Capítulo ocho.

3942 Palabras
Donatello era el mejor lugar expendedor de cafeína en Verona; la mayoría de las personas que adoraban los americanos a altas horas de la mañana venían con Chelsey, la dueña y autora del mejor café aquí, y dando las gracias por parte de cualquier ciudadano, no únicamente de los que madrugaban, reconocíamos con Chelsey su tan expandido horario durante el día, sin contar su ubicación, la cual aludía aún más a su tienda, siendo que esta se encontraba frente a la gran plaza más transitada de la zona y por la que, un gran número de gente, pasaba todo el tiempo. Claramente su única especialidad no era la superioridad de su cafeína, sino también sus donas expuestas en la vidriera más colorida que te podrías haber encontrado por la calle 97. No es de mi intención hacer obvia mi situación, pero me consideraba parte de esa gran masa de gente que adoraba la tienda en su totalidad. —Gracias Chel —mi café caliente hacía sentir en mí la tranquilidad de saber que mi paladar estaba en buenas manos, y la bolsa colgando de mis dedos me recordaban la mala imagen que iba a tener si no me apuraba lo necesario, así que a duras penas, me despedí del espacio que ofrecía Donatello para seguir con mi viaje a pie. La mala suerte había sido parte de lo que llevaba la semana; mi bicicleta había desfallecido en mi garage a causa del inexistente uso del que estaba siendo parte, algo que hizo que me arrepienta de la forma en la que había desaprovechado el disfrute de pedalear subida a aquél pedazo de hierro, pero otro tema, que mucho tenía que ver con mi ausencia sobre mi bicicleta, fue la forma en la que yo desfallecía luego de mis entrenamientos, lo que me hacía mantener toda esa fachada durante mi semana gracias a mi poca costumbre con el ejercicio físico. La ausencia de mamá y papá también había tenido mucho que ver en mi mala suerte, puesto que nuestras conversaciones y momentos juntos eran nulos, por no decir inexistentes, pero las palabras pidiendo paciencia de parte de mamá y la intención por parte de papá de querer interesarse lo mayor posible en mis actividades diarias y futuras, me daban ese pequeño aliento para tratar de acostumbrarme a la situación, al menos hasta que su trabajo cesara de tantas actividades de suma importancia, algo que, en efecto, no estaba acostumbrada; mamá había escrito varios libros, pero nunca uno tan importante como el que estaba escribiendo en ese entonces, lo que consumía gran parte de su tiempo libre teniendo que encerrarse entre cuatro paredes a escribir e investigar queriendo que todo salga con la debida perfección, por otro lado, el trabajo de papá había venido con todo su peso excesivo durante aquél último tiempo, lo que agradecíamos gracias al subidón de reconocimiento y tareas prósperas que eso había logrado, así lleve consecuencias para el vínculo familiar, pero había esperanzas de acostumbrarse a lo nuevo por parte de los tres. Otra cosa que tenía mucha relación a mi mala suerte en la semana, fue el misterioso llamado de Betta, sin insistencias, durante la madrugada, el cual obvié gracias a la profundidad de mi sueño, al despertar en la mañana le llamé intrigada de su interés por hablar conmigo a esa hora, pero lo que recibí de su parte fueron respuestas tajantes y sin intenciones de dar alguna explicación, lo que se volvía un problema a resolver en mi cabeza, provocando incomodidad en mi día a día sabiendo que el problema estaba ahí, sin resolver hasta nuevo aviso, y teniendo en cuenta la tardanza con la que estaba siendo entregada la delicada y perfumada falda dentro de la bolsa, la cereza al postre ya estaba puesta. El centro de Verona era menos transitado a las tres de la tarde, pero al parecer, aquél miércoles la gente había decidido ponerse de acuerdo para hacer una concentración discreta llenando más de lo normal las veredas y las calles con insistentes bocinazos y mucho tráfico, lo que no me molestaba de no ser que mi día había decidido amargarse gracias al inútil funcionamiento de mi bicicleta y a sabiendas que mi entrega sería con mucho retraso de puntualidad. En aquél momento deseaba encontrar a mi amiga manejando para que me salvara de aquella situación, pero esas cosas no sucedían, o al menos no a mí, puesto que ocurrían cosas peores, como por ejemplo, la presencia de un mustang andando a la velocidad de mi caminata a un lado de mí. —¿No vas a pararte a ver por qué un auto te sigue de tan cerca? —su voz hizo que un subidón de incomodidad y nerviosismo abundara en mi organismo, y a causa de eso, el trago largo que le di a mi café quemó mi lengua y garganta, pero con todo el propósito de disimularlo, sonreí y traté de pensar, con mi lengua latente dentro de mi cavidad bucal, en las distintas formas que me favorecía la presencia de Angelo y su mustang. —Lo haría de ser que el conductor se ofrezca a acercarme —sus ojos divertidos me miraban desde la oscuridad que le proporcionaba el ambiente cerrado del coche, y aquél gesto hizo que mis hormonas se alborotaran dentro de mí en un claro ejemplo de atracción hacia su rostro y sus mohínes con un excesivo atractivo. Durante ese corto lapso en el que nos miramos desde nuestros lugares, varios pensamientos abundaron en mi cabeza, pero el más esencial fue el que logró recordarme la última vez que estuvimos juntos dentro de mi habitación; la forma en la que se había acercado tan decidido a cumplir con lo propuesto fue la que cautivó a mi cordura haciendo que me deje llevar por la atracción del momento, lo que había ridiculizado mi persona frente a él y, por tanto, fue la causa por la que lo llamé cretino en mil formas dentro de mis pensamientos. —¿Te subes o qué? —sin pensarlo dos veces, meditando el tiempo requerido para mi entrega, la buena imagen que quería obtener frente a mis compradores, y claro, mi consideración hacia mis piernas, me subí. —Gracias —el café entre mis manos estaba lejos de enfriarse, y me replantee las razones a favor si no lo hubiera comprado; primero, y principal, el calor no haría tanta presencia entre mis lugares más escondidos y a la par de mi cuerpo, segundo, podría haber evitado carbonizar mis pupilas gustativas hasta inflamarlas, y podría decir una tercera razón, pero no había, porque era válido que el café de Chelsey opacara las razones, que no daban la derecha, mencionadas anteriormente. —Aún no has ido al hospital, ¿por qué? —su pregunta me llevó al pasado una vez más, justo en el momento que me invitaba a su hospital a ser revisada por una operación que era inservible en mi estado a mi parecer, lo que provocó llevar mi memoria al mismísimo momento en donde hacía entender a Daniela que durante la fiesta había pasado algo con su mejor amigo, provocando en mí incomodidad al momento de estar con Angelo. La realidad es que en el fondo esperaba -y estaba segura que deseaba cumplirlo- estar con él de una forma no muy precisamente amigable. Al principio admitia detestar su personalidad tan irritante, pero superponer eso con la simple atracción s****l latente era inservible; sabía lo que quería, y actuar de la forma adecuada me haría llegar a mi objetivo, así como también sabía lo inútil que era aborrecer su temperamento cuando no era algo con lo que tenía que lidiar a base de mi interés hacia él. Sí tenía que enfrentarme a su mal genio en varios encuentros en relación a los beneficios de nuestros padres, pero una vez cumplido lo querido, no tendría por qué acercarme a él. —No he tenido tiempo, ya sabes, nuevas actividades y muy poco tiempo libre últimamente... —expliqué mirando su perfil concentrado a los autos que se superponían frente a nosotros. La realidad era que el hematoma, a pesar de pintarse de varios colores a medida que pasaba el tiempo, iba disminuyendo y doliendo menos, sin mencionar los rapones que estaban cicatrizados de la mejor manera. —¿Cómo estás de eso? —Demasiado bien, a decir verdad, aunque todavía creo necesitar de una revisión médica más formal —claro que aquello no era cierto, pero si su invitación al hospital era lo que, sin dudar gracias a sus acciones, creía que era, iría sin rechistar. —Bien. Sabes que aún puedes pasarte. —Lo haré. —Necesito que me digas dónde es que tienes que ir para poder organizarme con mis destinos —de reojo su cara volteando a mi dirección era lo que me gustaba dentro del viaje del que estábamos siendo parte. —Por el carrito de helados que está cerca de la calle Wallace —anuncié. Luego de eso, el silencio reinó sobre las masas de aire, y como si éste fuera ajeno a las miradas lascivas de Angelo, se mantuvo firme entre nosotros, pero luego de unos cortos segundos, el timbre anunciando una llamada por