Pasaron diez días desde que firmamos las reglas. Diez días en los que la vida pareció encontrar un ritmo nuevo, casi tranquilo. Sergio y yo nos veíamos todas las noches o casi todas. Desayunábamos juntos cuando podíamos, nos mandábamos mensajes tontos durante el día (“no olvides comer”, “te extraño en mi cama”), y por las noches nos perdíamos en el otro como si el mundo pudiera esperar. El sexo seguía siendo intenso, pero ahora había una capa extra: cada beso era una reafirmación, cada caricia un “estoy aquí, elijo esto”. Las reglas no se mencionaban mucho, pero estaban ahí, como un mapa que ninguno quería perder de vista. El jueves por la tarde me llegó el mensaje. Simple, seco, cumpliendo la regla número tres al pie de la letra: Sergio: Esta noche tengo una cita. Vuelvo tarde. Te aviso

