Capítulo siete.

3576 Palabras
Tal vez dentro de otras circunstancias hubiera preguntado sobre su presencia dentro de mi habitación, pero bajo la presión que estaba sintiendo, mi accionar abundó en coraje y nerviosismo, haciendo que cierre la puerta tras de mí llamando la atención de Angelo, quien casualmente no demostró sorpresa. —Vaya, no sabía que esperabas con ansias terminar lo del otro día —su comentario me hizo rodar los ojos, pero a la vez sorprenderme por su débil e infantil broma, puesto que conociendo su manera de molestar, aquello había sido extraño por su parte. —Estoy aquí justamente por eso pero no de la forma en la que piensas tú —me acerqué cautelosamente a él hasta estar a pocos centímetros, pero marcando una cierta distancia a la vez—. Daniela nos vió, y no estoy segura si es capaz de contarle a alguien pero, por el bien de la reputación de nuestros padres, quiero que averigües si tiene intenciones de divulgarlo, o si al menos se acuerda. Su risa llamó mi atención pero, bajo todas mis autobligaciones, traté de disimularlo. —¿Por qué habría yo de hacer eso? —Porque está en juego la reputación de nuestros padres, acabo de decir. ¿Crees que no hablarán sobre nuestra inexistente relación y que gracias a ella mamá logró hacer la biografía de tu padre? Pensé que eras más inteligente. —Tienes una película dentro de tu cabeza. —No. Tú eres el idiota que no ve todas las posibilidades que hay que encubrir sin dejar cabos sueltos. —Lia, el futuro de tu mamá no está en juego, mucho menos su reputación —contestó con calma—. ¿Crees que no han hablado ya suficiente mentiras de ella? Es una persona muy conocida, y no sólo en el ámbito artístico, debe estar acostumbrada ya... —No me importa si está o no acostumbrada, no quiero que alguien invente cosas en donde nos relacionen a nosotros dos —con mi dedo nos señalé a ambos. —Daniela no dirá nada Lia. —Pues necesito que lo averigües, tienes una relación cercana a ella —murmuré. —¿ te hace pensarlo? —su voz llena de regocijo fue un vibrante en mis oídos. Era obvio que tenía una relación cercana con Daniela, sino no se explicaría la forma tan familiar con la que me guió hasta la habitación de ella y cómo discutían en la fiesta, sin mencionar su forma de ocultar mi presencia dentro del baño en el cumpleaños de Giulio Camellieri. Todo cuadraba; si no eran novios entonces amigos muy cercanos. —Muchas cosas, pero eso no importa ahora. —¿Cómo está tu hematoma? ¿Compraste la crema? —una vez más, cambió de tema tan repentinamente que no llegué a procesarlo como era debido para darme cuenta de ello a tiempo. —Está bien. Los colores cambiaron pero la crema hace que me duela poco —admití. —Supongo que tu mamá no está enterada, ¿no es así? —No. Prefiero no decir nada para no preocuparla y tener que tolerar su insistencia en asistir a médicos y comprar más medicamentos. Es un poco pesada con el tema salud... —Si quieres puedes pasarte por el hospital para hacer tomografías, así te quedas tranquila también —su invitación llamó a todos mis sentidos. Necesitar una tomografía para un obvio hematoma, según mi ignorancia al respecto, no era algo viable. Estaba claro que no había ni roto ni perforado algo dentro. Mi sistema estaba bien, excepto en el aspecto físico y visible, pero en todo lo demás, bien, y aún sabiendo todo esto, decidí no decir nada que divulgara mi pensamiento. —Bien. Gracias por eso. —Cuando quieras... —luego de dar un paso, la lejanía dejó de existir entre nosotros reduciéndose a un vulgar ejemplo de cercanía. Atisbé el bordó que teñía sus labios dándole un aspecto deseable, y culpé al vino por ser el causante de mi sentir, también al perfume que, indudablemente, inundó mis fosas nasales haciéndome sentir el aroma agradable que despojó de su cuerpo. Me quedé estática frente a él, fingiendo que el hecho de que estuviera tan cerca de mí no me afectaba en lo absoluto, cuando era todo lo contrario puesto que mi mente comenzaba a pensar en las débiles posibilidades de que