el celular del conductor hizo que, de pasar a reinar en la situación, pasara a ser inexistente entre nosotros. —Estoy... —al mirarlo, su ceño fruncido arrugaba su entrecejo y con él sus labios se torcían, dándole un aspecto pensativo pero a la vez enojado— No puedo Sam, sabes que no... —bufó— Sí, estoy cerca pero no puedo ir —sus ojos me miraron dándome a entender que la razón por la que no podía ir para donde sea que se encontraba Sam estaba justo sentada a su lado, y de casualidad era yo —. Simplemente es no, no voy a llegar... —su concentración volvió a la carretera luego de pronunciar aquellas palabras— Eso no te importa Sam... Voy a colgarte, cuando termine te llamo para avisarte si me paso. Ahora no pienso seguir hablando contigo hermano, estoy un poco ocupado —y colgó, tirando su celular sobre el salpicadero con un ademán de poco interés al aparato o lo que saliera de él. En aquél momento, el gesto que había tenido para decir que estaba ocupado por el simple hecho de que yo me encontraba con él había cautivado mi oxitocina—. Antes de llevarte a esa dirección tengo que hacer una parada — asentí con mi cabeza. —No hay problema —reí. En realidad sí había problema, pero prefería no decir absolutamente nada puesto que me estaba haciendo un gran favor al acercarme, además de que no estaba en condiciones de quejarme porque el coche no era mío, ni mucho menos el manejo del mismo. —¿Qué estás yendo a hacer tú? —Voy a hacer una entrega. —¿Entrega de...? —Tengo un pequeño emprendimiento de ropa hecha a mano; hago crop tops, faldas, short, jeans... lo común pero agregándole un toque vintage —expliqué—. Eso llama la atención de las personas porque es una venta inusual aquí. —Me gusta eso. Es interesante cómo le buscaste la vuelta a algo tan simple... —su mención fue un verdadero halago para mí, así que no pasé desapercibido el hecho de mirar su perfil. El atuendo que llevaba ese día era más formal y, a mi parecer, de gran sorpresa, ya que llevaba puesto un traje muy común, a excepción de su saco azul con líneas blancas y verdes dispersas. —Gracias. A mí también. —¡Vaya! Pensé que podía recibir algún tipo de cumplido de tu parte —su comentario logró que una risa fuerte saliera de mi garganta. —No estás en condiciones de recibir halagos de mi parte, tal vez a medias... —aquello había sido una filosa indirecta que hacía referencia al tan incompleto acto que había hecho en mi cuarto, y él pareció notarlo, porque su concentración se fijó en mi persona por unos cuantos minutos. —A veces es mejor ceder. —Pienso que es mejor dejarse llevar por lo que se siente, ya sabes, sin arrepentimientos de por medio. —Es mejor ceder antes que arrepentirse de lo sucedido. —Arrepentirse es de inseguros —nuestros ojos se encontraron entre las masas de aire, y esos lacónicos segundos parecieron minutos, y si pudiera describir la situación, y puedo, la palabra más específica sería tensión; en el ambiente, en nuestros cruces de miradas, y en nuestras palabras llenas de intenciones cargadas de indirectas. Era un juego, uno muy simple, y por lo visto a él le gustaba jugar—. Si quieres algo vas y lo haces, no vacilas —mis palabras parecieron llegarle a lo más recóndito de su uso de razón, porque su inquietud se vio reflejada en sus movimientos presurosos sobre el asiento. El hecho de poner cambio hizo que uno de sus dedos tocara el costado de mi muslo, y como resultado a eso, mi mirada efímera recayó una vez más en su rostro. Disponía de mucho atractivo físico, lo que provocaba más deseo en mí, y su leve y diminuto rose provocó más de lo que hubiera querido. Él no se inmutó de mí, no hasta que hizo la pregunta de la tarde. —¿Y tú qué quieres Lia? —sus ojos calaron muy profundo sobre los míos; sabía a qué se refería con esa pregunta, pero no estaba segura de querer contestar, porque estaba segura que no sería yo quien diera el primer paso, al menos no ahora. —No quisiera mencionar mis deseos contigo, Angelo... —¿Y cuál es la razón de eso? —sabía lo que estaba haciendo. Ejercía presión para que vomite lo que quería escuchar, me hacía poner tensa y el ambiente colgaba de un hilo muy fino. —Que son muy obvias —y el auto frenó, y aún así su mirada no se alejó de la mía. Sentí sus uñas rozarme una pequeña parte de mi muslo, como si estuviera tocando teclas con ellos, pero no