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CÁSATE CONMIGO

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Descripción

Damián Sokolov es todo lo que una mujer inteligente debería evitar: volátil, narcisista, indomable. A los doce años ya era un prodigio de la programación, y ahora, dueño de un imperio tecnológico, se ha convertido en el rey indiscutible de un mundo de poder, dinero y placeres sin límites. Ruso de sangre ardiente y carácter explosivo, Damián seduce y abandona sin mirar atrás, porque para él, las mujeres son solo otro juego que siempre gana. Valentina Montclair es su completo opuesto: psiquiatra brillante, meticulosa hasta el extremo, con una vida perfectamente planificada donde no hay espacio para el caos. Casada con su carrera y dedicada a descifrar las mentes más complejas, Valentina cree tener todo bajo control... hasta que el destino la pone en el camino de Damián. Lo que comienza como un encuentro fortuito se convierte en una obsesión peligrosa. Damián ve en la aparente inocencia de Valentina un desafío irresistible: corromperla se vuelve su nueva adicción. Pero mientras él juega a ser el depredador, Valentina despierta algo en él que no sabía que existía, algo que podría destruir las murallas que ha construido alrededor de su corazón. Secretos del pasado emergerán. Verdades dolorosas saldrán a la luz. Y cuando todo se revele, tendrán que decidir si su conexión es lo suficientemente fuerte para sobrevivir a las mentiras... o si algunos pecados nunca pueden ser perdonados. Una historia de pasión tóxica, redención imposible y un amor que podría salvarlo todo... o destruirlos para siempre.

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PRÓLOGO
Ocho años atrás - Nueva York El mármol frío del suelo de la iglesia reflejaba las luces doradas de los candelabros, creando un ambiente que debería haber sido mágico. Debería haber sido perfecto. Pero Damián Sokolov caminaba de un lado a otro en la sacristía como un león enjaulado, su traje de diseñador arrugándose con cada movimiento errático que hacía. —¿Puedes dejar de caminar como si estuvieras en una celda? Me estás mareando —murmuró Nina desde la esquina, recargada contra la pared con una elegancia natural que solo ella poseía. Su cabello n***o lacio caía como una cortina de seda sobre su vestido n***o, porque por supuesto, Nina había elegido n***o para una boda. Era su color. Damián se detuvo abruptamente y la miró. Nina D’Angelo era la única persona en el mundo que podía hablarle así sin consecuencias. Era como mirarse en un espejo distorsionado: la misma frialdad, la misma intensidad, el mismo desprecio por las convenciones sociales. Pero donde él era fuego, ella era hielo. Donde él explotaba, ella cortaba con precisión quirúrgica. —No puedo hacer esto —susurró él, pasándose las manos por el cabello perfectamente peinado, destruyendo horas de trabajo del estilista. —¿En serio? —Nina arqueó una ceja, su voz goteando sarcasmo—. ¿Damián Sokolov, el hombre que construyó un imperio antes de los treinta, que nunca retrocede ante nada, tiene miedo de casarse? —No es miedo —gruñó él, pero su voz traicionaba la mentira. —¿Entonces qué es? Silencio. Un silencio que se extendía como una herida abierta entre ellos. Porque Damián no tenía respuesta. O tal vez la tenía, pero no quería enfrentarla. Afuera, los invitados llenaban cada banco de la imponente catedral gótica. Trescientas personas esperando presenciar la unión del magnate tecnológico más joven y despiadado del país con Zoe Hamilton, la dulce heredera que había logrado lo imposible: domesticar al indomable Damián Sokolov. O eso creían todos. La verdad era mucho más complicada. La verdad era que Zoe estaba embarazada, y Damián había hecho lo que se esperaba de un caballero. Lo