no existiera una atracción por mi parte. De verdad me atraía, y eso era algo que me asustaba después de sentirme tensa por la preocupación de que divulgaran algo nuestro enredando a nuestros padres, pero mis ansias por saciar mis ganas y no tener que quedarme pensando en lo que hubiese pasado, muy a mi pesar, eran más grandes. Mi pensamiento de alucinación se abrió paso entre las masas de aire cuando divisé su rostro acercarse con dilación al mío. Mi mente comenzó a maquinar si mi ojos estaban viendo bien y en el lugar correcto, o si aquello no era más que una sucia jugada de mi mente, pero sabía que era algo imposible de suceder, puesto que no estaba ebria como para imaginarme que Angelo se acercaba con cautela sobre mí para plantarme un beso, y le daba firmeza a esa teoría el hecho de que, repentinamente, los segundos volvieron a sentirse escasos entre nosotros, y fue tanto el silencio y su cercanía, que la respiración se sentía desde mi lugar, tocando mis labios. Me preparé, una vez más, mentalmente a lo que esperaba que pasase, pero mis ojos se abrieron con sorpresa—. Hablaré con Daniela si es lo que deseas—y sin más, después de plantar un débil beso sobre mi mejilla, se alejó de mí dejándome helada. Mis pensamientos se mezclaron dentro de mí, y en mi mente lo escudriñe con mis manos deseando que por una vez, dentro del poco conocimiento que teníamos sobre ambos, dejara de ser un cretino, y esto fue causado por su repentina huída después de alertar sensaciones en mí que me hicieron sentir débil ante él, lo peor no fue sólo eso, sino que desde mi lugar lo oí saludar a mis padres para, segundos después, cerrar la puerta de entrada dando a entender que se había ido. Mi mente comenzó a pensar, deseando que nada sea cierto, las intenciones que había tenido durante todo el tiempo que estuvo en mi casa. Los dos días siguientes a ese, no fueron más que monótonos y triviales. La relación con mis padres se volvió escasa gracias al trabajo tedioso de mamá que la obligaba a encerrarse en su habitación a escribir, y a la junta tan planeada de papá, la cual se llevó a cabo después de tanto esfuerzo y esmero por su parte. Tuve la dicha de ser parte de su emoción en primera persona, recibiendo también a sus socios y futuros socios. Luego de eso, el papeleo inundó la oficina de papá obligándolo a quedarse noches sin dormir y bajo la dosis de cafeína constante para no perderse en su sueño. Yo decidí aplicar a Florence tomandome esos dos días para reunir toda la información necesaria para presentar, y gracias al llamado, y la buena relación de mamá con Marcus, pude llevar el papeleo en cuanto lo tuve en vez de esperar el fin de las vacaciones, ahorrando más trabajo del necesario puesto que el decano se había decidido a facilitarme varios trámites. Durante el último día, mi excitación por hacer deportes apareció obligandome a hacerme un poco de espacio durante la tarde para inscribirme en un gimnasio público; papá me había ofrecido el que invitaba su empresa, el cual era privado, y constaba de escasez de personal asistiendo, lo que me disgustó gracias a mi interés por relacionarme con gente más específicamente de mi edad. —Esto es una mierda —susurré envuelta en papeles y buscando uno en específico. El revolver y juntar hoja sobre otra hoja sin tener nada que ver la una con la otra era lo que ocasionaba el desorden en mi escritorio. Los requisitos para poder ingresar al gimnasio eran complejos y habían sido difíciles de hallar, pero una vez que los tuve a todos, sin querer los mezclé con los de mi universidad y mis escrituras, y así cree un lío que me sacó de mis casillas obligandome a suspirar en reiteradas ocasiones. Para mi suerte, luego de tirar todos al suelo y esparcirlos por tandas, logré encontrar el que tanto buscaba y, agarrando mi bolso, corrí hacia la cocina avisando a mamá de mi huída. Una vez más, el destino estuvo a mi favor cuando llegué cinco minutos antes, poniendo en duda la duración de mi trote, al encontrar el