota, Nicolas— suelto con bronca. Pero es que en verdad, no puedo creer que lo pasó. —y yo una mujer estúpida. —pero...— su mano se aferra a mi antebrazo. Sus ojos giran rebuscando las palabras y la ansiedad a lo que va a suceder me hace doler el pecho. —por favor, necesito saber lo que está sucediendo. Respiro hondo. Sacudo el brazo buscando que me suelte y cuando lo logro, me paro frente a él para encararlo. —mírame y dime qué ves. Sonríe y lo odio más por eso. —veo a la chica más adorable de este lugar. No lo resisto. —soy Emma. Se queda un momento en silencio. Cómo si no reconociera mi nombre. Ahora que tengo la seguridad de que es él, no me sorprendería que no me registre. Pero de la nada, sus ojos que antes me miraban con curiosidad, ahora se tornan más pequeños y su expresión cambia a una de susto. —¿Emma? ¿Kan? Asiento y su rostro se consterna. No puedo con esto. No quiero verlo vomitar en frente de mí. Giro sobre mis talones y continuo bajando ahora que tengo la seguridad de que no me seguirá. Llego al estacionamiento en dónde había dejado el mini Cooper. Tengo un conductor de confianza que lo maneja por mí cuando salgo a beber. Pero no lo llamo, la urgencia de salir de aquí es más fuerte que el mismísimo miedo a la muerte. —¡Emy, espera! Gritos. No me detengo. Son mis amigas las traidoras y en este momento son las últimas a las que quiero ver. —No exageres, solo te hice un favor. Entonces dejo la mano apoyada en la puerta abierta del auto y volteo con violencia. Encaro a Lia, quien acaba de asumir la responsabilidad de todo. Está riendo como si esto fuera gracioso sin ser consciente que me siento destrozada. Quiero golpearla, por dios que me muero por hundir mi puño en su boca ebria. Pero lo único que mi cuerpo hace es llorar y tengo que utilizar las manos para taparme. —¿Emma, porque lloras? Porque me gustó. Porque ahora que sé que siempre se trató de Nicolas, confirmé lo que mi cordura me venía negando ver hace tiempo. Lo amo, y duele saber que él no se siente igual y que seguramente el lunes pedirá mi renuncia para no tener que volver a ver a mi rostro. Lia intenta abrazarme. Ya no ríe, pero tampoco dice nada. —eres una tonta, Lia— le reprocho. —perdón, no sabía que te pondrías así— por fin se disculpa, aunque eso no cambia nada. —váyanse a la mierda las dos. La quito de mi lado y subo al auto. Se quedan ahí gritando para que no me vaya. Sofía intenta abrir la puerta del acompañante, pero no lo logra y golpea el vidrio de la ventana pidiendo para que le abra. Ahora, lo único que quiero es estar sola. Pensar en como mierda haré para ver a Nicolas el lunes y como me salvaré de esto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR