Desperté temprano aunque no había puesto el despertador. La luz de la mañana se filtraba tímida por la persiana de la habitación de invitados, dibujando líneas pálidas sobre la pared. Tenía los ojos hinchados, la cara tirante, ese cansancio espeso que no se va con dormir porque no viene del cuerpo. Me quedé unos segundos mirando el techo, intentando decidir cómo salir de ahí. No solo de la habitación, sino del estado en el que me había ido a dormir. Finalmente me incorporé y caminé descalza hacia el baño. El espejo no fue amable. Tenía los ojos enrojecidos, las pestañas pegadas, la mirada opaca. Me lavé la cara con agua fría, respiré hondo y me até el pelo en un moño rápido, como si ese gesto pudiera ordenarme un poco por dentro. Cuando abrí la puerta y avancé por el pasillo, olí café.

