Miré a mi alrededor, era un lugar pequeño, austero, una mesa con su sillón y delante dos sillas, con unos cojines como las cortinas de un gran ventanal por donde en estos momentos entraba el sol, y se podía ver un jardín muy cuidado en el exterior. En dos de las paredes del minúsculo despacho, había unas estanterías, llenísimas de libros, tantos que alguna tenía hasta vencida la madera y parecía que en cualquier momento se iba a partir. ―Usted dirá ―me dijo él después de haberme dejado ese momento para que yo observara la habitación, y posiblemente que me sintiera cómodo. ―No sé por dónde empezar ―mirándole le contesté. ―Pues, dígamelo como mejor le salga ―me contestó sonriendo―. Yo no le voy a interrumpir. ―Me gustaría que me informara ―empecé diciéndole―. Si tienen aquí un documento