lo hacía; tocaba la palanca de cambios, y podía jurar que sus dedos se escuchaban tocarla, en una especie muy desentonada de una inventada sintonía. ¿Lo hacía a propósito? No lo sabía, y no me hubiera gustado saberlo. A veces es mejor quedarse con la duda e idealizar una situación agradable para nuestros sentidos. —Me encantaría escuchar esas razones tan obvias salir de tu boca —sus ojos seguían mis movimientos reducidos al pequeño espacio que componía el asiento de su mustang. No quería correr la mirada, y aunque la línea temporal de los momentos tensos de los que estábamos siendo parte me había molestado en más de una ocasión, en aquél momento no me movió ni un sólo pelo, pues sentía que podría ser el incitante de nuestras acciones, y esperaba con todas las fuerzas que mis hormonas intercedían sobre mi cordura, que aquellas acciones se llevaran a cabo en ese mismo instante, pero como era de saber, nada de lo que esperaba pasó, y esta vez no fue gracias a Angelo, sino que el golpe insistente del lado de la ventanilla fue más interesante que seguir con lo acontecido bajo una mirada desconocida. Al instante de ver el incógnito del otro lado del vidrio, Angelo bajó presuroso la ventana formando una sonrisa de último momento, y el olor a nicotina inundó mis fosas nasales—. Hermano... —Aquí tienes —una bolsa roja hizo presencia en mi campo de visión cuando Angelo la sostuvo por un momento para tirarla con delicadeza a los asientos traseros—. Había salido a fumar y justo te vi parado. —Que suerte que no tuve que llamarte entonces —Su cabello rubio había comenzado a moverse en sintonía con el viento y pareció percatarse de mi presencia luego de remover con sus dedos las hebras de su pelo. —Hola —y al instante miró al conductor esperando tener una respuesta de su parte, quien ni siquiera lo miró, dando a entender que no estaba dispuesto a contarle absolutamente nada. —Soy Lia —me presenté con una sonrisa. —Si... Creo haberte visto por algún lado —su sonrisa socarrona atormentando a Angelo llamó mi atención—. Hija de Giovanna La Giudice, ¿no es así? —Sí —reí—. Su hija. —Imagino que debes estar cansada de que te reconozcan por tu madre... —No te imaginas cuánto. —Bien. Pues es momento de armar tu propio legado entonces —aquello había sido una broma de su parte. Yo simplemente sonreí, pues para mí no era un chiste formar mi propio legado y ser reconocida por quién soy y qué hice. Me enorgullecía de mamá, pero simplemente no quería ser reconocida gracias a ella. —Bien Tony. Ya tenemos que partir —la voz de Angelo me hizo volver a mi realidad—. Un gusto verte hermano. —Un gusto verte —rió y luego se concentró en mí—. Obviamente es un gusto verte a ti también jolie —el decir aquella palabra había parecido incomodar a Angelo, pero lejos de demostrar aquello, su reacción fue sonreír falsamente y subir el vidrio para luego encender el motor del mustang. Mi admiración por su estado de intranquilidad cubierta había llamado mi atención, pero no más que la forma en la que su amigo había decidido llamarme, teniendo en cuenta también, lo sucedido segundos antes a eso, tras Tony decir una palabra con demasiada gracia que Angelo pareció disgustarse. No tenía idea quién era ese chico, pero su forma de bromear a costas de Angelo me había parecido muy maleducado de su parte, y claramente no me quedaría con la duda. —¿Qué significa jolie? —él me miró. —No sé. Tony habla en francés y a veces suele decir palabras que nadie entiende. —Pareció molestarte demasiado algunos de sus comentarios —mencioné. —No. En realidad no. Suele pasarse de la línea a veces, pero nada a lo que no esté acostumbrado por suerte. Mentía. No lo conocía pero estaba segura de que estaba mintiendo. —Ya... Es raro que siendo tu amigo tengas que aguantar comentarios tan desagradables de su parte, ¿no? Si Betta llegara a bromear a costillas mías no dudaría ni un segundo en ponerle los puntos. —No vas a persuadirme, Lia. Te estoy diciendo la verdad. Si no me crees no es mi problema —tras decir aquello, mis ganas de hablar habían desaparecido. No sabía qué significaba jolie ni por qué Angelo había estado incómodo luego de los comentarios de Tony, pero sí sabía que aquella explicación tan liviana era una completa mentira, lo cuál no me servía tanto—. Bien. Ahora vamos a realizar tu entrega. Durante el