Pasaron cinco días desde aquella conversación en la cocina. Cinco días en los que todo pareció ajustarse de nuevo, como si hubiéramos encontrado un equilibrio precario pero posible. Desayunos compartidos, besos en la puerta, mensajes al mediodía con fotos tontas de la calle o del café de la máquina. No hablamos mucho de la decisión. No hacía falta. Estaba ahí, flotando entre nosotros como un acuerdo silencioso: íbamos a intentarlo. Con reglas. Con honestidad. Con la promesa de parar si dolía demasiado. Sergio fue el primero en moverse. Lo hizo con cuidado, casi con pudor. Me dijo que había hablado con una chica que conoció en un cocktail hacía meses. Nada serio. Solo mensajes. Que habían quedado para tomar algo al día siguiente por la noche. Me lo contó mientras cenábamos pasta con pesto

