Anoche no me sentía tan jodida como hoy. La habitación estaba hecha un desastre. En especial, condones por doquier. No recuerdo que hayamos usado tantos, ¿o sí? Mi cabeza estaba hecha un lío también. Ese perro se aprovechó de mí, pero no sabe lo que le espera. Cuando me sienta un poco mejor, pienso cobrarle con creces lo que me hizo. Se suponía que despertaría antes que él, pero ese infeliz no estaba en la habitación. No sé hasta qué horas estuvimos cogiendo, pero ya mi cuerpo no podía más del cansancio. Incluso ahora todavía tengo las piernas con calambres.
Entré al baño y me miré en el espejo. Pareciera que estuve involucrada en una pelea. Moretones y mordidas por todas partes. Que maldito mal humor que traigo. Ese cerdo no desaprovechó el momento. Primero trata de matarme. Después me droga. Incluso me obligó a casarme con él y me humilló de la peor manera. Si tanto desea morirse, se lo pienso cumplir hoy mismo.
Noté que a un lado de la ducha y entre dos velas rojas, había una pequeña foto mía. En ella tenía mi nombre escrito por detrás en letras rojas. La tomé en mis manos y negué con la cabeza. Este tiempo está bien demente. Su obsesión en cierto modo es inquietante. ¿Es necesario acudir a estas cosas?
Me di una ducha con agua bien caliente pensando que eso aliviaría el dolor que tengo en todo el cuerpo. Toda la habitación huele a ese cerdo. Hasta la mendiga toalla. Me cubrí con una bata que había en el baño. Cualquiera diría que alguien le vació el perfume encima.
Salí en busca de ese desgraciado y me topé con él pasillo. Teníamos la misma bata puesta y lo maldije mil veces.
—¿Cómo amaneció mi señora? Mira nada más que chula. ¿Te levantaste en ánimo de combinar con tu marido?
—¿Tú señora? Creo que todavía estás en un viaje muy potente. Deja de consumir tanta coca que ya te está afectando el cerebro.
—¿Acaso olvidaste nuestra luna de miel, mamacita? — se bajó la bata por el área de la espalda y me di cuenta de las marcas de mis uñas y lo ensangrentada que estaba—. Mira nada más cómo me dejaste la espalda, hasta las nachas me las maltrataste anoche.
Joder, es cierto. Me dejé llevar por la calentura y los efectos de esa droga, que yo misma terminé consumando el matrimonio. Soy tan estúpida que no había pensando en ese detalle. He caído en su juego fácilmente y todo por calenturienta.
Llevé mi mano a la frente por el leve mareo que tuve.
—¿A poco ya estás teniendo los primeros síntomas, mi Sarita?
—Me drogaste, menudo cabrón. Esta vez no te la pienso pasar.
—Hagamos el amor y no la guerra. Eres mi señora y debes tratarme con amor.
—Con amor mis ovarios.
—¿Para qué te miento? Me gusta que me trates mal — rio de esa misma manera burlesca de siempre.
—¿Por qué estamos en movimiento? ¿Dónde estamos o hacia dónde vamos?
—Te tengo una sorpresita que te va a encantar, pero primero debes recobrar las energías que anoche perdiste. Debes velar por tu salud y cuidarte.
Lo seguí a la zona de la mesa del comedor y me senté distante suyo. Tal pareciera que había preparado todo de antemano, pues ya el desayuno estaba servido. Casi todo lo que había en la mesa tenía alguna fruta envuelta. ¿Le parece que si tengo este cuerpo es por comer saludable?
—El primer desayuno que tendremos como marido y mujer.
—Y el último.
—Para el próximo habrá alguien más acompañándonos — sonrió ladeado, antes de hacerme un guiño.
—¿De quién hablamos?
—No me prestes atención, ya sabes que estoy loco.
Examiné todo lo que tenía en el plato y no sabía si debía arriesgarme de nuevo. Muero de hambre, pero no sé los planes de este canalla.
—¿No vas a desayunar?
Lo miré con desconfianza y sonrió.
—¿Me crees capaz de envenenar a mi mujer? ¿Cómo puedes pensar algo así de tu hombre?
—Lo dice quien me drogó anoche para aprovecharse de mí.
—Permíteme informarte que lo que te di, no fue lo que provocó que me saltaras encima. Eso solo fue parte de ti, mi Sarita. Lo ardiente lo llevas en la sangre, mamacita. Yo solo te di el amor que tan desesperadamente buscabas.
Este tipo me irrita más de lo que pueda describirlo.
—¿Me darás una explicación con respecto a todas esas velas que hay en cada parte de la habitación y las fotos que tienes mías?
Hizo silencio, sin dejar de mirarme.
—¿No sientes vergüenza? ¿No puedes conseguir las cosas por tus propios medios y debes acudir a esas pendejadas?
—Respeta mis creencias, Sarita— mis preguntas parecieron disgustarle, pude notarlo en su mirada—. Come tranquila, mi bizcochito rico. El día que tenga que tomar una decisión extrema, te prometo que no será tan simple.