camino, después de eso, me dispuse a mantenerme en silencio y observar con miradas efusivas el perfil de Angelo. En varias ocasiones me sentí intimidada bajo su mirada, pero lejos de hacerlo notar, miraba por la ventana demostrando que era una ignorante respecto a sus ojos sobre mí. En el momento que una combi demasiado colorida y con un cono de helados se hizo notar entre las calles, la duda entró a mi organismo. No sabía con exactitud cuál era la casa de mi cliente, lo que me volvía una mala vendedora. —Bien. Supongo que es por aquí —estacionó el mustang justo en frente del carrito, y antes de poner toda mi atención a las teclas de mi teléfono, un leve presentimiento de que ya había estado allí antes interceptó con mis pensamientos. La calle se me hacía muy familiar, pero el nombre, por más que tratara de recordar, era completamente desconocido para mis sentidos. El mensaje de la chica, con un signo de pregunta, hizo que volviera a mi realidad y me obligó a disculparme por el mensaje inconcluso, y equivocado, que le había mandado hacía pocos segundos. —Estoy averiguando la casa. No sé dónde es —avisé. —Por mí no hay problema, Lia. —Bien. Está a cinco casas más allá. 1340 —mi dedo señalando frente a nuestras narices le dio a entender que tenía que seguir avanzando, y mientras lo hacía a la velocidad más mínima, yo buscaba el numeral a un lado de las puertas de cada casa. No fue que la sorpresa llegó a mí, sino hasta que vi la figura de Giulio Camellieri salir de la vivienda frente a mí; otro hombre lo acompañaba riendo a su lado, y detrás, los hermanos Xaviero agitaban su mano en una leve despedida para Giulio. No tenía idea que había un lazo entre ellos, lo que me extrañó a niveles extremos siendo que aquellos dos hombres eran muy conocidos entre la élite, y que no saliera absolutamente nada en redes, o periódicos, sobre su vínculo, era muy raro— ¿Aquél no es tu papá? —hablé sin mirarlo. Él frenó el auto unos pocos segundos hasta que volvió a seguir con el paso mantenido. —Lo es. —No sabía que era amigo de Xaviero. —Papá es un hombre muy sociable. Le gustan los negocios y familiarizarse con la gente —explicó mientras la imagen de los dos hombres iba desapareciendo de mi campo de visión—. Creo que es allí —aceleró un poco más el coche hasta llegar a una casa de color beige que extendía sobre sus paredes una puerta demasiado grande y llamativa. —Gracias por traerme. Me has salvado —confesé. —No tienes porqué agradecer. Me ha encantado estar contigo dentro de mi mustang —le sonreí con amabilidad. —A mí también me ha gustado. No sabía que podía estar tanto tiempo contigo en un espacio tan reducido sin discutir. —Supongo que ya estás aprendiendo. Eso me alegra —al abrir la puerta del auto, el tacto caliente de lo que desconocí por apenas unos segundos hizo que mirara en su dirección; sus dedos rodeando gran parte de mi muslo alteró todas mis hormonas a un nivel totalmente excesivo. La tensión entre nosotros era evidente. Y eso me gustaba. Lo miré esperando a que emitiera alguna palabra, pero eso no pasó, sus ojos no hacían más que mirarme, y lo que parecieron minutos, fueron solo segundos interrumpidos por la forma en la que decidí cortar la cercanía entre nosotros. Mis labios rozaron con delicadeza su mejilla invadida por algunos vellos a punto de salir, y gracias a la gravedad en la que estábamos cubiertos apoyé mi palma sobre su muslo en un intento de no caerme sobre él o sobre el salpicadero. En aquél momento, agradecí a todas las cosas que tuvieron que alinearse para que aquél momento sucediera, porque la reacción de sorpresa, cubierta con una de tranquilidad, en el momento que mis labios estuvieron a unos pocos centímetros de los suyos, fue algo que nunca pude olvidar. Sus ojos me miraban con un ligero brillo, haciendo que dentro de mí mi corazón lata con fuerza gracias a la tensión que se reducía en nuestra pequeña burbuja. Mis ganas de seguir torturando en aquella posición fueron reemplazadas por las ansias de concretar lo que estaba haciendo, pero recogiendo toda mi fuerza de voluntad que se había caído sobre las alfombras del mustang, me alejé y cerré la puerta comenzando a caminar hacia la entrada de la casa que tenía enfrente, con mi café helado y mi pequeña bolsa aromatizada.
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