La mañana del domingo amaneció gris y perezosa, de esas que invitan a no salir de la cama hasta que el hambre aprieta de verdad. Me desperté antes que Sergio, con su brazo pesado cruzado sobre mi cintura y su respiración lenta contra mi nuca. La luz entraba tamizada por las persianas mal cerradas, dibujando rayas en la sábana que nos cubría a medias. Me quedé quieta un rato, solo escuchándolo respirar, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío como si fuéramos una sola cosa. Ayer habíamos dicho te amo. Las palabras todavía flotaban en el aire del dormitorio, como si fueran demasiado grandes para caber del todo en un solo día. No me arrepentía. Al contrario. Pero una parte muy pequeña, muy cobarde, de mí seguía esperando el momento en que algo saliera mal. Porque siempre había salido

