“Es un trastorno, Ann”. “Me fue diagnosticado hace algunos años”. “Trastorno obsesivo compulsivo, lo llaman los psicólogos”. “No es una condición preocupante”. Todo eso salió de la boca de Dorian Baudelaire sin esfuerzo, sin que tuviese que pelear con él para arrancarle la verdad. Simplemente me lo dijo con una sonrisa tranquila, que no guardaba nada turbio ni extraño. Después de esa tarde en la bañera, ya no lo mencionamos. Y para probarme que podía confiar en él y que esa casa no estaba hecha para recluirme, como me había advertido su prometida, Dorian registró mi huella en todas las puertas digitalizadas de la mansión y empezó a llevarme con él a todas partes. Íbamos a conciertos, compraba los asientos caros y privados. Salíamos al cine, aunque lo mantuviera cerrado solo para noso

