CONEXIÓN

1794 Palabras
Levanté el traje, luego subí mi cuerpo hasta quedar a la altura de su rostro y me senté sobre el. Su barba me hacía cosquillas en esa zona, pero no más que su lengua. —Ay, Leoncito. No sabes con quién te has metido, cabroncito — reí maliciosa, entrelazando mi mano en su cabello para que no pudiera tomar ni un respiro. Que bien se siente poder callarlo y frotar mi v****a en su boca. —Ese es el uso que le debes dar a tu boca. Para lo único que sirven los hombres como tú, es para satisfacer a mujeres como yo— frotaba bruscamente mi v****a en su rostro, pero el muy cabrón tomaba el ritmo muy rápido. Es una escoria, una rata de mierda, pero que buenas chupadas y lamidas da. De las cosas que me estaba perdiendo al estar con aquel imbécil. Cualquiera podía hacerlo mejor. Desperdicié mucho tiempo de mi vida, con alguien que ni sabía darme placer con su boca, solo endulzarme el oído. Por más tiempo que duré sobre él, seguía haciéndolo al mismo ritmo, no parecía cansarse. Parece que es un especimen poco común. Otro en su lugar, haría lo que fuera por aligerar las cosas y pasar a la siguiente fase. Pero este condenado ha tomado su tiempo. Mi interior se está contrayendo y palpitando mucho. La estimulación que he tenido por esa lengua tan fantástica es demasiado. No pensé que podría sentirme tan caliente con un hombre como este. Me ha sorprendido este maldito. No dejé de moverme hasta que mis espasmos se volvieron recurrentes y la presión de mi orgasmo hizo temblar hasta mis piernas. Mis ojos se viraron como el exorcista debido a esa corriente que persistía y se agudizaba al contacto de su lengua en mi clítoris. —No eres de este planeta — traté de normalizar mi respiración y controlar los jadeos—. Solo por el buen trabajo que me hiciste, y por mi propio placer, te daré un oral que nunca olvidarás. Me puse del lado contrario y contemplé por fin ese paquete tan tentador que había visto previamente, pero esta vez sin nada que pudiera ocultarlo de mí. Hasta se me hizo agua la boca. Podía fácilmente apretarlo entre mis dos manos y aun así su cabeza sobresalía de ellas. Humedezco su pene con mi saliva y la esparzo con ayuda de mi mano. Se siente tan duro, es grande y venoso. Mi lengua probó por fin el sabor de esos fluidos que brotaban de la punta. Lamía los alrededores, hasta alcanzar sus testículos y chuparlos con ligereza. Miraba de reojo sus expresiones, la manera en que mordía sus labios. Dejé mi lengua afuera y ocupé mi boca, con ansias de devorar todo a mi paso. Sus palpitaciones podía percibirlas en mi lengua entre más lo adentraba en mi boca. Acaparé cada centímetro que pude y le permití explorar lo más profundo de mi garganta, mientras masajeaba sus testículos. Cubrí todas las bases y elaboré con éxito y sutileza cada técnica que le realicé con mi boca. Por último succioné la punta de su pene y lo miré a los ojos. Todos los hombres tienden a mirarte como unos pendejos en ese sublime momento. No puedo negarlo, su expresión fue una de las más que he disfrutado. Me puse de rodillas en la cama para quitarme esa basura de traje. Quería sentirme cómoda. —Dime que tienes condones o de aquí no pasamos. Leonel se subió a la parte de arriba de la cama, alcanzó la gaveta y la abrió, enseñando más de cinco cajas de condones sin abrir. —¿Son suficientes, mi Sarita? —Así me gustan. Se desnudó, mostrando el aparatoso cuerpo que tiene. No tiene cuerpo de entrenar todo el tiempo, de hecho, delgado y tonificado no es, pero ese pecho de un buen macho y ese amplio abdomen puede ser el sueño de toda mujer. Me debilitan los hombres doblemente grandes. Es una lastima que los tiburones vayan a darse un buen banquete esta noche con él. Se sentó en el respaldo de la cama luego de haberse puesto el preservativo y no perdí ni un solo instante en tomar el control. Deseaba cabalgar en esa máquina y tocar el cielo con ella. Mi interior lo recibió poco a poco. Quise abrir paso con calma, pues llevaba mucho tiempo sin tener sexo. A medida que lo adentraba, las paredes de mi v****a iban acoplándose a su gran tamaño. Estaba tan húmeda que dilató fácilmente. Mi agujero estaba totalmente ocupado. Cuando pude comenzar a moverme libremente, me aferré a su cuello y nuestros labios se encontraron. Sus buenos y apasionados besos alborotaron mis hormonas. Para profundizar nuestros besos, su mano se posó por detrás de mi cuello y me mantenía sometida, mientras su otra mano presionaba mi cintura contra él en el afán de obligarme a sentirlo. Su lengua jugaba con la mía con tanto furor, como si hubiera esperado mucho por esto. Al menos así lo percibí. La forma en que saboreaba mis labios y los mordía me tenía alucinando. En especial las veces que mordía mi lengua. Jamás me habían besada de tal manera que fuera capaz de desear no apartarme de su boca. Recordé el contenido de su cadena y en el momento que me aparté por unos instantes, la tomé entre mis manos. —No compartir es de mala educación. Olvidaba el viaje