Apenas tuve tiempo de dar un paso atrás. Dorian vino a nosotras en rápidos y largos pasos, empujando fuera de su camino a quiénes se habían acercado a ver mejor el escándalo. Y, apenas llegó, tomó a su madre del brazo y la hizo retroceder. Se paró entre ella y yo, con una postura casi defensiva. —¿Quién crees que eres para meterte a mi casa sin mi permiso y llevarte a mi esposa? —la pregunta fue severa, a la par de su respiración contenida—. ¡¿Qué derecho piensas que posees, Agatha?! Esa era la primera vez que oía su nombre, y nunca de la boca de Dorian, menos con ese tono irritable. La mujer, entre molesta, nerviosa y asustada, miró a nuestro alrededor, notando como ahora todas las otras mesas hablaban y nos miraban. Se aclaró la garganta. —Dorian, no pretendía nada. Solo le i