gimnasio con rapidez. Para mayor comodidad, me había basado en investigar y elegir uno relacionado con mi vecindario, encontrando AcroGym a un par de cuadras, las que futuramente estaría utilizando con la intención de trotar para ir, o bien volver a casa. Había sido uno de los más completos en cuanto a cardio, que justamente era a lo que iba. —Giulia Cleveland —hablé luego de que la recepcionista me pidiera mi nombre completo mientras le extendía los papeles necesarios para su admisión. Ella los ojeó con rapidez y escribió en su computadora algo inconcluso para mis ojos. —Eres la nueva integrante, ¿no es así? —asentí con mi cabeza recibiendo una sonrisa de su parte— Soy Mariel, profesora de ritmos urbanos y zumba, también creadora de este espacio. El profesor se ha retrasado un par de minutos por problemas con su coche, pero llegará. Tal vez alargue un poco la hora y tengas que salir un par de minutos tarde, pero imagino que no hay problema con eso... —No, claro que no, mientras tanto veré el gimnasio, ¿no hay problema? —Adelante —su mano extendida hacia el interior del gimnasio me guiaron por mi camino. Lo primero con lo que me encontré fue con distintas máquinas que desconocía sobre su funcionamiento. Durante mi adolescencia, pocas veces había asistido a un gimnasio, y no era por cuidar mi físico o por querer hacer alguna actividad que ayudara a mi sistema, sino que el venir con Betta me resultaba divertido a la hora de entrenar. Era como jugar baloncesto en educación física, con la única diferencia que teníamos interacción con nuestro personal trainer y constancia de su parte al darnos la atención necesaria. Los baños en aquél gimnasio brillaban por su limpieza, y eran muy espaciosos al igual que la mayoría de los compartimientos dentro del edificio. Había canchas de tenis, fútbol y pádel al aire libre, y una música efusiva ambientando el lugar. Un montón de mujeres bailando al compás de una canción rápida y divertida, dentro de un salón espejado y espacioso, llamó mi atención; se las veía sudar y hacer los pasos con cansancio, sus coletas le llegaban a la nuca a causa del agite provocado por la profesora, y en varias ocasiones algunas paraban sin hacer el ejercicio que, bajo mi opinión, era demasiado difícil. Me compadecía por ellas, a simple vista se notaban sus ganas de irse de aquél lugar para tirarse sobre la cama y descansar, pero también, no favoreciendo aquello, su autoexigencia las obligaba a asistir a las clases. ESTOY EN EL GYM. El mensaje de Betta robó mi atención haciendo que responda su cuestionamiento sobre el lugar en el que estaba. Quedándome en su chat tardó varios segundos en escribir y mandar el mensaje, aunque estaba segura que esto se debía a que, con infortunio en su acción, iba manejando con el celular. QUÉ? O.O La voz de una señora pidiendo su paso impidió que escribiera el mensaje, o más específicamente, ayudó a que notara, a través del vidrio que reemplazaba gran parte de la pared, la presencia de los hermanos Xaviero jugando hockey en una cancha habilitada con exclusividad para ellos dos. Al acercarme al vidrio, observé cada movimiento pensando, y razonando, si me convenía acercarme a ellos, sobre todo a Daniela. No sabía si Angelo le había dicho algo o no había tenido la oportunidad, pero pensar en entablar una conversación con ella después de considerarla estimulante a la explosión de chismes hacia mamá y Giulio, era una mala idea para mi sensibilidad emocional. Así que preferí observar de lejos planeando esconderme la mayor parte del tiempo para no ser vista ante sus ojos. La falda blanca y el crop top le hacían relucir la figura. El sol pegaba con fuerza sobre sus cuerpos, y el sudor evidente en la parte baja de los brazos de Samuel en su remera era el claro ejemplo de los veinticinco grados que estimulaban la transpiración de la gente en Verona, lo que no reparé, quedandome estática observando frente a un vidrio los movimientos de los hermanos, era que aquél pedazo de espejo transparente