tan potente que experimentas al consumirla. El ardor y electricidad que recorre por tus venas te hace perder la razón. Sientes que tu cuerpo se eleva. Te vuelves sensible en todos los aspectos. El corazón se acelera tanto y te sientes tan hiperactivo, que necesitas manejarlo de alguna manera. La mejor combinación para ello es el sexo duro. Sientes que todo a tu alrededor pierde importancia. El calor se agudizó, en especial en las paredes de mi v****a. El ritmo de mis caderas y los movimientos bruscos sobre ese semental, se volvieron intensos. Solo deseaba aprisionarlo dentro de mí, obligarlo a permanecer ahí hasta sentirme satisfecha. Estaba eufórica de sentir sus rudas y profundas embestidas, la forma en que sus manos me sometían a su duro m*****o. —Oh, por Dios. Que manera de tocar a la puerta— me sentía fuera de sí, no quería parar de moverme. —Y de atravesarla— mordió ligeramente mi mandíbula, dejando escapar una descabellada y picarona risa que me contagió. Me empujó contra la cama y, lo que en otras circunstancias no hubiera permitido, tal vez bajo el mismo orgullo, lo permití. Tomó el control esta vez, acomodó su cuerpo entre mis piernas. No sé qué le tomó tanto tiempo de volver a embestirme, pero algo se sintió un poco extraño, no sabía descifrar qué era. Solo sé que pude sentir más claro los movimientos que hacía dentro de mí. —Ay, mi Sarita — parecía un león hambriento. Había perdido la noción del tiempo. Solo sentía su rudeza y la forma en que sus dos manos se habían aferrado a mi cintura y tiraba de ellas como si no hubiera un mañana. Curvé la espalda por esa electricidad que corría por mis puntos débiles. Mi mano se situó en mi clítoris y lo froté por sentirme a mi límite. Esa corriente casi me vuelve loca. Esa presión pareciera que se adentraba a mis profundidades, tras no tener espacio de salir. Mi piel estaba erizada hasta más no poder. Mis piernas estaban algo adormecidas por la posición y el tiempo que llevábamos sin detenernos. Al cabo de un tiempo, tendí mi cuerpo en la cama y me puse en cuatro patas. Esa presión de su pene al conectarse nuevamente a mí, me provocó espasmos. Me daba varios golpes profundos que hacían mis temblores reflejarse en mis piernas. Vi de reojo cómo esparció coca en mi espalda y sacudió su rostro en ella, provocándome infinitas cosquillas por su barba. Su mejilla, barba y nariz estaban blancas. Jadeaba como una bestia en celo y se sentía como un imán que me atraía a contemplarlo. —Eres mía, ¿me oyes? — tiró de mi cabello con una mano, mientras con la otra me presionaba contra él por el cuello. El sonido de mi trasero al chocar con su pelvis era muy agudo y extremadamente excitante ante mis oídos. No sé si se trataba por el pase que previamente me había dado o realmente este hombre sabe lo que me gusta. Me sentía muy mojada, excitada y en las nubes. No podía pensar en nada más que el placer y calor que me estaba consumiendo. Mi nariz estaba adormecida y esa sensación hacía que la estrujara cada cierto tiempo. Mis energías fueron drenadas tantas divinas veces, que entre cada orgasmo ocasionado por él, solo podía suplicar internamente que esto no se acabara nunca. El profundo placer que había conocido en sus manos, dudo mucho que en él alguien más lo experimente. Las energías a los dos nos duró mucho tiempo, por eso no hubo parte de la habitación que se librara de nosotros y de ese fuego que nos carcomía por dentro. Cuando poco a poco fui despertando, ya habíamos regresado a la cama y lo tenía aprisionado entre mis piernas. Mis uñas se habían enterrado a su espalda, que ya debía estar bastante marcada y roja por todas las veces que lo hice. No sentía casi mis piernas, pero sí sus profundas, precisas y rudas embestidas. Mi interior solo aclamaba su pene, esos movimientos circulares tan perversos y malintencionados, que fueron los que me hicieron tocar el cielo tantas veces. Mi cuerpo estaba marcado por sus mordidas y chupones. Todo mi pecho estaba blanco como la nieve. La ropa de cama estaba húmeda del sudor y mis fluidos. Chupaba mis pezones y me mostraba cómo su lengua jugaba alrededor de ellos, algo que me provocaba demasiado. La fatiga no me permitía hablar. Mi corazón estaba muy agitado, de igual manera debía estar el suyo. Sus labios volvieron a unirse con los míos y me robó lo que me quedaba de aliento. Su beso fue igual de intenso a la última estocada que me dio. Pude percibir un extraño calor esparcirse en mi interior y bajo el mismo viaje intenté descifrar el porqué se sintió eso, ya que nunca antes había sentido tal cosa. No tenía fuerza para resistirme o levantarme de nuevo. Estaba a la merced de ese imbécil. —¿Qué demonios hiciste? — logré formular y en sus labios se ensanchó una sonrisa torcida. Besó mi entrepierna y me miró fijamente. —Mi Sarita hermosa — se aproximó a mis labios y lamió entremedio de ellos, dejando escapar un satisfactorio gemido—. Esta vez sí serás mía.
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