Al menos ahora conozco una forma de hacerlo enojar. Comimos en silencio, aunque me tenía incómoda el hecho de que tan pronto terminó, puso los codos sobre la mesa y descansó la cabeza en sus nudillos, mirándome fijamente con una expresión muy tonta e irritante en su rostro. —¿Qué hay con esa estúpida sonrisa? ¿No tienes otro lugar a dónde mirar? —No — respondió automáticamente, como si hubiera sabido que le preguntaría—. ¿Hay algo malo en admirar a mi bella esposa? —Deja de usar ese término. En la oportunidad que tenga, pienso destruir esos dichosos papeles. —Podrás desaparecer el certificado, matar al juez, hacer una pataleta y halarte las greñas de la rabia, pero nada te hará borrar lo que pasamos y lo que sientes por mí, mamacita. Por más que trates de mentirte a ti misma y ocultar

