—¿Me puedo quedar por esta noche aquí? Mañana debo arrancar. Tengo que encontrarme pasado mañana con Leonel.
—Quiero que lo traigas un día de estos.
—¿Para qué o qué?
—¿Cómo qué para qué, pendeja? Necesito estudiar la clase de hombre que es. No pienso dejarte sola en esto. Con lo que me contaste, tengo temor de que te hagan una mala jugada y vuelvas a la cárcel.
—Yo no vuelvo a la cárcel. Ese lugar no es para mí.
Entramos a la hacienda y nos dirigimos directamente a la cocina. Preparamos algo entre las dos y cenamos en calma, como hace tiempo no lo hacíamos. Luego me instalé en la habitación en que dormía cuando aún era una chamaquita. Mi padre venía todas las noches, solía leerme cuentos de superhéroes, aunque siempre me identificaba más con los villanos y eso le llenaba de orgullo. Extraño la calidez de sus brazos cuando me abrazaba. Me siento como si hubiera olvidado cómo era su voz. Hace tanto que no lo escucho.
Al día siguiente, antes de irme, mi madre vino hasta el auto a despedirse.
—No te vuelvas a perder o no respondo, cabrona.
—Tranquila, mamá. Esta vez no lo haré.
—No confíes en nadie. Ya viste lo que le pasó a tu papá por hacerlo.
—Lo sé. Te traeré luego la ropa que me prestaste. Gracias por dejarme quedar. Te amo.
—Y yo a ti. Que Dios te bendiga — me da un beso en la frente.
La observo por el retrovisor tras poner el auto en marcha. Voy a echarla de menos, pero haré que valga la pena el estar separadas de nuevo. Regresé al bar de Marcela y nos reunimos de nuevo en su despacho.
—Estás enterita. Pensé que esa mujer con la que te fuiste iba a hacerte algo.
—No exageres. Quisiera pedirte nuevamente que me permitas regresar. Te prometo que voy a ayudarte a sacar el negocio adelante, pero necesito que confíes en mí. Si cierro un negocio que actualmente está pendiente, podrán generar mucho más dinero, que complaciendo a viejos verdes.
—¿Es algo ilegal? Si es así, olvídalo. Yo no quiero ir a la cárcel.
—¿No te gustaría tener suficiente dinero como para remodelar este lugar, incluso para comprar una casa para ti, donde puedas vivir bien y no tengas que compartir cuarto con más gente? Por Dios, ¿a quién no le gustaría vivir cómodamente?
—¿De qué valdría todo eso si nos atrapa la policía?
—Las cosas se hacen bien o no se hacen. Contarás con mi protección y seré tu guía, solo debes decir que sí. Estoy segura que las muchachas también estarán de acuerdo si lo discutimos con ellas. Ahora más que nunca necesitaré rodearme de personas de confianza y leales. ¿Quiénes mejor que ustedes?
—Sara, no has cambiado ni un poco. Siempre sales con unas cosas que me dejas estupefacta. Solamente espero que esto funcione y no tengamos ningún problema. Si te apoyo en esto, aun sin saber qué tienes en mente, es porque eres como una hija para mí y confío en ti. Te debo mucho.
—No te vas a arrepentir, te lo prometo. ¿Hoy abrirás?
—Sí, no me conviene estar cerrando.
—Muy bien. Ya me retiro.
—¿A dónde?
—Si no mostramos un adelanto del menú, ¿cómo se van a antojar?
Me reúno con las chicas, cada quien tuvo su turno en el baño, incluyéndome. Me rasure y me refresque, luego busqué en mi maleta la falda más corta y el hilo rojo más fino. Hace tiempo no me pongo uno, pues solo lo usaba para sorprender de vez en cuando a Arturo. Pedí prestadas unas medias que llegan a mitad de muslo y unos tacones rojos que combinan con el labial. El escote lo pongo más pronunciado con ayuda del sostén rojo. Mi cabello lo dejo suelto y le hago unas cuantas hondas en la punta. Salgo a la barra y observo a algunas muchachas ya trabajando. La cantidad de clientes ha disminuido notoriamente, pero estoy segura que encontrare una forma de volver a levantar este lugar. Ayudo a Leslie con los tragos, mientras ubico algún objetivo fácil. El más accesible luce como de unos cincuenta y cinco años, tal vez un poco más. Está solo, es momento de acercarme. Camino coqueta con la bandeja y un trago de Whiskey doble hasta su mesa.
—Este trago va por la casa. Espero te sientas a gusto, guapo— me inclino sobre la mesa a propósito, con el pretexto de colocar el vaso y ni siquiera disimula en mirarme el trasero.
—¿Eres nueva aquí? No te había visto antes.
—Sí, hoy es mi primer día.
—¿Cómo te llamas?
—Lisa, ¿y tú? —no pienso darle mi verdadero nombre a este viejo asqueroso.
—Luis. ¿Quieres tomar algo?
—Claro.
Cada día son más los vejestorios que frecuentan estos lares. La mejor manera de sacarles dinero es escuchándolos atentamente, pues buscan atención en estos lugares; atención que no reciben en el hogar. Es aburrido escucharlos hablar tanto, pero hay que soportarlo. Les presentas la solución a sus problemas con el alcohol, lo induces a tomar hasta que se vuelva presa fácil de manipular. Luego de que suelten lo que tengan, fingir disfrutar de su compañía y hacerles creer que el milagrito de estar con una jovencita se les dio. Mientras lo escucho desahogarse y le hago pedir más tragos con el fin de que suelte todo lo que pueda, le coqueteo con las piernas por debajo de la mesa y bajando el manguillo de mi blusa. Todo se va a la mierda, hablando de la concentración cuando veo a un grupo de hombres entrar al bar, entre ellos vi a Leonel. Pareciera que vienen en busca de fiesta y mujeres, pues se llevaron a varias de mis compañeras a su mesa. ¿Qué hace este tipo aquí? ¿Y por qué pareciera que me estoy escondiendo de él?
—¿Por qué no vamos a un lugar más privado? — acaricio su torso, con la sonrisa más simpática y dulce posible.
Nos levantamos y le ayudo a caminar, pues va tropezando hasta con sus propios pies. Tan pronto lo llevo al cuarto y lo tiro sobre la cama, le busco el celular dentro del bolsillo y se lo acerco.
—Tan pronto deposites la tarifa en mi cuenta, podrás comerte todo esto.
—Que habitación tan espaciosa. Incluso la cama se ve cómoda. Mi única observación es que hace como mucho frío. ¿No se te van a congelar esas pechugas, mamacita?
Debí imaginar que, si me llegaba a ver, iba a venir detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Deberías sentir empatía por ese pobre hombre. Unas sentadillas con el poder que traes, lo envías derecho al hospital, si es que no a la tumba.
Rio por su comentario.
—¿Qué haces aquí?
—Te vi pasando trabajo con traer a ese vejete, así que quise venir a ayudarte.
—¿Te crees el típico héroe que ayuda a una damisela en apuros? Verdaderamente ese papel no te queda.
—De la misma manera que a ti no te queda eso de negociar. Estás tratando de estafar a este vejete y eso no se hace, cabroncita— su mano se aferra a mi cabello, hasta atraerme hacia él y quedar a solo centímetros de sus labios.
Ni siquiera siento ganas de apartarlo. Este maldito tiene un poderoso imán que me atrae de todas las maneras existentes.
—Una tarifa se paga cuando se prueba el producto, pero ya que ese inútil no está en condiciones de hacerlo, te daré una probadita, condenada.