Así como ella, yo ya no hacía nada más en esa casa. Regresé con la excusa de despedir a Santos, pero quería estar cerca de ella y cuando logré el acercamiento me pareció una ilusión. Tocarla, que me mirara, que me besara así, que yo pudiera estar dentro de ella, sentir sus manos, escucharla hablar, gemir, pedir. Pero la ilusión había terminado, entendía que se avergonzara de lo que hizo conmigo. Yo no podía estar más feliz y satisfecho. Sabía que no era mi color, sabía que no era mi lugar en esa casa, era el hecho de haber sucumbido como cualquier sirvienta de casa, a la pasión. Para una Rivero, así como para cualquiera cerca de su círculo social, enfrentar nuestros encuentros, para nada recatados no era fácil y luego decir que me quería o que deseaba quedarse a vivir conmig

