LEALTAD

1052 Palabras
—¿Realmente piensas que eres tú quien decide las cosas? — llevo mi dedo índice a sus labios para cortar con su acercamiento—. Si necesitas servicio, hay alrededor de diez chicas ahí fuera dispuestas a atenderte y a bajarte esa calentura que traes, socio. Mientras tanto, déjame trabajar y no interrumpas más. —Ay, mi Sarita. ¿Realmente estás dispuesta a compartir a tu papi? —lame mi dedo desde abajo, hasta la punta y lo miro sorprendida—. Estos hermosos dedos que tienes serán tus únicos clientes en la noche de hoy, mamacita. A no ser que quieras que el exceso de calentura corroa cada rincón de este magnífico lugar. —Ahorra las amenazas, pues ellas conmigo no van. Si vas a hacer algo, hazlo ahora, papacito. —Yo no doy amenazas, pero soy muy bueno en eso de predecir el futuro. —Entonces debes saber lo que va a pasar si no sales de la habitación en este momento. —Nosotros ya nos íbamos— le agarró la pierna al señor con tanta fuerza, que de un solo halón su espalda recibió el golpe del suelo—. Mi compadre aquí presente le duelen las piernas y está algo indispuesto, espero puedas excusarlo. Por lo pronto, no tienes que preocuparte por nada, yo me encargo de darle un aventón gratis, bizcocho. No te olvides de nuestra cita mañana — se lo llevó arrastrado peor que a un perro de la habitación y solo me limité a observarlo. En serio este sujeto no para de sorprenderme y divertirme con esa actitud tan infantil. Está abiertamente mostrando sus intenciones y queriendo marcar territorio donde no lo tendrá. Por lo pronto será mejor mantener la fiesta en paz. A fin de cuentas, ganaré más teniéndolo de mi lado que de enemigo. Pero que no crea que las cosas se harán como él diga siempre. En el momento que menos se lo espere pasaré factura. Salgo a unirme con Marcela en la barra y me mira preocupada. —Estás asociándote con personas muy peligrosas, Sara. —¿De qué hablas? —¿Crees que todas aquí estamos pintadas o que somos ciegas? Si esa persona se presentó en este lugar fue porque sabía que aquí te encontraría. —Es la segunda vez que lo veo en persona, pero tu pareces conocerlo muy bien. ¿Por qué interpretas que vino aquí por mí? ¿Hay algo que no sepa? No recuerdo haberte dicho nada sobre ese hombre. ¿De dónde lo conoces? Pude notar su nerviosismo, pues sus reacciones son muy obvias y no sabe disimular. —¿Quién no podría conocer a ese sujeto? Sale en las noticias a cada rato. Además, todas tus compañeras notaron que se fue detrás de ti tan pronto te fuiste con el cliente a la habitación. Sin contar que me contaste que tenías planes que podrían sacarnos de la pobreza. Está claro que estás rodeándote de personas peligrosas. —No me convence tu respuesta, pero te haré creer que te creo. Si lo que te preocupa es que ponga en riesgo tu negocio recibiendo este tipo de visitas, puedes mantenerte tranquila, pues será la primera y la última vez que eso suceda. Al día siguiente, tan pronto dio la hora del mediodía, me dirigí a la villa de Leonel como habíamos acordado. Me dejaron pasar de inmediato, sin hacer muchas preguntas y me llevaron a donde Leonel, quien estaba tomándose un trago al frente de la piscina. —Que impuntual me saliste, condenada. Me has hecho esperar mucho, Sarita— termina de tomarse el trago y tira la copa despreocupadamente. —Es ley. Lo bueno tarda en llegar. —Eres la mujer a quien único le permitiría que me hiciera esperar tanto. Espero estés dispuesta a recompensarme por el tiempo perdido. —No es tiempo perdido, pues has sabido invertirlo en relajarte y meditar. Alguien como tú, debe tener la mente comprometida y saturada en temas importantes, por lo que tomar tiempo para ti mismo, es una clave fundamental para el éxito. —Ay, mi Sarita. Me parece que podría contratarte como mi consejera personal— dice con evidente sarcasmo. —Vamos directamente a lo que vinimos. ¿Ya analizaste lo que hablamos el otro día? ¿Has tomado una decisión? —Tu idea me parece muy inteligente y más si la ejecutamos como dijiste. Probablemente en una semana podamos apropiarnos de al menos cuatro megatiendas a las que le he echado un ojo. Considero que perdemos demasiado tiempo y pueden levantar muchas sospechas si abrimos un nuevo negocio. Un cambio de propietario no llamaría mucho la atención, por lo que justificar los ingresos sería tarea fácil para ti. —La tarea más compleja o más bien que tomaría más tiempo sería convencer a los dueños de estas megatiendas que dices. —Ahí es donde entras tú, mi querida Sara. Pondré a tu disposición mi dinero, todo el que necesites para este nuevo proyecto, pero a cambio necesito una prueba de tu lealtad, algo así como una garantía de que no vas a fallar a nuestra sociedad y me darás la puñalada por la espalda. Eres mi diosa y me gustas un chorro, pero en los negocios hay reglas que no se pueden saltar, mamacita. Un pelo no puede halar más que una carreta. Más que nadie lo sabes. —¿Y qué tipo de prueba quieres? —Te voy a dar media tonelada de la gruesa para que la muevas de un lugar a otro. Me vale madres cómo lo harás, pero te daré solo un día para que uses esa cabecita. —Es demasiada cantidad y poco tiempo. —¿Estás dudando, mi Sarita? Si no estás dispuesta a cumplir, entonces no tiene caso continuar esta conversación, mi bizcocho. —En ningún momento me he negado. Olvide que, si ha llegado tan lejos, no ha sido por pendejo. —Así me gusta. Está de más mencionar que, pase lo que pase con ese cargamento, si fallas en el intento, te mueres, cabrona. En cambio, si logras demostrar de qué estás hecha y cuán dispuesta estás por ganarte mi confianza, te haré alcanzar el cielo, pero sin abandonar la tierra— arquea una ceja, mientras en sus labios se dibuja una sonrisa atrevida.
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