correcto. Lo honorable. ¿Pero desde cuándo Damián Sokolov hacía lo correcto? —Ella te necesita —dijo Nina, pero había algo extraño en su voz. Algo que Damián no pudo identificar. —Lo sé —respondió él, y esas dos palabras cargaron todo el peso del mundo. —Y el bebé... —También lo sé. Nina se empujó de la pared y caminó hacia él con pasos silenciosos, felinos. Se detuvieron cara a cara, dos depredadores reconociendo al otro. —¿Estas seguro? —preguntó, y por primera vez en años, su voz no tenía ni un rastro de burla. La pregunta cayó como una bomba en el silencio de la sacristía. Damián cerró los ojos, y por un momento, Nina pudo ver al hombre detrás de la máscara. Vulnerable. Perdido. Aterrorizado. —No lo sé —admitió finalmente—. Y eso es lo que me está matando. Afuera, las primeras notas del órgano comenzaron a sonar. La marcha nupcial. El momento había llegado. Damián abrió los ojos, y Nina vio cómo la vulnerabilidad desaparecía, reemplazada por esa fría determinación que lo había llevado a la cima del mundo empresarial. —Tengo que irme —dijo él. —Dan... —Nina lo detuvo con una mano en su brazo—. Sea lo que sea que hagas ahí afuera, asegúrate de poder vivir con eso. Él la miró por un momento que se sintió como una eternidad. Luego asintió y salió de la sacristía. Nina se quedó sola, escuchando los pasos de su mejor amigo alejándose hacia el altar. Hacia Zoe. Hacia un futuro que ella sabía, con una certeza que la aterrorizaba, estaba destinado a la destrucción. Porque Nina conocía a Damián mejor que nadie. Conocía sus demonios, sus obsesiones, su incapacidad de amar a medias. Y sabía que un hombre como él no podía fingir para siempre. El órgano sonaba más fuerte ahora, llenando cada rincón de la catedral. Trescientas personas se ponían de pie. Zoe, radiante en su vestido de encaje, comenzaba su caminata hacia el altar donde Damián la esperaba. Pero Nina, observando desde las sombras, vio lo que nadie más vio. Vio el momento exacto en que Damián se rompió. Lo vio alzar la mano. Lo vio detener la música. Lo vio destruir todo en una sola frase: "Lo siento, no puedo hacer esto." Y mientras el mundo de Zoe se desmoronaba en tiempo real, mientras los gritos y el caos llenaban la catedral, Nina supo que acababa de presenciar el momento que cambiaría todo. Pero el drama no había terminado. Zoe, con su vestido de novia manchado de lágrimas, se abrió paso entre la multitud de invitados hasta llegar al altar donde Damián permanecía inmóvil, como una estatua de mármol. —Lo prometiste —su voz se quebró, apenas un susurro que resonó en la catedral como un grito—. Damián, no hagas esto. Él la miró, y por un momento, Nina vio algo parecido al arrepentimiento cruzar su rostro. Pero conocía a Damián. Una vez que tomaba una decisión, no había vuelta atrás. —Esto es una farsa, lo sabes, no hay amor suficiente para mentirte el resto de nuestras vidas —respondió con una honestidad brutal que cortó el aire como un cuchillo. Zoe retrocedió como si la hubiera golpeado físicamente. Sus manos fueron instintivamente a su vientre, donde crecía el bebé que había sido la razón de todo esto. —¿Y mi hijo? ¿Qué hay de él, Damián? —Seré el mejor padre que pueda ser —dijo él, y por primera vez su voz tembló ligeramente—. Pero no puedo ser tu esposo. No así. No mintiendo. —¡Te odio! —gritó Zoe, las lágrimas cayendo libremente por sus mejillas—. ¡Te odio con cada fibra de mi ser! ¡Ojalá nunca te hubiera conocido! Las palabras resonaron en la catedral como una maldición. Los invitados observaban en silencio sepulcral, algunos grabando con sus teléfonos, otros simplemente petrificados por el drama que se desarrollaba ante sus ojos. Damián no respondió. ¿Qué podía decir? Que él también se odiaba en ese momento. Que cada instinto le gritaba que