bc

Historia de una relación abierta

book_age18+
79
SEGUIR
1K
LEER
oscuro
love-triangle
familia
HE
chico malo
poderoso
drama
bxg
pelea
campus
ciudad
friends with benefits
office lady
like
intro-logo
Descripción

Yo no estaba buscando nada.

Sergio tampoco.

Nos encontramos por accidente en una fiesta, en una noche que no prometía nada… y sin embargo algo se encendió entre nosotros con una facilidad peligrosa.

Él era todo lo que una mujer puede desear y todo lo que una mujer sensata debería evitar: inteligente, atento, intenso, con una calma que escondía fuego y una honestidad que desarmaba. En nuestra cuarta cita me dijo algo que lo cambió todo: no creía en limitar a nadie. Que por eso prefería las relaciones abiertas. Sin jaulas y sin promesas que se rompen.

Yo no venía de ese mundo. Nunca fue el mío.

Pero lo acepté por él.

Nos enamoramos igual. Nos casamos igual. Construimos una vida que desde afuera parecía perfecta: cenas lentas, viajes hermosos, sexo increíble, un hombre que me cuidaba como si yo fuera su centro. Sergio era el esposo perfecto… siempre y cuando yo aceptara no ser la única.

Pusimos reglas:

1) Transparencia.

2) Una sola vez con cada persona.

3) Nada sentimental. Y por las noches, hablarlo todo.

Solo que yo no quería escuchar con quién se acostaba él.

Y a él sí le gustaba escuchar con quién me acostaba yo.

Así empezó nuestro equilibrio torcido: amor verdadero sobre una estructura que no era mía.

Y funcionó.

Hasta que dejó de funcionar.

Porque amar en libertad no es lo mismo que amar sin miedo.

Porque decir “acepto” no es lo mismo que desearlo.

Y porque cuando una mujer se traiciona por amor, tarde o temprano el cuerpo pasa factura.

Yo rompí el trato, porque algo dentro de mí necesitaba sentirse elegida… aunque fuera en el lugar equivocado.

Y entonces entendí que las relaciones abiertas no se rompen por los cuerpos que entran, sino por los silencios que crecen.

Esta no es una historia de infidelidad.

Es una historia sobre hasta dónde puedes estirarte por amor… antes de partirte.

