OBSESIÓN ENFERMIZA

1083 Palabras
Que mal humor. Me lleva la que me trajo. Estaba casi al otro lado de cenarme ese pollo y tiene que venir este pedazo de basura a interrumpir en el mejor momento.  —¿Qué demonios haces aquí? ¿Lo que le pasó a tu villa y a tu amiguita no fue suficiente? ¿Aún andas en busca de más? Por lo visto estás bastante desocupado últimamente que hasta te has vuelto mi rabo.   —Lamento haber interrumpido tu diversión, pero ya es tiempo de regresar con papi.  —Escucha a este cabrón, Braulio. —Sara… — la voz de Marcela nos hizo mirarla. —¿Qué haces despierta, Marcela? — me senté en el borde del sofá, pero ella intentó levantarse. —He descansado lo suficiente. —¿Lo suficiente? No has dormido casi nada. —Vamos de vuelta a casa— presionó su herida y se sentó por completo—. Estaré mejor allá. —¿Me aconsejas llevarla, Braulio? —Si eso le hará sentir bien. Maldita sea, ¿por qué tuvo que llegar este imbécil? Es la segunda vez que me interrumpe. —Bien. Entonces vámonos — le ayudé a levantarse. —Tengo alguien que la puede llevar. Tu y yo tenemos unas cosas de qué hablar, mi Sarita. Lo miré dispuesta a responderle, pero Marcela se soltó. —Ve. Arreglen sus diferencias. Braulio puede llevarme. ¿Cierto, Braulio? —¿Me estás pidiendo que me vaya con este infeliz? ¿Has olvidado que por su culpa es que estás en este estado? ¿Realmente piensas que te dejaré sola? —Te agradezco mucho por haberme traído. Me hace sentir bien haberte sido de utilidad— me abrazó y se acercó a mi oído—. No te olvides de tus planes, Sara. Piensa con cabeza fría. Si ese hombre realmente te quisiera muerta, ahora mismo no estarías ni tú, ni mucho menos yo respirando. —¿Realmente crees que le tengo miedo a ese hombre? No existe nadie en este mundo que pueda intimidarme y mucho menos un cerdo machista como ese. —No se trata de miedo, Sara. A veces hay que ceder en una cosa para lograr otras. Ceder no es sinónimo de debilidad o miedo, sino de inteligencia. Eres muy orgullosa y eso no va a traer nada bueno, solo desgracias. Piénsalo. Esta es tu oportunidad de arreglar las cosas y mantener la fiesta en paz, así sacarás más que teniéndolo de enemigo. No te eches más enemigos encima, por favor. No querrás dejar a tu mamá sola, ¿verdad? Aunque me cueste darle la razón, tiene su punto. Tan pronto descubra su debilidad, lo atacare por ella y va a desear no haberse metido conmigo y los míos. —Prométeme que te vas a cuidar. Tan pronto termine de hablar con ese tipo, volveré contigo. —Te lo prometo. Ahora ve, no lo hagas esperar. —Gracias por ayudar a mi amiga, Braulio. Retomaremos la charla en otro momento— sonreí. —¿Estás bien? — me miró fijamente y asentí con la cabeza. —¿Te parece que estoy mal? Sonrió ante mi pregunta. Me despedí de Marcela y caminé hacia la puerta. —¿Vienes o te quedas, rabito? — me bufé. Leonel tenía una sonrisa dibujada en sus labios. Tuve la impresión de que algo estaba tramando, por eso lo detuve antes de subir a su camioneta. —Espero que lo que sea que estés tramando no sea hacia mi amiga o a ese papacito que viste ahí dentro. Conozco bien esa sonrisa de cabrón que tienes plasmada, por eso te lo advierto. Si quieres estar en buenos términos conmigo y ganar los puntos que has perdido en esta jugada sucia, me temo que deberás hacer un esfuerzo sobrehumano para no cagarla de nuevo. Abrió la puerta de la camioneta sin decir nada. No confío en él, por eso estaré alerta a cualquier movimiento que haga. Al menos todavía estoy armada, por si me toca defenderme. Por el camino no dejaba de mirarme, estaba callado, pero lucía pensativo. —¿Se te perdió algo? —A mí no, pero me parece que a ti sí— me arrojó un abrigo que sacó de la gaveta que tenía el asiento. La camioneta se detuvo frente al muelle, donde a lo lejos se veía un yate con luces encendidas. —¿Piensas arrojarme al mar? —¿Has oído hablar sobre el supuesto tiburón blanco que ronda por estos lares? —Este cuerpecito divino merece cenar, no que lo cenen. —¿Qué debería hacer contigo, bizcochito? — apagó la mirada y abrió la puerta—. Solo estaremos tú, el capitán y yo. Él no nos va a interrumpir, así que puedes estar tranquila — se bajó y lo seguí.  Amarré el abrigo por alrededor de mi cintura, cubriendo mis partes lo más que podía. Con desconfianza lo seguí hacia el yate. Cualquiera diría que busca impresionarme o presumir lo que tiene, pero no hay nada en este mundo que pueda hacerlo. En efecto, éramos solo nosotros. —Hoy es un día de celebración. Luego de tantos años, ya era tiempo de que todo cayera en su lugar — sirvió dos copas de Whiskey y me extendió una—. Nuestra unión nos traerá lo que tanto nos merecemos.  —¿Unión? — sonreí—. Querrás decir, sociedad. Unión suena muy íntimo, y nosotros no somos para nada cercanos. Además de que la confianza se ha quebrado por completo.  —Digamos que comenzamos con el pie izquierdo, pero todo en esta vida tiene solución, mi Sarita.  —¿Envenenarme es tu próxima jugada? —arqueé una ceja. Se tomó ambos tragos, uno detrás del otro y los puso sobre la mesa. Caminamos en dirección a una habitación y me detuve justo detrás de él. Abrió la puerta, y lo que creí que sería una habitación común y corriente, había fotos mías por doquier; fotos que no recuerdo haberme tomado, mientras que otras parecen haber sido tomadas desprevenida en el transcurso de mi vida. La más reciente parecía haber sido tomada cuando estuve en la cárcel, debido al mismo uniforme que traía puesto. Las velas rojas y blancas es lo más que llamó mi atención o más bien me generó duda. Esto es enfermizo. ¿Es eso lo que llaman brujería? —Este es tu preciado altar, mi diosa — actúa como lo más normal del mundo—. Solo faltas tú.
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