dejaba en evidencia mi figura, y a través de eso mi identidad, lo que daba como resultado el hecho de que si alguno de los dos decidía mirar para su costado, iba a encontrarse con mi presencia. Claramente de eso me di cuenta en el momento que pasó, sin embargo, traté de actuar normal frente a Samuel, el primer detector, y el tratar de actuar normal obtiene ese verbo ya que fallé en el momento que Daniela me miró; allí mi calma convulsionó como un volcán en erupción, y por inercia, después de saludarla, desaparecí caminando cuando la vi venir hacia la puerta que conectaba el patio con la parte interior del gimnasio. Estaba huyendo de los problemas. No es malo. Me repetía en mi mente. Esconderse de una persona considerada pesada en aquél momento no era malo. Malo era quedar como una ridícula huyendo de ella frente a sus narices cuando, por desgracia, su personalidad además de ser empática era un poco bondadosa. Lo poco que conocía de ella, claramente, o lo que ella decidía mostrarme. El baño pareció un buen escape protector, así que luego de encerrarme en un cubículo empecé a pensar en las excusas a decir por si llegaba a encontrarme, que era lo más probable. La idea de explicar la llegada de mi periodo fue algo razonable, pero trillada, al igual que el dolor de estómago. —Lia, ¿está bien? Te vi correr y pensé que te había pasado algo —su voz alertó a todas mis campanas dentro de mi cabeza para decidir una excusa que tuviera relación con correr hacia el baño. —Sí. Estoy bien. Sólo olvidé tomar mi pastilla —al decir todas esas palabras traté de sonar amable y no tajante. —Te espero afuera, quiero decirte algo —y en ese momento fue que mis ganas de salir de aquél lugar pasaron de existir, gracias al sofocamiento, a no existir culpa de la presencia de Daniela esperando fuera, y no sólo eso, sino que también su mención era una causante muy importante. Luego de dudar sobre mi salida, me di cuenta que a lo sumo podía alargar el encuentro pero no anularlo, así que me armé de valor a la vez que tiraba la cadena para no levantar sospechas, y salí encontrándome con el cuerpo de Daniela recargado sobre el marco de la puerta. Me miró en cuanto notó mi presencia, regalándome una sonrisa amable y compasiva por, lo que supuse, mi dolor de estómago. —¿Cómo estás? —Bien. Muchas gracias —su rostro tenía un semblante dubitativo y culpable. No quería sacar mis propias conclusiones imaginándome algo que no estaba confirmado, pero el susto abundó en mi sistema cuando se decidió a hablar. —Te quiero pedir disculpas por lo de la otra noche, estaba demasiado... —comenzó a pensar la palabra adecuada a decir— ebria, y no me daba cuenta lo que estaba haciendo. Aquello, además de sacarme un disimulado suspiro de tranquilidad, instaló en mí una serenidad merecida. El que estuviera demasiado ebria para no saber con exactitud lo que hacía durante la fiesta me daba pizcas de felicidad al pensar que tal vez tenía imágenes borrosas de Angelo y de mí, o que no se acordaba de absolutamente nada, lo que era lo más esperado, pero no quería hacerme ilusiones al respecto. —No te hagas problema, es entendible cuando uno está ebrio, me ha pasado muchas veces. —Me imagino que sí. ¿Puedo hacerte una pregunta? —Claro. Dime. —Estuve con Angelo ayer, ¿sabes? Y me mencionó que tú querías saber si yo había visto algo esa noche entre ustedes dos... —fue en ese instante que el nerviosismo abundó dentro de mí, y mis ganas de salir corriendo nuevamente se hicieron presentes con eso. No culpé a Angelo, me culpé a mí misma por confíarle algo tan discreto y esencial como eso— No supe a qué se refería con eso, y por más que le preguntara no iba a responderme gracias a su personalidad tan altanera, así que menos mal que te encuentro a ti para preguntarlo. Mis palabras costaron en salir, y eso fue porque no tenía idea qué responder a eso. Por un lado, me alivié, y por el otro, los cuestionamientos comenzaron a revolotear como palomas dentro de mi mente. En aquél momento