El día transcurre con normalidad, aunque he tenido una migraña de mierda esta mañana, estoy en la cocina y busco desesperadamente un vaso de agua para tomar una píldora para calmar el dolor. — Ya llegó la alegría de la casa-grita alguien mientras me sirvo el agua. Aunque odio su voz, en serio, la odio con todo mi ser, indiscutiblemente. Santiago ve mi cara de desagrado y se apresura a dejar las bolsas que traía en la mano sobre la encimera. — ¿Pasa algo, muñeca? -pregunta muy tranquilamente como un angelito. — Tu voz-me quejo- hace que quiera tirarme por la ventana ahora mismo. — Oh… la migraña de la discordia-entiende perfectamente y se queda callado un momento mientras ve que quiero llevarme una píldora a la boca- no, no, no tomes esa, solo hará que te duermas y o