chap-preview
Vista previa gratis
Capítulo 1. Donde todo empezó
Me estaba arreglando sin ningún entusiasmo particular. Era solo otra fiesta. Amigos en común, música fuerte, copas de plástico y conversaciones que se olvidan al día siguiente. No había escogido nada especial, no había un plan, no había una expectativa. Y aun así, cuando me miré al espejo, pensé: *hoy me veo hermosa*. No por lo que llevaba puesto. Sino por cómo me sentía dentro de mi propio cuerpo. Tenía el cabello suelto, cayéndome por la espalda en ondas desordenadas, de ese castaño claro que cambia según la luz. Los ojos verdes, más brillantes cuando no estoy cansada. La piel con ese tono que solo aparece cuando no me escondo del sol. No era espectacular, era cómoda. Y eso, para mí, siempre fue lo más peligroso. Llegué a la fiesta y lo primero que hice fue buscar caras conocidas. Besos en las mejillas, abrazos rápidos, risas que ya estaban empezadas antes de que yo llegara. Me serví algo de beber, dejé la chaqueta en cualquier sitio y me dejé caer en la noche como quien se deja llevar por una corriente que no tiene intención de resistir. Saludé a unos, escuché a otros, me reí en automático. Hasta que alguien se acercó por detrás. —Te estuve observando desde que llegaste —dijo una voz masculina cerca de mi oído. No me giré. Ni siquiera un poco. —Vaya —respondí—. Un acosador. Se rió. No incómodo. No a la defensiva. Se rió como quien acepta el golpe con gusto. —Me llamo Sergio —dijo—. Y prometo que solo soy culpable de exceso de atención. Suspiré y por fin giré la cara. Y ahí fue cuando todo se desordenó un poco. Era alto. Más de lo que había imaginado por la voz. Cuerpo firme, espalda recta, presencia tranquila. Pero no fue eso. Fueron sus ojos. Eran grises, pero no solo grises. Tenían azul dentro. Como si el cielo se hubiera quedado atrapado en una tormenta. Me quedé mirándolo un segundo más de lo socialmente correcto. Él lo notó. Y sonrió apenas. —Hola —dije, olvidándome completamente de mi comentario anterior. —Hola —respondió. —Soy Serena. —Lo sé —dijo—. Te escuché cuando saludaste. Eso me hizo reír. —Entonces ahora sí es oficialmente acoso. —Observación atenta —corrigió—. Hay una diferencia importante. —Depende del resultado —dije. —¿Y cuál es el resultado? Lo miré. Con calma esta vez. —Que ahora estás en problemas —respondí. Sus labios se curvaron apenas más. —Vale la pena. Y en ese momento entendí algo muy simple y muy claro: Esa noche ya no era una noche cualquiera. —Sergio —repitió—. Trabajo con Dani, el de la barba imposible y las camisas siempre arrugadas. —Ah —dije—. El que siempre habla como si estuviera defendiendo una tesis. Sonrió. —Ese mismo. Me arrastró hasta aquí con la excusa de que “necesitaba socializar”. —¿Y lo estás consiguiendo? —Contigo sí. Eso fue dicho sin prisa. Sin intención evidente. Como si fuera una constatación y no una frase de conquista. —¿Y contigo funciona? —pregunté. —No suelo observar a la gente si no me interesa —dijo—. Así que diría que sí. Me apoyé un poco más en la mesa detrás de mí. —¿Siempre empiezas las conversaciones diciendo que observas a las mujeres? —Solo cuando quiero ser honesto desde el principio. —Eso es peligroso. —Lo sé. —¿Y no te preocupa? Negó suavemente. —Me preocupa más aburrirme. Eso me hizo reír. —Vale. Punto para ti. Tomó su copa, dio un pequeño sorbo. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué haces cuando no estás siendo peligrosa en fiestas ajenas? —No soy peligrosa —dije. —Lo eres. Solo que todavía no lo sabes. Levanté una ceja. —¿Ah sí? —Sí. Tienes esa calma que no pide permiso. Lo miré en silencio unos segundos. —Eso tampoco es una forma muy inocente de observar. —No —aceptó—. Pero es precisa. —¿Siempre eres así? —¿Así cómo? —Como si estuvieras leyendo algo que los demás no ven. Sonrió, ladeando apenas la cabeza. —No leo. Escucho. —Eso suena peor. —Lo sé. Nos quedamos mirándonos un segundo más largo de lo necesario. No incómodo. Denso. —¿Y qué escuchas ahora? —pregunté. —Que no te gustan las conversaciones vacías —dijo—. Que no vienes a las fiestas por la fiesta. Que te quedas donde algo te mueve un poco. —Eso es mucho para alguien que solo estaba observando. —Llevo un rato largo observando. —Eso ya empieza a sonar obsesivo. —No —dijo—. Empieza a sonar interesado. —Vale —dije—. Entonces dime algo tú. —Lo que quieras. —¿Qué estás buscando esta noche? No respondió de