tener que pensar con claridad una excusa viable para los oídos de Daniela estaba tan fuera de mi alcance, que tardé varios segundos en contestar observando su cuerpo esperar aún frente a mí. —No era nosotros la palabra específica, más bien entre Sam y yo... —no sabía lo que estaba diciendo, y esperaba que no me metiera en problemas más adelante el hecho de haber inventado una excusa tan extremista, pero bajo nerviosismo y ansiedad nadie puede usar todos sus sentidos para pensar razonablemente, mucho menos bajo una mirada en espera de una respuesta convincente. —Oh, ¿hay algo entre ustedes? —Nada para alardear, ya sabes, algo de una sola noche... —Sabes que puedes contar conmigo Lia, ¿no? —Por supuesto. En realidad no iba a confíar en ella. No la conocía lo suficiente, y teniendo en cuenta que sólo habíamos coincidido en cuatro ocasiones, tener la confianza para contarle cosas en relación a mi intimidad era algo que no me agradaba. Su personalidad denotaba todo lo bueno, pero aún así, y aunque sonaba muy raro dentro de mi cabeza, había algo en ella que no me cerraba completamente. Su despedida fue rápida en el momento que la recepcionista vino junto a mi personal trainer. Su aspecto despreocupado y deportista llamaba mi atención, también su remera pegada al cuerpo y su joggin, aquello era algo almirante. Su rutina comenzó con ejercicios de calentamiento en donde me explicaba con fervor el por qué y en qué beneficiaba cada ejercicio a mi cuerpo, luego vino lo estresante y cansado, rutinas de tres minutos completos en donde tenía que hacer más de lo que esperaba, hasta tal punto de terminar en varias ocasiones como las mujeres de zumba; con mi coleta sobre mi nuca. El sudor se había apoderado de gran parte de mi cuerpo haciendo que, por inercia gracias al cansancio, vea frecuentemente la hora en el reloj esperando el momento de terminar, el cual llegó cuando el chico decidió no hacer que exija a mi cuerpo a algo que no estaba acostumbrado a hacer, y solo por ser la primer clase. Los diez minutos en donde tendría que haber estado entrenando, los aproveché para ir al baño a asearme y secarme la cara, él esperó a que terminara todo eso para poder saludarme como era correspondido. Me pasó su número para hablar con él sobre cualquier duda que necesitara saber, y mientras hablaba conmigo me acompañaba hacia la puerta de salida, donde agarró su bicicleta y partió rumbo hacia su destino. Yo, al contrario de él, me quedé recobrando más aliento en la entrada a la vez que vaciaba mi botella de agua. Mi lejanía respecto a la actividad física era de bastante tiempo, por lo que me costaba coordinar en algunas cosas. —Lia, ¿cómo estás? —Samuel Xaviero posicionó su mano sobre mi hombro en un saludo. Le sonreí forzadamente mientras lo miraba posicionarse a mi lado. —Muy cansada, ¿y tú cómo estás? —Igual de cansado, pero por suerte acostumbrado y a gusto con eso. —¿Practican hace mucho aquí? —No. Hace un mes. Tuvimos problemas con el otro gimnasio así que no nos quedó opción. Necesitábamos una buena sede y esta contaba con todos nuestros requisitos —explicó—. ¿Necesitas que te acerquemos? —Oh, no te preocupes, vivo solo a un par de cuadras. Iré trotando. —Para acostumbrar al cuerpo, ¿no es así? —sonreí con él asintiendo con mi cabeza, detrás, la presencia de Daniela interrumpió nuestra trillada charla. —¿Nos vamos Samu? Los dos plantaron un beso en mi mejilla esperando la presencia de alguien, que inesperadamente estacionó en un auto frente a ellos, y en el momento que traté de observar casualmente quien era el conductor de aquél coche, unos ojos castaños conectaron con los míos, tomándome por sorpresa su presencia con los hermanos Xaviero. El motor del auto rugió dando por terminada aquella primera y extraña conexión, lo que me dejó con un montón de preguntas en mi cabeza, pero la primera y más importante era el cuestionamiento del por qué los hermanos Xaviero se habían ido con Louis.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR