Desde ese fatídico día en el que me había dejado en claro que no tenía intención de dejarme entrar en su corazón, habían pasado un par de días, días en los que apenas nos hablábamos, yo le evadía todo lo que podía, era complicado, pues trabajábamos y vivíamos juntos. Todo entre nosotros había culminado, no nos mirábamos, no nos besábamos, a la hora de dormir, cada uno lo hacía lo más pegado al borde, los besos acabaron al igual que el sexo, entre ambos, solo había tensión, incomodidad, al menos por mi parte. En silencio coloqué los platos de la cena en la mesa, suspiré mirando hacia el pasillo que llevaba al despacho, no tenía ninguna gana de ir a llamarle, agarré mi móvil desbloqueándolo, busqué su contacto, y le envié un mensaje. Me senté en la mesa mirando el móvil esperando una res

