De camino a casa reinaba el silencio entre ambos, aunque podía notar su mirada de vez en cuando, cosa que estaba comenzando a irritar bastante — ¡¿Por qué no dejas de mirarme?!—exclamé mirándolo con el ceño fruncido — Has admitido que sientes algo por ella—comentó con una amplia sonrisa, bufé rodando los ojos — ¿En qué momento admití semejante cosa?—cuestioné, él carraspeo — Porque tú, no eres ella—dijo intentado imitar mi voz — Número uno, que imitación de mi tan patética, y número dos, no admití nada con esas palabras—rebatí mirando por la ventana, escuché su risa, cosa que me irritó más — Puedes tratar de ocultarlo, de negarlo, pero de forma inconsciente, tus sentimientos por ella están saliendo—sentí como algo en mi pecho se removía inquieto, respiré hondo ignorando su parloteo