corriera, que huyera de esa iglesia y nunca mirara atrás. El padre de Zoe, Edmund Hamilton, se acercó con el rostro desencajado por la ira y la humillación. —Esto no se quedará así, Sokolov —siseó entre dientes—. Mi hija, mi nieto... les debes más que esto. —Lo sé —Damián asintió—. Y pagaré las consecuencias de mis actos. —Maldito seas —murmuró Edmund, tomando a su hija sollozante entre sus brazos—. Maldito seas por toda la eternidad. Fue entonces cuando Nina actuó. Moviéndose con la gracia letal de una pantera, se materializó al lado de Damián como si hubiera salido de las sombras mismas. Su presencia cambió toda la dinámica de la habitación. Incluso en medio del caos, la gente se apartaba instintivamente de ella. —Ya fue suficiente espectáculo por hoy —anunció con voz fría como el hielo, dirigiéndose a la multitud—. El entretenimiento ha terminado. —Nina, no tienes por qué... —comenzó Damián. —Cállate —le ordenó sin mirarlo siquiera—. Has hecho suficiente daño por un día. Se dirigió hacia Edmund Hamilton, quien la miraba con una mezcla de desprecio y cautela. Nina tenía esa reputación en su círculo social: hermosa, inteligente, y absolutamente despiadada cuando era necesario. —Señor Hamilton —dijo con una cortesía helada—, lamento profundamente lo que ha ocurrido aquí. Pero si me permite sugerir, sería mejor que se llevaran a Zoe a casa. Los medios ya están afuera. Edmund miró hacia las ventanas de la catedral, donde efectivamente se veían los flashes de las cámaras. —Esto será un escándalo —murmuró. —Solo si lo permitimos —respondió Nina—. Yo me encargaré de controlar la situación. Ustedes cuiden de Zoe. Tomó a Damián del brazo con más fuerza de la necesaria, sus uñas clavándose en la tela de su traje. —Nos vamos. Ahora. —Nina... —He dicho que nos vamos —repitió, su voz cargada de una amenaza silenciosa. Mientras se dirigían hacia la salida lateral de la catedral, evitando a los reporteros que ya se agolpaban en la entrada principal, Nina murmuró entre dientes: —Espero que sepas lo que acabas de hacer. Damián la miró de reojo. En sus ojos ya no quedaba rastro de vulnerabilidad. Solo una frialdad glacial que Nina conocía muy bien. Era la máscara que se ponía cuando el mundo se volvía demasiado real, demasiado complicado. —Hice lo que tenía que hacer —respondió. —¿En serio? Porque desde donde yo estoy parada, parece que acabas de destruir tres vidas de un solo golpe. Salieron por la puerta lateral hacia el callejón donde Nina tenía su coche esperando. El conductor, acostumbrado a las extrañas peticiones de su empleadora, no hizo ninguna pregunta cuando vio a Damián subir al asiento trasero aún vestido de novio. —A mi apartamento —ordenó Nina—. Y toma la ruta más larga. Mientras el coche se alejaba de la catedral, Damián se quitó la corbata y la lanzó al suelo del vehículo. Su reflejo en la ventana le devolvía la mirada de un extraño. Un hombre que acababa de cometer el pecado imperdonable de romper una promesa en el altar de Dios. —¿Crees que me perdonará algún día? —preguntó en voz baja. Nina lo miró, y por primera vez en toda la tarde, su máscara de frialdad se resquebrajó ligeramente. —No lo sé —admitió—. Pero la pregunta real es: ¿podrás perdonarte tú a ti mismo? Damián no respondió. Porque ambos sabían la respuesta. No. Nunca podría. Y esa culpa, esa carga, lo perseguiría hasta convertirlo en el hombre que sería años después: exitoso, poderoso, implacable... y completamente incapaz de amar. Porque algunas heridas nunca sanan. Y algunos pecados nunca se perdonan. Especialmente cuando terminan en tragedia. El coche se perdió en el tráfico de Nueva York, llevándose consigo al hombre que Damián había sido, y dejando atrás al monstruo en el que se convertiría.

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