inmediato. Eso me gustó. Miró alrededor, como si comprobara que la fiesta seguía existiendo, que el mundo no se había detenido solo porque estábamos ahí parados. Luego volvió a mí. —Nada que se pueda buscar —dijo—. Solo cosas que pasan. —Eso es una forma muy elegante de no responder. —No —corrigió—. Es una forma honesta. —¿Y si te dijera que yo sí vine buscando algo? Sus ojos se oscurecieron apenas. —Entonces te preguntaría qué. —No lo sé —admití—. Pero sé reconocerlo cuando lo veo. Se acercó un poco más. —¿Y lo estás viendo ahora? Lo miré de verdad. —Quizá. Sonrió. Y esa sonrisa no fue tranquila, fue contenida. Como si algo en él acabara de decidir despertarse. —Entonces creo —dijo— que vamos a tener una noche interesante. Y por primera vez desde que había llegado, sentí que la música, la gente, las luces, todo lo demás se había convertido solo en fondo. Porque lo que estaba empezando ahí no era una conversación, era un movimiento. Y yo acababa de dar el primer paso sin saber todavía hacia dónde iba. —¿A qué te dedicas? —preguntó entonces, como si no quisiera que el clima se volviera demasiado denso demasiado pronto. Agradecí el cambio. —Soy consultora financiera —dije—. Trabajo con empresas grandes, fusiones, reestructuraciones, ese tipo de cosas. No dije gano mucho dinero. No hizo falta, porque él lo vio, lo entendió. Por la manera en que lo dije sin orgullo ni disculpa. —Eso suena… serio —dijo. —Lo es. Y también es muy entretenido, si te gusta ver cómo la gente toma decisiones horribles con números enormes. Sonrió. —Eso me gusta. —¿Qué cosa? —Que no lo adornes. —No suelo hacerlo. —Ya me di cuenta. ¿Y tú a que te dedicas? Tomó aire. —Yo trabajo en desarrollo inmobiliario —dijo—. Proyectos grandes, fondos de inversión, planificación urbana. —Eso también suena serio. —Lo es. Y también es bastante adictivo. —¿Por qué? —Porque construyes cosas que no estaban ahí —respondió—. Ciudades pequeñas dentro de ciudades grandes. Espacios donde va a vivir gente que no conoces. —Eso es… bonito —dije sin pensar. Me miró con algo suave en los ojos. —Gracias. Hubo un silencio cómodo, de esos que no necesitan ser llenados a la fuerza. —Entonces —dijo—, dos personas que toman decisiones que afectan a mucha gente… encontrándose en una fiesta ajena. —Suena peligroso —dije. —O muy eficiente. Reí. —No sé si me gusta cómo piensas. —Lo sé —respondió—. Y aun así sigues aquí. No lo dijo como reto, lo dijo como constatación. Y tenía razón. Yo no era de quedarme charlando con desconocidos. Me aburría rápido, me impacientaba. Me desconectaba. Y sin embargo ahí estaba. Apoyada en una mesa, sosteniendo una copa que ya se había quedado tibia, mirándolo como si no hubiera prisa por ir a ningún otro lugar. —¿Vienes mucho a estas cosas? —preguntó. —No —dije—. Vengo por gente concreta. —¿Por quién viniste hoy? —Por una amiga. Como si la hubiera invocado, vi a Sofía acercarse desde el otro lado del salón. Con el ceño apenas fruncido, mirándome como si yo fuera un fenómeno que no terminaba de entender. Me miró, luego lo miró a él, luego me volvió a mirar. —¿Todo bien? —preguntó en voz baja, con esa forma suya de decir “esto no es normal en ti” sin decirlo. Sonreí. —Sí. —¿Seguro? —Segurísima. Sus ojos se quedaron un segundo más en mí. Buscando algo. Una señal, una incomodidad. Algo que justificar, pero no encontró nada. —Vale —dijo al fin—. Solo… me sorprendió verte hablando tanto tiempo con alguien que no conoces. —Yo también estoy sorprendida —admití. Eso la hizo sonreír un poco. —Bueno… —dijo—. Me alegra. Miró a Sergio. —Soy Sofía. —Sergio —respondió él—. Encantado. —Cuídala —dijo ella, medio en broma, medio no. —Lo haré —respondió él, mirándome—. O al menos lo intentaré. —¿Intentarás cuidarme? —pregunté. Sonrió, ladeando apenas la cabeza. —O tal vez me porte un poco mal contigo. Sofía rió y yo también. Pero mientras lo hacía, entendí que esa risa era solo el principio. Porque había miradas que no prometían cuidado, prometían problemas.

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

EL JUEGO PERFECTO

read
38.8K
bc

Si, aceptó ser su esposa sustituta señor Parrow

read
42.7K
bc

Querida Esposa, eres mía

read
91.2K
bc

No soy un contrato.

read
255.0K
bc

Amor a la medida

read
116.3K
bc

Mi Deuda con el Mafioso

read
11.6K
bc

El Ceo Arrepentido y sus trillizos Perdidos

read
82.6K

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook