En un pueblo desgastado y amargado, nací yo. Solo un bebé normal, con el nombre de Layla. Algunos años pasaron para que yo me diera cuanta de lo gris y tétrica que era la vida. Aún con unos pocos años, me obligaron a trabajar y a esforzarme para comer al menos unas pocas migajas de pan. Siempre me pregunte porque mis padres habían tenido tantos hijos. Un día lo supe. Para mis padres, yo no era un ser querido, sino una mano de obra más. Aunque esa visión no me decepcionó del todo, nunca volví a ver a mis padres con cariño. Ni siquiera veo el porque en hablar de sus características físicas o psicológicas. Con las manos sucias y callosas, pensaba en porque mi vida se veía así ¿por qué me sentía insatisfecha? ¿Acaso alguna vez vivi algo mejor? No, solo era una de mil, de millones. Nada esp

