Capitulo 16

1322 Palabras
​—Con ese beso sentí que volví a vivir; regresó mi alma al cuerpo y mis ganas de seguir. ​—¡Perdóname! Perdóname por no haber estado para ti cuando más lo necesitaste, pero esa no fue mi elección, amor. Nunca te hubiera dejado —me dice, acariciando aún mi mejilla. Siento que dice la verdad; lo veo en sus ojos. ​—¡Y por qué me dejaste! ¿Por qué te fuiste dejándome con todo este dolor? ¿Por qué jugaste así conmigo? —mis lágrimas salen mostrando mi dolor. ​—Tus padres fueron a mi casa y me prohibieron verte o, tan siquiera, comunicarme contigo. Mis padres, por respeto a esa amistad de años, les hicieron caso y no me permitieron buscarte y explicarte lo que sucedió esa noche. Solo me dijeron que empacara porque al siguiente día me iba de la ciudad; me mandaron lejos e incomunicado. No sabes cuánto sufrí por dejarte así; sabía que debías estar odiándome, pero no tenía forma de hablarte. Me cortaron todos los medios y, cuando por fin pude liberarme, mis padres me contaron de tu comportamiento y de que ya no eras "digna" para mí. Eso me dolió tanto que acepté a varias mujeres en mi vida, aunque al final regresé, porque no podía con este sentimiento que llevo dentro de mí. ​Mientras él hablaba, podía sentir su dolor. ​—¿Por qué me engañaste, Juan? ¿Por qué me hiciste eso? —no paro de llorar. ​—Si me juras que creerás en mis palabras, te cuento lo que sucedió, pero no quiero volver a sufrir porque no creas en mí. ​—¡Quiero oír tu explicación, Juan! Ya no soporto hacerme esa pregunta todos los días de mi vida —me mira a los ojos. ​—¡Está bien! Te voy a contar todo desde el principio… Esa noche de la graduación, mientras estaba contigo, me llaman Carlos y César para conversar con ellos. Me ofrecen una bebida y, como era alcohol, no la recibí. Luego me consiguieron un jugo que al principio me supo extraño, pero como era una bebida amarga, no le presté atención al sabor. Nos pusimos a hablar, pero después de unos diez minutos me sentí un poco mareado. Ellos preguntaron qué me pasaba y les comenté; me dijeron que saliéramos a tomar un poco de aire y así lo hicimos. ​—Pero mientras pasaban los minutos, sentía que me quemaba y, no solo eso, me sentía excitado. Quise entrar a buscarte para irnos, pero ellos me impidieron la entrada. Luego apareció esa mujer; me la presentaron y César dijo que era de las que te hacen de todo, pero no me importó, aunque me sentía deseoso. "Quiero irme", decía yo, pero ellos dos me agarraron y me montaron en una camioneta. "Ven, vamos para que veas lo que es capaz de hacer esta mujer", dijo uno de los dos, y así me llevaron a una casa. ​—Al llegar a esa casa, me lanzan en un mueble. Me sentía desesperado; quería arrancarme la ropa. Luego me preguntan por qué estoy así, que si consumí algo. Recuerdo que les dije que en mi vida había consumido drogas. Entonces se pusieron a investigar en internet y dieron con una que, según mis síntomas, era la que "había consumido". ¡Yo les negaba eso! Entonces alguien puso algo en tu bebida pero, ¿cómo saber quién con tanta gente que asistió? ​—Estaba desesperado, luchaba conmigo mismo. "¡Necesito a Emili!", decía y repetía mil veces lo mismo. Me dijeron que la única opción que tenía para que pasara el efecto era tener relaciones, y les dije que estaban locos. Recuerdo claramente cuando Carlos dice: "Loco por qué, amigo; puedes morir si no te liberas. Susan, ayúdalo". Yo ya no podía conmigo; necesitaba arrancarme la ropa que llevaba puesta, estaba quemándome vivo. Esta mujer me agarra y me lleva a su habitación, me quita la camisa y, con las mismas, me quito el pantalón. Quería arrancarme la piel. "¡Yo quiero estar con Emili!", gritaba, pero nadie me paraba. Ella decía: "Tranquilo, que después del primero desaparecerá el efecto, ya verás". Se desnuda y me tira en la cama… ​No lo dejo terminar de hablar. ​—Ya sé de memoria lo que pasó después, Juan —expreso, y es que me siento molesta por eso último. ​—Lo siento, yo… —lo vuelvo a interrumpir. ​—No digas más sobre esa noche —asiente, y es que ese tema me duele muchísimo. ​—A la mañana siguiente me levanto desconcertado; no sabía ni dónde estaba. Vi a esa mujer a mi lado y me asusté mucho por lo que había pasado. Solo tomé mi ropa y salí corriendo de allí. Al salir de la casa me consigo con mi camioneta estacionada al frente; me sorprendo porque no llegué en ella. Busco entre mis bolsillos las llaves y están; no lo pienso dos veces, la enciendo y me voy. Como no sabía ni dónde estaba, coloco el GPS y llego a casa. Cuando llegué, el sermón de mis padres fue increíble; me castigaron por lo que quedaba de fin de semana, así que solo me duché, me tiré en mi cama y me llegó tu nombre a la mente. Fue cuando empecé a llamarte y a escribirte. ​—¡Necesito que me digas que crees en mí, Emili! —me toma de las manos—. O que, por lo menos, vas a intentar hacerlo. Cuando llegué aquí y Carlos me dijo que era tu prometido, sentí que mi mundo se derrumbaba. No solo porque estabas con él, sino porque ahí entendí que eso era todo lo que él quería: separarme de ti para quedarse contigo, porque siempre estuvo enamorado de ti. ​—¡Juan! Es muy impresionante eso que me cuentas. Y aunque me lo hubieses explicado en el momento que pasó, no lo hubiese entendido porque era solo una adolescente, pero ahora soy adulta y entiendo de estas cosas… ¡y te creo! Te creo porque una vez sentí eso mismo estando con Carlos. Aunque él me negó a muerte que me haya drogado, mi desconfianza estaba ahí y ahora sé que fue así por eso que me cuentas. ​—¡Es un maldito! Cómo pudo hacer eso para separarnos. Pareciese como si todos se hubiesen unido a él, porque todos actuaron de una manera que hace pensar que era un complot —le comento. ​—Sufrimos mucho, mi amor; tú por todo eso que pasaste y yo por no tenerte. Cada día de mi vida te anhelaba y no hubo un instante en el que no quisiera venir y hablarte, pero siempre encontraba un obstáculo que me lo impedía. ​—¡Yo, aunque te odiaba, te amaba! Nunca pude olvidarte, ni olvidar tus besos, tus caricias y, sobre todo, tus palabras de amor. ​—Palabras que nunca se las he dicho a nadie más, porque mi amor es solo tuyo. Perdóname, mi amor, por no luchar lo suficiente y quedarme a aclarar todo este asunto y a sacar la cara por ti, perdóname por… —lo callo. ​—Perdóname tú a mí por odiarte todos estos años y no buscar la verdad más allá de mis ojos. Perdona por tratarte mal desde que llegaste y perdóname por lo que te hice ayer; la verdad, moría de ganas por estar contigo, pero mi orgullo y rabia me ganaron. ​—Ya eso no importa, bebé. Lo importante es lo que va a suceder de ahora en adelante, porque no pienso dejarte a merced de ese malnacido. ​Me abraza y me siento segura en sus brazos. Necesitaba tanto esto... He estado tan necesitada de afecto que quiero quedarme así para siempre.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR