—Sería tan sencillo tomar el mismo camino que mi hermano y utilizar un bebé para atar a la mujer que amo —su aliento acaricio mi cuello—. Eso nos evitaría este tipo de problemas, Anastasia. No sabía en qué momento ni cómo había pasado, pero de repente me había dado la vuelta y empujado contra la misma mesa donde antes estuve con su madre. Las bonitas tazas habían caído al piso, estrellándose en cientos de trozos de porcelana, y ahora yo estaba en ella, boca abajo, y él estaba justo detrás de mí. —¡Estás demente! —le grité, tratando de verlo sobre el hombro y forcejeando para levantarme—. Sí algún empleado viene... Su mano derecha presionó mis caderas, mientras la otra se ajustaba a mi cuello y me forzaba a permanecer sobre esa mesa. —¿Temes ver a alguien aparecer? —me besó el lóbu

